Y ahora, una pequeña pausa publicitaria…

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Un hombre permanece sentado en el suelo de un apartamento sin muebles (Flashback a cámara lenta, en blanco y negro). Vemos a los empleados del juzgado que han venido a embargarle todo lo que tenía, vemos una discusión doméstica con su mujer, que se marcha dando un portazo. Comprendemos que lo ha pedido todo.

De repente, volvemos a él, que mira a la cámara con desesperación: Una voz en off le interpela “¿Tu mujer te ha abandonado? ¿ya no tienes ni un euro? ¿eres feo y estúpido? Todo puede arreglarse en un santiamén”

El hombre se muestra interesado por la voz, baja la cabeza, saca una pistola del bolsillo y apunta a la sien con el cañón.

La voz prosigue: “Morir es ser libre, como antes de nacer”.

El hombre se pega un tiro, su cráneo explota, sus sesos salpican las paredes, pero todavía no está muerto. Tumbado en el suelo, tiembla con el rostro cubierto de sangre. La cámara se acerca a sus labios. El tipo murmura: “Gracias, muerte”.

La voz en off concluye en tono cómplice: “Tutea a la muerte: ¡Mátate! El suicidio permite interrumpir la vida y sus muchas preocupaciones. Basta de preocupaciones: la muerte es un resultado”.

Seguido del aviso legal: “Este mensaje le ha sido ofrecido por la Federación Francesa para un Suicidio Plácido”.

Es un extracto del libro 13,99 €, cuyo autor es un publicista francés que abandonó el negocio y publicó los entresijos de su profesión. Es un libro lleno de sarcasmo y humor negro. Decía el autor que publicidad en ingles es ‘advertising’, con ello los inventores de esta profesión ya intentaban advertirnos.

Feliz Semana Santa y prósperas procesiones (de coches).

Esclavos consentidos

ninos

Nos pasamos la vida esperando. Desde que nos levantamos esperamos el autobús, al llegar al trabajo esperamos la hora de salida, esperamos que lleguen los días de vacaciones y también esperamos perdernos algún día en una isla desierta. Esperamos encontrar el amor de nuestra vida, esperamos conseguir el trabajo perfecto, esperamos terminar de pagar todas nuestras deudas y esperamos que nos toque la lotería para así poder hacerlo. Tanto esperamos que cuando sucede lo que buscabamos, esperamos que nunca acabe. Y cuando acaba, sólo nos queda esperar la llegada de nuevas situaciones. Tenían razón aquellos que decían que “la esperanza es lo último que se pierde”. Y al final de nuestras vidas, ya sólo nos queda esperar a la muerte.

¿Y esto a qué obedece? A nuestra obediencia. Dicen nos pasamos los primeros años de nuestras vidas obedeciendo a nuestros padres, más tarde acatamos las ordenes de nuestros profesores, después las de nuestros jefes, para en la última etapa de nuestra vida, cumplir lo que nos digan los médicos. Yo empecé por obedecer a estos últimos y ahora desconfío de todos.

¿Qué por qué hacemos esto? Porque todos somos esclavos. El empresario es más esclavo que el propio trabajador al que esclaviza y todos en conjunto somos esclavos de la publicidad, ya sea comercial, paternal o docente. Es aquello a lo que llaman “Consejos”. De ahí que nos encadenemos siempre a algo y es por ello por lo que los pobres se pasan la vida vendiendo droga para comprarse unas zapatillas Nike y los ricos vendiendo zapatillas Nike para comprar droga. A los africanos del pasado los encadenaban, ahora las cadenas nos las ponemos nosotros.

En conclusión, si somos un animal social que se basa en experiencias sin apenas instintos ¿Cómo vamos a ser capaces de tomar decisiones por nosotros mismos? Seguramente nadie lo haga y resulta triste ver que la gran mayoría de las personas creen tomar decisiones de forma totalmente libre, sin darse cuenta que con ello están siendo “esclavos consentidos”.

La felicidad se encuentra en no buscarla, en suprimirla de tu lista de tareas a realizar y en asumir que nunca serás feliz, porque la habitualmente llamada “búsqueda de la felicidad” constituye la esencia de la infelicidad más absoluta.

Los amantes

¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos ?
Ellos se toman de la mano: algo habla
entre sus dedos, lenguas dulces
lamen la húmeda palma, corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.

Son los amantes, su isla flota a la deriva
hacia muertes de césped, hacia puertos
que se abren entre sábanas.
Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.

Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.

Ya están vestidos, ya se van por la calle.
Y es sólo entonces
cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos.

Julio Cortázar, 1960

El día que Nietzche lloró


Conversación entre el filosofo alemán y el médico Josef Breuer en la película basada en el libro de Irvin D. Yalom, donde junto con Sigmund Freud se destapa el cuestionamiento vital que propuso Friedrich Nietzsche.

