Veranos…

Podrían ser casi mediados de agosto de un día de su infancia, pero ni siquiera llegamos a julio y ella ya no es una niña. Y qué mas da, si lo que ella recuerda son todas aquellas tardes en la montaña, en la playa, en el campo… Las ruedas girando de las bicicletas y patines, las caídas y ese adulto que curaba sus heridas con mecromina que ella luego esparcía por toda su ropa. El padre de quién sabe qué amigo invitándoles a su casa a la hora de la siesta para jugar a algún ocurrente juego de mesa. La siesta que nunca se echaba pero sí los vecinos, que gritaban silencio, mientras ella apuntaba las notas musicales que desprendía el organillo en folios partidos por la mitad…

Mientras miraba a una fuente, ella recordaba el agua… la playa, el río, la piscina, las pistolas, los globos, los lagos, los aspersores, las mangueras, todo era frío. Pero luego estaba el calor… el sol que derretía sus helados de vainilla y chocolate, los ventiladores que nunca funcionaban, el sudor, los bancos de la plaza abrasando sus delgadas piernas morenas, la sed, el polvo que los coches levantaban al pasar, las insufribles mañanas de su pueblo extremeño donde el sol arrasaba con todo de día para de noche desaparecer y disfrutar de la brisa…

Pasaban dos niños corriendo y volvió a recordar a sus amigos… los juegos, las historias de miedo que le fascinaban a la vez que le aterrorizaban, las noches en vela por culpa de pesadillas aún peores que los relatos que le contaban, aquellos días tocando a las casas para después salir corriendo, mirando al doblar la esquina la cara del dueño, esas otras noches jugando al escondite o tocando la guitarra…

Era todo: las risas, los chistes, las canciones… todo. Y no son recuerdos. Están con ella en estos momentos, mientras los imagina.


Fotografías, retratos del olvido

Hace años me apunté a un curso de fotografía que impartían en el centro cultural de Vallekas. Allí me enseñaron a revelar con líquidos, utilizar la ampliadora y a hacer fotos con una caja de galletas.

De eso hace mucho y ya casi olvidé qué era la velocidad del obturador, la apertura de diafragma o la distancia focal. Tengo sobre la mesa abierto un manual con el que pretendo continuar aquello que, como tantas otras cosas, dejé a medias en la vida. Y para comenzar a practicar nada mejor que hacerlo con el único regalo que tuve estas navidades: una muñeca de trapo. A su lado un viejo burro de peluche la acompaña fatigado… quizás los niños y los animales sean los dos grandes protagonistas de mis fotografías.

Siempre digo que no hay fotografía más bonita que la del rostro inocente y angelical de un niño que aún no sabe de absurdas responsabilidades, que aún no conoce lo podrido que está el mundo o cuya máxima preocupación sea la de encontrar a algún amigo con el que jugar.

Y son los niños quienes irremediablemente me hacen sacar la cámara allá donde voy. Podré retratar lagos, montañas, barcos e incluso animales, pero nada es comparable.

Debajo dos niños se preparan para posar en un puente de Venecia estas navidades, “¡Avanti, Carlo!” le dice la niña al pequeño con un gracioso acento italiano.

ninos venecianos

Los ignorados y el ángel que no podía volar

angel

Todos los años organizaban un belén viviente en el colegio, pero no fue hasta segundo cuando representamos el primero. La profesora nos reunió a todos para darnos los papeles. No recuerdo todos, pero sí algunos: Estela sería la virgen, Rosa una pastora, David San José, y yo el ángel.

En verdad todas las niñas querían ser virgen, pero yo lo quería ser es pastora. Deseaba llevar delantal, pañuelo a la cabeza, zapatillas de esparto y bailar con una cesta en la mano. Formar parte del portal de Belén era aburrido y ser ángel mucho más, pues era el único personaje que no tenía que hacer absolutamente nada.

Y ahí veía a Estela y a David, mi novio por aquellos tiempos, con su bebé. Y yo, incrustada en mi inmovilidad, les observaba con celos como también lo hacía con los pastores en movimiento. Le preguntaba a la profesora por qué tenía que ser precisamente yo el ángelito, ella me sonreía y me contestaba que no podía ser de otro modo, que tenía cara de ángel. En el fondo el papel me venía bien, no tenía los quebraderos de cabeza de mis compañeros que no acertaban con los bailes o guiones, y además, tenía suerte de no haber sido el buey, como le había pasado al pobre Alberto.

