Feliz vida

En la ciudad de Mozart y la sal la escarcha cubre los jardines, el hielo te hace derrapar y el fräio te congela la cara. En Salzburgo si no fuera por el vino caliente que puedes comprar en algäun puestecillo o el pan recien hecho de la panaderia mas antigua de la ciudad, no habria podido estar en la calle mucho tiempo.

Tras cuatro däias en Austria, donde los teclados tienen la Y donde la Z y la Z donde la Y, parece que me acostumbro al frio. Por estas mismas fechas paseaba por las calles de Cracovia, aun mas frias y cubiertas de nieve, y manana despido el anio en Hallstat, pueblecito de los alpes autriacos del que no conozco absolutamente nada.

Y ahora he de dormir, a estas horas intempestivas (las diez), en este albergue donde cada maöana retumba la canciäon de ‘Sonrisas y lägrimas’, para tomar maöana el tren hacia los Alpes.

Feliz, no entrada de anio, ni siqiuera 2009… Feliz dia a dia.

Al corazón de Europa

Escribo una relativa despedida o un hasta luego definitivo, como deseen. Me voy, huyendo un año más de navidades colmadas de falsas sonrisas hipócritas y salvajes oleadas consumistas que compran lo que no usarán, intentando verlas así de otro modo, desde lo desconocido, lejos de casa y con más frío.

Despido el año en un pueblo de los alpes autriacos cuyo impronunciable nombre me es imposible recordar. Y recibiré 2009 sin grandes pretensiones de esas que nos decimos cuando el colapso nos viene a visitar en una tarde de invierno. No, ni voy a dejar de fumar, ni abandonaré mis chistes malos, ni voy a ordenar mi caos, ni tampoco me compraré unos zapatos de tacón. Nada de eso.

Hoy un terremoto se hizo notar en Venecia, lugar elegido como punto de partida por las inundaciones que azotaron el país a primeros de este mes. Era lo más económico para volar.

Felices fiestas y cuidado con las indigestiones navideñas

¡Hasta pronto! y voy a preparar la mochila…

Entre el Pacífico y los Andes

From Chile

Hoy logré descargar y subir a la web una selección de las fotos del viaje. De momento solo tengo de Chile, que me gustó más que Argentina quizás porque prefiero el mar, los barcos y la lluvia. Arriba está mi foto preferida, tomada en uno de los cuatro días en el barco mercante que une la X Región de los lagos con la Patagonia, atravesando para ello las mil islas en que se rompe el sur del país.

Los chilenos me parecieron tímidos a la vez que tranquilos, les gustaba presumir de país y no acostumbraban a posicionarse en política. Entre su población cuentan con descendientes de españoles, italianos, israelíes y alemanes, sobre todo estos últimos.

Su clima es muy diferente a lo largo de todo el país: en el norte se encuentra el desierto de Atacama, el más árido del mundo. En el centro, la isla de Chiloé, con más de 300 días de lluvia al año.

Esta no es sino una pequeña recopilación de imágenes, que no son más que una colección de recuerdos que de allí me llevé y que de vez en cuando me trasladarán al reino de la nostalgia, aquel lugar donde todo es pasado.

Valparaíso, Chile

Pablo Neruda posee una de sus casas en este lugar de muros artísticos, de casas de colores y de encanto propio.

Hoy llegamos a esta ciudad portuaria después de quedar ayer atrapados en los Andes durante horas. Viniendo desde Argentina por el paso libertadores que se encuentra en plena cordillera a 3.000 metros de altutud nos encontramos con una huelga de policia fronteriza (en realidad es huelga de todos los funcionarios del país). Allí pasamos el día David, Alberto y yo, entre mates, crucigramas y discusiones con los cientos de camioneros que hacían cola desde la noche anterior para intentar pasar la frontera, peleando con los conductores de autobuses y cortando el paso a un diplomático al que dejaron cruzar a Chile… un día extraño, pero al fin y al cabo divertido.

Volviendo a Valparaíso… la ciudad es bohemia, aunque dicen que peligrosa, y ahora que está atardeciendo iremos a degustar la última cena del viaje para mañana despegar de Santiago de Chile rumbo a al otoño español. Se acabó el calor.