La planta envenenada

Al final del camino de las ilusiones se encuentra el pantanoso terreno de la decepción. Esta nos lleva y nos empuja allí donde la esperanza no es más que un torniquete que intenta contener a duras penas el desangrado de un mundo roto.

El derramamiento de lágrimas ha ahogado en un mar de escepticismo a millones de personas que nadaron por llegar a alguna orilla en la cual descansar, dejando tras de sí la búsqueda de una salvación que nunca existió.

“No quiero que me escuches cuando te miento, tapa tus oídos y sigue durmiendo”, se dice alguien a sí mismo. Pero se despierta a medianoche pues las pesadillas no le dejan pegar ojo y las mentiras que se cuenta a diario no le permiten escuchar nada. Pronto se quedará sordo. Sueña cada día que conduce con torpeza por una carretera sin señalizar, sueña que algún día conduzce su propia vida.

“Miren, creo que no lo merezco”. ¿Quién lo dice? ¿Quién juzga lo que tú mereces o no? ¿Qué te hace pensar que es un premio o un castigo aquello que tienes? La vida no es una proeza o un calvario, no tenemos por qué colgarnos medallas o colgarnos de una cuerda hasta dejar de respirar. No es eso correcto y en verdad nada lo es. Sólo conocemos aquello que no es acertado y con eso debería bastarnos.

Cuando era pequeña no preguntaba de dónde venían los niños, sino adónde se dirigían. Mi abuela siempre me respondía con el mismo refrán: “sabemos de dónde venimos, pero no adónde vamos”. Yo le contestaba que no era cierto, qué ni siquiera sabíamos cómo se creó el mundo. Y esa incógnita fue uno de los grandes dilemas de mi infancia.

El miedo más profundo del ser humano se resume en un ‘no conocer’ y eso puede ocurrir cuando imaginamos un desconocido futuro. Si una ciudad es bombardeada, sus habitantes temen a una muerte próxima; cuando alguien abandona una forma vida, le teme a una nueva rutina; si el tren que cada mañana tomamos no aparece, imaginamos que algo raro sucede. Es el pensamiento contraído de un querer y no poder, es la semilla maldita de una planta envenenada, es el único calor que nos puede dar la soledad y que solo desaparece al borrar los esquemas que dominan nuestra vida.

Pensamientos

Alguien se balancea en una vieja mecedora mientras mira cada día el atardecer por su ventana. Observa pero no ve, piensa pero no entiende, cree pero no conoce. Muere un día más y el cuarto vuelve a vestirse de silencio, ese que ella no oye, quizás porque la mudez del ambiente tampoco se oiga y tan solo se perciba.

Las notas de piano comienzan a sonar de nuevo, emiten una melodía que a nuestra amiga le es familiar. Sus ojos ya no miran por la ventana, ahora busca el origen del sonido pero no lo encuentra, a pesar de que lleva años indagando la fuente desde la que fluyen esas notas que cada día la visitan y que ella nunca sabría tocar.

Aquellas notas musicales entorpecen sus tardes porque no le dejan escuchar el silencio que se esconde tras el sonido, aquel que está eternamente y que nunca desaparece, aquel que se entierra y se deja eclipsar tan fácilmente por lo acústico. Y sabe que sin silencio nunca podrá ver más allá de su ventana, porque ese sonido está empañando sus cristales.

Y cada tarde vienen a por ella, la amordazan, echan gasolina sobre sus recuerdos para posteriormente hacerlos desaparecer, dejando en su lugar aquellos que ellas consideran que merecen seguir ahí, esos que se salvaron de la caza de brujas blindados contra cualquier persecución desalmada, porque ellas son más rápidas y nuestra amiga, por su parte, sigue balanceándose en su vieja mecedora. 

Fotografías, retratos del olvido

Hace años me apunté a un curso de fotografía que impartían en el centro cultural de Vallekas. Allí me enseñaron a revelar con líquidos, utilizar la ampliadora y a hacer fotos con una caja de galletas.

De eso hace mucho y ya casi olvidé qué era la velocidad del obturador, la apertura de diafragma o la distancia focal. Tengo sobre la mesa abierto un manual con el que pretendo continuar aquello que, como tantas otras cosas, dejé a medias en la vida. Y para comenzar a practicar nada mejor que hacerlo con el único regalo que tuve estas navidades: una muñeca de trapo. A su lado un viejo burro de peluche la acompaña fatigado… quizás los niños y los animales sean los dos grandes protagonistas de mis fotografías.

Siempre digo que no hay fotografía más bonita que la del rostro inocente y angelical de un niño que aún no sabe de absurdas responsabilidades, que aún no conoce lo podrido que está el mundo o cuya máxima preocupación sea la de encontrar a algún amigo con el que jugar.

Y son los niños quienes irremediablemente me hacen sacar la cámara allá donde voy. Podré retratar lagos, montañas, barcos e incluso animales, pero nada es comparable.