Cada día de ensayo disponía de todo el tiempo del mundo para evadirme y observar al resto desde lo alto de la mesa donde me tocaba estar. Y con esa observación diaria concluí que tampoco quería ser pastora. Así fue como mi atención se desvió hacía otro lugar hasta fijarla en un grupo de compañeros que se situaban a un lado fuera del escenario. Parecía que estaban de prestado, pero eran ellos los auténticos protagonistas, esos que parecían ninguneados pero que estaban ahí, haciendo ruido, unos con un triángulo de metal, otros con flautas y algunos golpeando un par de mazas de madera. Desde aquel día mi atención se centró en ellos, quería que tocaran más alto, que se hicieran notar y que todas las miradas fueran a ellos y no a la virgen, ni a san José, ni siquiera a los pobres pastores. Ya no tenía celos de ninguno de ellos, la tarea que hacían los niños de la banda musical era mucho más laboriosa y admirable.

La tarde anterior al día de la representación había comprado dos cartulinas blancas que recorté en forma de alas, utilicé pegamento y las llené de trozos de algodón. Pero mi torpeza era mayor en mi niñez, así que al día siguiente, llevando un vestido blanco hasta los pies, me resbalé mientras simulaba volar sorteando los charcos. Me caí y me estropee las alas, que pasaron a parecer un churro de barro anudadas a mi espalda con ayuda de una goma, la misma con la que jugaba con mis amigas por las tardes y que aquel día rompí para poder ‘volar’. Me caí y el vestido blanco se manchó también de barro y de la roja mercromina que goteaba de mi codo.

Y así me presenté. A la profesora no le gustó, intentó mejorar mis alas y limpiar algo de barro, pero no había mucho que hacer, de modo que así salí, escondiéndome del público cuanto podía, en profundo silencio, deseando haber tenido alas para poder salir volando de allí sin que nadie me viera, sin mirar a nadie salvo a los ignorados, aquellos que como yo, o el buey y la mula, no eran más que un apoyo del resto del belén. Pero el verdadero apoyo nos lo dábamos mutuamente, ese ruido nos lo dedicaban desde el apartado lugar en el que se encontraban, con sus instrumentos musicales y sus miradas. Desde el portal, el buey y la mula mugían. A mí no me dejaban gritar pero sonreía, y ya no me escondía de mi suciedad, ni de mis alas rotas, porque comprendí que los ninguneados nos hacíamos notar. Habíamos montado un belén diferente, el nuestro propio.

Al año siguiente le pedí a la profesora poder acompañar con la flauta. Desde ese curso formé parte de la banda musical cada Navidad.

El árbol de la vida

en las ramas

Caminando la anterior noche sentí la brisa arrastrar mi cuerpo, de modo que comencé a andar con mayor empeño. Pisé más fuerte y sentí el suelo, miré los árboles que adornan cada acera de la avenida y vi que ellos lo atravesaban. Sus ramas, aquel lugar donde dicen que me pierdo, se agitaban como lo hacía una bandera blanca que anuncia la rendición. Y es que su batalla estaba perdida desde el principio de la contienda, pues viven en la agonía de una eterna pisada que no logran levantar jamás. Es como si te quedaras atrapado en arenas movedizas mientras el aire te acaricia la cara y ondea tu pelo.

Seguí andando y observé gente pasar. Parecían borrachos, estaban nerviosos y se gritaban. Volví a dirigir la vista a los árboles. Continuaban callados, moviéndose sin salirse de su perpetua postura, de su eterna fotografía. Mientras, en el interior la savia corría constante por sus venas, del tallo a las hojas, esas que cada otoño se suicidan.

Resulta de sobra conocido que no nos entendemos, que todos hablamos un idioma propio y que nadie ve lo mismo cuando miramos algo. Dicen que los daltónicos apenas distinguen el rojo del verde ¿Cómo explicarles ese color? Estoy segura de que nadie ve el mismo rojo cuando observa la sangre derramada en las guerras. Puede parecerse, pero nunca ser igual. Con la savia de las plantas ocurre lo mismo.