Buenos Aires, 9 de julio

Es una de las avenidas más anchas del mundo. Para atravesarla necesitás hacer unas cuantas paradas y esquivar a los miles de coches que la transitan sin ninguna calma ni cuidado.

Hoy llegamos a Buenos Aires después de 18 horas de autobús desde Puerto de Iguazú. Huyendo de un clima tropical y tras empaparnos del agua que las cataratas salpican con una fuerza descomunal, nos encontramos con un térmometro que marca los 38 grados.

“Buenos Aires es un horno”, rezaban los titulares de ayer… Y tenían razón. Paseando por la ciudad nos encotramos en San Telmo, barrio bohemio de calles adoquinadas que mezcla tranquilidad y vida. Esta noche espero ver algún tango, que no bailarlo.

Y mientras tanto, dice la prensa que ahora Obama preside el mundo ¿pensás vos que algo ha cambiado?

Calor, truenos y selva

De pronto la lluvia se convirtió en la gran protagonista del paisaje. El aterrizaje en Puerto de Iguazú fue tormentoso, y no solo por el clima que nos dio la bienvenida. Los relámpagos, truenos y turbulencias llegaron a asustar a todos los pasajeros mientras sobrevolabamos kilometros y kilometros de selva.

Hoy mismo abandoné definitivamente la Patagonia chilena y argentina para sumergirme en la lluvia torrencial que alimenta las cataratas más grandes del mundo. Llegando ayer a casi 40 grados según dicen los de aquí, el fuerte sonido de las gotas de agua, solo interrumpido por los impotentes truenos, parece que forma parte del hilo musical del lugar. Atrás quedan los guantes, gorro y bufanda. Y es que resulta sorprendente que en un solo país se entremezclen climas y paisajes tan diferentes. Nieve, hielo, volcanes, desierto y selva son algunos de los grandes extremos de Argentina.

Salimos un rato y cubos de agua caian sobre nosotros sin dar tregua. Parece como si aquí el cielo no dejara de llorar. Dicen que en España comienza a hacer frío, dice alguien que allí no es el cielo quien llora.

Y mientras escribo estas líneas emiten “Caiga quien caiga” por televisión. Hay cosas que, estés donde estés, nunca cambian.

Desde Tierra de fuego

Se respira tranquilidad en la ciudad de Ushuaia. Las montañas, cubiertas de nieve, se funden con el blanquecino cielo gracias a la gélida brisa que les llega directamente de la Antártida. Ese mismo viento sopla con fuerza en el puerto y parece que ayer nevó.

Hoy llegué a este lugar donde dicen que se acaba el mundo, un punto que se encuentra a unos 15.000 km de España.

Es curioso darse cuenta de lo limitadas que son nuestras vidas cuando las miras desde la lejanía, cuando los problemas cotidianos no son más que estupideces, cuando lees el periódico tras varios días y constatas que siempre es lo mismo… y que en realidad todo es dañina rutina.

Esta noche he recordado que me encuentro en la mitad y punto de inflexión del viaje, que hace tres días que entramos en Argentina y que hoy por fin tengo una cama en la que dormir.

Gélidos saludos.

Al calor del fuego y las estrellas

El fuego es una de las muchas cosas que me hiptoniza. Ahora, sintiendo su calor, no puedo despegarme de él. Y, mientras me quemo la cara, los ojos se me cierran.

La casa es grande, de madera y la chimenea es preciosa. Me encuentro en Chiloé, una isla del centro-sur de Chile que me está enamorando. Tiene idioma propio, casas de colores y madera y llueve 300 días al año (los otros 65 hace mal tiempo, dicen).

Hasta ahora estuve en Santiago de Chile, Pucón y ayer llegamos a Puerto Varas, donde Jan, un chico alemán encantador que trabaja en turismo nos acogió en su gran casa de estudiantes. Mañana volvemos allí y tomará con nosotros el barco de cuatro días que conduce al sur.

Cada vez hace más frío y no tengo capas suficientes para compensar el cambio. Por las mañanas el sol abrasa y de noche el frio paraliza. Ayer descubrí que desde el polo sur se avistan más estrellas. Miro al cielo y aunque no puedo contarlas sé que cada día que pase veré más.