Debajo dos niños se preparan para posar en un puente de Venecia estas navidades, “¡Avanti, Carlo!” le dice la niña al pequeño con un gracioso acento italiano.

ninos venecianos

Que vuelvan al mar

Palestina

Soñó que las sirenas surcaban el mar rompiendo sus calmadas aguas. Nadaban y se sumergían, salían a la superficie y se zambullían de nuevo. Pero las olas comenzaron a romper con más fuerza contra las rocas del acantilado. Las sirenas seguían nadando, moviendo de un lado a otro sus aletas, mientras la marea las arrastraba indefensas hasta la orilla. Allí, presas del pánico, intentaron volver al mar con todas sus fuerzas, pero había un muro, un bloque de cemento inmenso que les impedía volver a su vida, al mar.

Garabatos infantiles dibujan tanques en las paredes. El conflicto se había recrudecido y los toques de queda dejaron de ser una lotería para convertirse en el pan de cada día. Sonaban cada vez más temprano y ya apenas esperaban a la caída del Sol. Al sonar las primeras alarmas, los niños solían jugar a quién lograba llegar primero a la gran casa derrumbada, una de las más grandes de Gaza hasta que dejó de estar en pie. Otros por su parte preferían hacer apuestas sobre si ese día la escucharían o sobre cuantos caerían esta vez.

Y mientras apuestas y juegos de niños inundaban Gaza, lejos de allí, al otro lado del control policial israelí, se encuentra un joven licenciado en Biología que trabaja recogiendo la basura que los israelíes desechan en Jerusalén. El joven comparte casa con sus cinco hermanos, todos más pequeños que él y todos le acompañaban cada día al basurero de Hebrón.

En Belén Dunia camina hacia una montaña tras la cual el Sol enciende ya las primeras luces de su propio funeral, esperando que pronto las estrellas bombardeen el cielo. Allí el centro del universo se derrumba ante los pies de la cuidad donde en más de una ocasión Dunia vio caer algo más, algo que ahora se hunde a pocos kilómetros de allí.

Un dios cuyo hijo nació en su ciudad creó el absurdo milagro de la vida para que ellos mismos se la quitaran, bombardearan sus corazones y regaran con sangre los cultivos del otro holocausto. Y cada día exhalan el olor que desprende la carne rota, al tiempo que sienten los vaivenes de un tren que les lleva directos al ocaso.

Y mientras, Dunia recuerda las sirenas de su sueño, las que no podían volver al mar. Esas sirenas vivían ahogadas como lo hace su pueblo, cercadas por un muro que les impedía volver al mar, ese lugar que era su hogar y que le arrebataron. Sin embargo, al despertar descubre que las únicas sirenas vivas que habitan Palestina son las de la guerra y que el mar está muerto y cada día más lejos.

Feliz vida

En la ciudad de Mozart y la sal la escarcha cubre los jardines, el hielo te hace derrapar y el fräio te congela la cara. En Salzburgo si no fuera por el vino caliente que puedes comprar en algäun puestecillo o el pan recien hecho de la panaderia mas antigua de la ciudad, no habria podido estar en la calle mucho tiempo.

Tras cuatro däias en Austria, donde los teclados tienen la Y donde la Z y la Z donde la Y, parece que me acostumbro al frio. Por estas mismas fechas paseaba por las calles de Cracovia, aun mas frias y cubiertas de nieve, y manana despido el anio en Hallstat, pueblecito de los alpes autriacos del que no conozco absolutamente nada.

Y ahora he de dormir, a estas horas intempestivas (las diez), en este albergue donde cada maöana retumba la canciäon de ‘Sonrisas y lägrimas’, para tomar maöana el tren hacia los Alpes.

Feliz, no entrada de anio, ni siqiuera 2009… Feliz dia a dia.

Al corazón de Europa

Escribo una relativa despedida o un hasta luego definitivo, como deseen. Me voy, huyendo un año más de navidades colmadas de falsas sonrisas hipócritas y salvajes oleadas consumistas que compran lo que no usarán, intentando verlas así de otro modo, desde lo desconocido, lejos de casa y con más frío.

Despido el año en un pueblo de los alpes autriacos cuyo impronunciable nombre me es imposible recordar. Y recibiré 2009 sin grandes pretensiones de esas que nos decimos cuando el colapso nos viene a visitar en una tarde de invierno. No, ni voy a dejar de fumar, ni abandonaré mis chistes malos, ni voy a ordenar mi caos, ni tampoco me compraré unos zapatos de tacón. Nada de eso.

Hoy un terremoto se hizo notar en Venecia, lugar elegido como punto de partida por las inundaciones que azotaron el país a primeros de este mes. Era lo más económico para volar.

Felices fiestas y cuidado con las indigestiones navideñas

¡Hasta pronto! y voy a preparar la mochila…

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