La primera vez que me di cuenta de la distorsión del entendimiento entre humanos fue cuando tenía seis años. Una compañera se balanceaba en el columpio del patio y yo, que por esos tiempos sufría insomnio, le decía: “¿Sabes? Anoche descubrí que todos vamos a morir, que nadie se va a salvar”. Mi amiga se sacó la pirueta de la boca y me respondió “¿Y qué?”. Entonces siguió columpiándose.

Años atrás, cuando aún no había cumplido los cuatro otoños, caminaba siempre mirando al suelo. Sabía que las hormigas pasaban por él y daba cuidadosos pasos para no asesinar a ninguna. Mi abuela decía que no me molestara, que seguro que ya había matado unas cuantas sin darme cuenta. Una noche soñé que las hormigas me atacaban, que subían por mis piernas para comerme. Al día siguiente, utilizando como única arma mis zapatos, cometí el mayor genocidio animal de mi vida.

Algunos compañeros del colegio contaban en el patio que había un hombre que secuestraba niños, los metía en un saco y no volvían jamás. Yo me preguntaba qué beneficio obtenían, no tenía sentido. “Si alguna vez me secuestran, convenceré a mi secuestrador para que me libere. Seguro que si lo piensa fríamente me suelta”. Los demás reían.

Y así, recordando mis raíces, me reía de todo aquello en una noche donde el aire gélido refrescaba la memoria. Mientras, los árboles seguían allí, en el mismo lugar de siempre, tan solo acompañados fugazmente por la gente que por allí cruzaba, aquellos a los que ayuda a respirar y que pasean, algunos rápido y otros sin prisa, por ese camino repleto de ramificaciones al que llaman vida.

Dedicado…

A las farolas contra las que choco mientras veo olas de mar y arena de playa, a las calles sin nombre por las que deambulo perdida en las frías tardes de invierno, a las citas a las que siempre llego tarde, a las chaquetas que olvido en los bancos del parque cuando el sol empieza a quemar, a los movimientos afirmativos cuando te hablan de algo que no te interesa, a las reuniones nocturnas de las que huyo, a los trenes que pierdo a diario, a los cierres de puertas, a los despertadores que escuchamos los lunes por la mañana, a todo lo que nunca escuchamos.

A los novios que abandoné por no ser perfectos para mi imperfección, a las noches en blanco, a los naufragios de barco, a los caminos serpenteantes, a las montañas rusas de mis sueños, a las explicaciones que nunca escuché, a la desgana.

Al patio del colegio que me vio crecer, a los cursos que no terminé, a los diplomas que olvidé recoger, a las personas con las que me crucé, a aquellos que salieron de mi vida sin hacer ruido, a los que encontré por casualidad y la dejaron patas arriba, al profesor de piano que nunca tuve, a la observación de los demás que me ayudó a no observarme, a los pensamientos que te aíslan de una realidad que rechazas, a los párpados cerrándose en aburridas noches de fin de semana, a los sueños sin cumplir que almaceno en el olvido, al olvido.

A los tropiezos, a las meteduras de pata, a los palos de ciego, a la palabra pronunciada en el momento equivocado, a la contestación sin sentido, a la pregunta sin respuesta, a los chistes malos que nos hacen reír, a los mapas que no entiendo, a las decisiones indecisas, al mal de amores que nos hace tanto bien, a los “lo siento” que no sentimos, a los que sentimos y no decimos.

A ellos les dedico el libro que escribiré con tinta transparente, el papel invisible que interpretaré en la falsa película de la vida, el vals que rechazaré en el eterno baile de los zombis y la medalla de oro que lograré en el concurso de aquellos que nunca participan en competiciones ni juegos.

[Escrito en Madrid en una tarde de domingo. Consecuencia del jet lag, el cambio de equinoccio y tras una noche de polipoesía].

Desde Tierra de fuego

Se respira tranquilidad en la ciudad de Ushuaia. Las montañas, cubiertas de nieve, se funden con el blanquecino cielo gracias a la gélida brisa que les llega directamente de la Antártida. Ese mismo viento sopla con fuerza en el puerto y parece que ayer nevó.

Hoy llegué a este lugar donde dicen que se acaba el mundo, un punto que se encuentra a unos 15.000 km de España.

Es curioso darse cuenta de lo limitadas que son nuestras vidas cuando las miras desde la lejanía, cuando los problemas cotidianos no son más que estupideces, cuando lees el periódico tras varios días y constatas que siempre es lo mismo… y que en realidad todo es dañina rutina.