Buenas noches.

Hasta el fin del mundo

Hoy que nos precipitamos por los barrancos que conducen al invierno, tomaré un vuelo que me lleve a la estación que chapotea hacia el verano. Dentro de unas horas subiré a un avión que sorteará los Andes para aterrizar en Santiago de Chile, punto de partida de un viaje con el que pretendo conocer una pequeña porción del cono sur americano.

David, que ayer llegó a Madrid, me acompaña, y yo a él. En una libreta llevamos apuntados todos los celulares de la gente que allá veremos, unos de Chile, otros de Argentina y espero, si da tiempo, visitar a los amigos de Uruguay.

La idea es ir hacia el sur, donde la temperatura poco a poco será más fría. Los volcanes, lagos y playas se sustituirán en pocos días por los icebergs y témpanos de hielo que atravesaremos con el barco mercante que recorre los fiordos chilenos. Más tarde llegaremos a los glaciares argentinos de la Patagonia y las montañas de Torres de Paine y Chaltén, para dirigirnos después al fin del mundo: Ushuaia, capital de la Antártida. Allí tomaremos un avión a Puerto de Iguazú donde la temperatura habrá subido unos 20 grados para después bajar en autobús a Buenos Aires. Quizás allí tomemos un barco a Montevideo y volvamos, vía Mendoza, a Chile… Pero en un mes todo puede variar.

Nunca antes me había pesado tanto la mochila. Esta mañana, cuando comencé a llenarla, la báscula marcaba los ocho kilos. Ahora, a punto de irme, ya son diez con cinco. Pero es lo que ocurre cuando gorro, bufanda y guantes comparten espacio con los pantalones cortos y el bikini.

Nos esperan muchas horas de autobús, barco y piernas. En algunas ciudades conocemos gente, a otros los conoceremos por el camino. Y quien sabe, con todos ellos quizás volvamos a cruzarnos algún día.

¡Hasta pronto!

El Oasis de Bahariya

“No vais a llegar”. Que sí, que aún falta una hora. “Da, igual, estamos en El Cairo, hay mucho tráfico, puedes quedarte atascado durante horas”. Aliaa se había casado con Javi la noche anterior. Por la mañana visitamos las Pirámides de nuevo y después su madre nos invitó a comer. Se nos hizo tarde y el único autobús que salía para el Oasis de Bahariya era el de las seis. Y eran más de la cinco…

Bajamos corriendo las escaleras, tanto, que esta vez no tuve tiempo de quedarme embelesada en el portal como siempre hacía, observando perpleja aquel canario de la jaula que se balanceaba del techo, esa alfombra estampada en el suelo, y escuchando aquella eterna cinta del Corán. Una imagen que resultaba algo tétrica de noche, quizás nostálgica de día.

Cogimos las mochilas y paramos a los dos primeros taxis que pasaban. Hoy no nos molestaríamos en regatear, no había tiempo para ello. La estación de autobuses se encontraba en la otra punta de la ciudad pero el taxista, que llevaba el Corán en la guantera rota, iba rápido, mucho, como solía ser habitual en El Cairo. Allí los accidentes están a la orden del día, no hay semáforos, los frenos no existen y la única ley vigente son las constantes bocinas que forman parte del hilo musical de la ciudad. La primera vez que estuve, al cruzar la calle me quedaba paralizada esperando a que los coches terminaran de pasar, pero nunca lo hacían y un día una egipcia me dijo que, para vencer al miedo, solo tenía que cerrar los ojos y echar a andar. Y así lo hice, pero ya se me había olvidado ese truco… y ya casi estábamos en la estación.

Bajamos del taxi corriendo y entramos en el viejo edificio. Había ilegibles letreros anunciando las próximas salidas. Ya eran más de las seis y veinte, pero siendo Egipto no sería raro que aún no hubiera salido. Y ahí estaba partiendo nuestro autobús. Lo hicimos parar y Javi habló con el conductor, que le comunicó que estaba lleno. Le dijimos que no nos importaría ir en el suelo. Aceptó. Nos despedimos de Javi y Aliaa y nos subimos al vehículo.