Esta noche he recordado que me encuentro en la mitad y punto de inflexión del viaje, que hace tres días que entramos en Argentina y que hoy por fin tengo una cama en la que dormir.

Gélidos saludos.

Al calor del fuego y las estrellas

El fuego es una de las muchas cosas que me hiptoniza. Ahora, sintiendo su calor, no puedo despegarme de él. Y, mientras me quemo la cara, los ojos se me cierran.

La casa es grande, de madera y la chimenea es preciosa. Me encuentro en Chiloé, una isla del centro-sur de Chile que me está enamorando. Tiene idioma propio, casas de colores y madera y llueve 300 días al año (los otros 65 hace mal tiempo, dicen).

Hasta ahora estuve en Santiago de Chile, Pucón y ayer llegamos a Puerto Varas, donde Jan, un chico alemán encantador que trabaja en turismo nos acogió en su gran casa de estudiantes. Mañana volvemos allí y tomará con nosotros el barco de cuatro días que conduce al sur.

Cada vez hace más frío y no tengo capas suficientes para compensar el cambio. Por las mañanas el sol abrasa y de noche el frio paraliza. Ayer descubrí que desde el polo sur se avistan más estrellas. Miro al cielo y aunque no puedo contarlas sé que cada día que pase veré más.

Buenas noches.

Hasta el fin del mundo

Hoy que nos precipitamos por los barrancos que conducen al invierno, tomaré un vuelo que me lleve a la estación que chapotea hacia el verano. Dentro de unas horas subiré a un avión que sorteará los Andes para aterrizar en Santiago de Chile, punto de partida de un viaje con el que pretendo conocer una pequeña porción del cono sur americano.

David, que ayer llegó a Madrid, me acompaña, y yo a él. En una libreta llevamos apuntados todos los celulares de la gente que allá veremos, unos de Chile, otros de Argentina y espero, si da tiempo, visitar a los amigos de Uruguay.

La idea es ir hacia el sur, donde la temperatura poco a poco será más fría. Los volcanes, lagos y playas se sustituirán en pocos días por los icebergs y témpanos de hielo que atravesaremos con el barco mercante que recorre los fiordos chilenos. Más tarde llegaremos a los glaciares argentinos de la Patagonia y las montañas de Torres de Paine y Chaltén, para dirigirnos después al fin del mundo: Ushuaia, capital de la Antártida. Allí tomaremos un avión a Puerto de Iguazú donde la temperatura habrá subido unos 20 grados para después bajar en autobús a Buenos Aires. Quizás allí tomemos un barco a Montevideo y volvamos, vía Mendoza, a Chile… Pero en un mes todo puede variar.

Nunca antes me había pesado tanto la mochila. Esta mañana, cuando comencé a llenarla, la báscula marcaba los ocho kilos. Ahora, a punto de irme, ya son diez con cinco. Pero es lo que ocurre cuando gorro, bufanda y guantes comparten espacio con los pantalones cortos y el bikini.

Nos esperan muchas horas de autobús, barco y piernas. En algunas ciudades conocemos gente, a otros los conoceremos por el camino. Y quien sabe, con todos ellos quizás volvamos a cruzarnos algún día.

¡Hasta pronto!

Lo mejor del mundo

dibujando

Como todos suelen recordar a su primer novio es normal que yo tampoco haya olvidado al mío.

Se llamaba David, estábamos en primero de EGB cuando un día en clase de Religión me levanté, le besé y volví a mi mesa sin mediar palabra. Fue la primera y última vez que yo tomaría la iniciativa antes de comenzar una relación. A partir de ese día nos convertimos en novios, los únicos de la clase.

Éramos una pareja estable, siempre juntos reíamos, jugábamos y en ocasiones discutíamos, pero al final zanjábamos nuestros enfados fumando “la pipa de la paz”. A veces parecía como si quisiéramos discutir tan solo por tener la excusa de fumar esa pipa ficticia.

Y así nos fue hasta que en la fiesta de fin de curso me pidió matrimonio. Yo le dije que aun éramos pequeños, que sería mejor esperar al curso siguiente. Y así lo hicimos. Fue en segundo cuando se ofició la boda. Nos casó un compañero en el patio del recreo ante los ojos de toda la clase y, aunque he borrado muchas cosas de aquel día, todavía recuerdo pedirle a mi madre que me dejara llevar uno de esos vestidos de los domingos.

El matrimonio no cambió mucho las cosas. Nos hacíamos regalos, él le robaba el maquillaje a su madre y yo las colonias a mi padre. Objetos que nos entregábamos envueltos en papel pintado con ceras de colores.

Un día la profesora de Religión nos dio una hoja en blanco que debíamos dividir en dos partes. A la izquierda teníamos que dibujar lo mejor del mundo, a la derecha, lo peor. Yo pinté a David y a la Muerte. Después me levanté y paseé por clase tratando de husmear lo que mis compañeros habían elegido. En la parte izquierda algunos habían garabateado a Jesucristo, otros un plato de patatas fritas e incluso algún “pelota” había plasmado en el papel a la propia profesora.

Me detuve en David para enseñarle mi hoja y para ver cómo me había dibujado. Pero observé en su papel una figura extraña, y es que no era yo lo que esos trazos de niño de siete años querían representar en la parte izquierda, era su madre. Y yo, despechada, lloré, hice trizas mi hoja y se la tiré. La profesora me regañó, me ordenó volver a mi sitio y me entregó otra hoja en la cual no solo dibujé a mi madre, sino a mi padre, hermana, abuelas, también a la profesora… a fin de cuentas, a todo aquel que conociera, menos al él, y menos a Dios, porque a Dios no tenía el gusto de conocerlo. Y sí, en la parte derecha le dibujé a él.

Curiosamente nuestra relación comenzó y terminó en una clase de Religión.

Un año más tarde, cuando en la catequesis rezaban que Dios es amor, concluí que si el amor no existía, Dios tampoco, que eran mentiras recíprocas. Y cuando días después de mi primera y última comunión, el cura que me la dio tuvo un accidente de coche en el que murió junto a la prostituta que lo acompañaba, pensé que eso sí que era verdadero amor a Dios.

Y es que ese hombre, que se había encontrado con aquello que dibujé en la parte derecha de mi primer folio, quizás nunca conociera lo que contenía la zona izquierda de aquel papel que destruí en mil pedazos.

Contradictoria casualidad

A veces no nos damos cuenta de que las contradicciones vienen producidas por casualidades. O al contrario. Y eso es lo que le da belleza a la vida.

Nunca sabemos si las casualidades son contradicciones de la probabilidad de que algo suceda o si son más bien un juicio subjetivo aplicado a un momento. Hay muchas formas de que se dé la espalda al destino causando una rotura en el devenir establecido.

Mis padres se conocieron en Holanda justo cuando mi madre había dejado a un sueco y mi padre a una mejicana. Al volver a España, se encontraron de nuevo por puro azar… y contradictoriamente se casaron. Paradójicamente, porque ella amaba el civismo de los nórdicos y él la sumisión de las mujeres del sur.

Casualidad es que el pasado verano encontrara en Tallín a un italiano que conocí en Bruselas o coincidiera en el Metro con una vasca que me encontré en Helsinki. Contradicción es que en ningún caso intercambiáramos direcciones. Dicen que hay personas que se conocieron en un vagón de tren y que ahora son inseparables y otras que estudiaron en el mismo colegio y no volvieron a verse.

Fue casualidad que inaugurara este blog y contradictorio que lo bautizara con el nombre de una película que ni siquiera había visto. Muchas de las decisiones se toman en función del tiempo que tengas para reflexionarlas. Si me hubiera tomado un minuto más, no estaría escribiendo estas líneas.

Sorprendente fue tener aquel sueño: una ciudad que indefinida visualizaba desde la lejanía, rodeada de montañas nevadas, llena de casas con tejados de colores y barcos que atracaban en el puerto. Casualidad fue encontrar un día una foto igual que aquel lugar y contradictorio que desde aquel momento intentara ir y todavía no lo haya hecho.

La vida gira entre esos dos polos, y entre muchos otros. Unos lo llaman suerte, otros cenizo. Hay quien dice que nada es casual, sino causal, Aristóteles estaba seguro de ello. Pero el día que se desafían las leyes de la probabilidad es cuando descubres que las casualidades cambian vidas de forma contradictoria.

reykiavik

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