La caminata por el pasillo en busca de sitios libres nos condujo hasta el final de autobús. Yo me senté en la penúltima fila, mi compañero de asiento llevaba una especie de túnica con capucha, se parecía a Rasputín y hablaba solo, debía estar rezando. El autobús seguía su curso y realizó una  parada más donde se subió una marea humana. Una mujer con su marido y dos niños en brazos se sentaron al lado de Izaskun y Pu. Después subieron varios hombres, muchos de ellos, visiblemente enfadados, nos gritaban en un ininteligible árabe.

Sobraba demasiada gente, con lo que no podíamos ser solo nosotros los que estábamos ocupando los puestos de los demás. Miré delante y varias mujeres se apilaban en las escaleras y pasillo. No había ningún hombre en el suelo, pues ellos estaban atrás discutiendo con nosotras, mujeres que les habíamos robado su lugar. Por eso mismo decidimos no levantarnos, pues ellos se sentarían y esas mujeres seguirían ahí, tiradas e ignoradas.  Mientras tanto, una vieja cinta del Corán daba vueltas y nos taladraba los oídos sin poder escapar de ella.

Uno de los tipos nos gritaba a la cara y movía las manos de un modo desquiciado, otro le zarandeó y en ese momento mi extraño compañero comenzó a hablar más alto, se levantó y se sentó en el pasillo con las mujeres. Pronto otro de los hombres ocupó el lugar de Rasputín. El autobús era un escándalo, parecía que aquello acabaría en una brutal reyerta, mientras al conductor le daba igual, seguía su camino al igual que el resto del autobús, que parecía tranquilo. Aparte de los gritos solo se escuchaba el Corán de fondo. 

De pronto uno de los hombres hizo levantar a la mujer que llevaba los dos niños para sentarse él. Y lo hizo, y en ese instante me levanté, no solo  para que la mujer se sentara, sino porque mi nuevo compañero, al que tenía cada vez más cerca, me frotaba la pierna y ya no lo soportaba más. En el lugar que dejé libre no se sentó la mujer, ni tampoco los niños, que los llevaba ahora en sus brazos el hombre que gritaba y movía las manos. Quise quejarme pero no me entendían, del mismo modo que yo tampoco comprendía sus gritos. La sensación de impotencia era terrible, las mujeres seguían en el suelo, con sus pañuelos, también había niñas. En ese autobús, que realizaba un trayecto de seis horas, iban al menos 15 personas más que asientos.

Me fui atrás. Saioa estaba sentada unas filas delante y Pu nos sostuvo a Izaskun y a mí. Parece que todo se había calmado, hacía calor y los tres compartíamos asiento. Empecé a cerrar los ojos, me dolía la cabeza, la noche anterior habíamos tomado bastantes cervezas en la habitación secreta, ese lugar donde los alcohólicos beben a escondidas en las bodas musulmanas.

Pero me despertaba, el Corán no me dejaba conciliar el sueño, seguía sonando, cada vez más fuerte, el altavoz aullaba en mi oído y no podía soportarlo. Llevábamos varias horas de viaje, miré a mi lado y el hombre violento dormía sosteniendo a los dos niños de la mujer, ella estaba en el suelo. Por la ventana no se veía nada, estaba oscuro, no había ni un resquicio de luz, nos encontrábamos en medio del desierto. Entonces imaginaba qué pasaría si alguien se quedara allí abandonado por el autobús. Vagaría durante kilómetros y kilómetros de frío y oscuridad para que al amanecer el Sol le abrasase mientras caminara casi desmayado en busca de un osasis al que no llegaría jamás.

El autobús hizo una parada en un bar de carretera. Pensé que por unos minutos me libraría del Corán, pero al entrar en el establecimiento lo volvía a escuchar. Seguía sonando, y había momentos en los que la emoción del que rezaba llegaba al punto en que lloraba. Al volver al autobús apagaron la cinta y pusieron una película de los años 70: Tiburón. Hubo un momento en el que la censura, que teñía la pantalla del mismo negro que se observaba por la ventana, falló y dos chicas aparecieron en bikini. En ese instante se oyeron varios gritos provenientes de unas mujeres que se tapaban los ojos escandalizadas por la escena.

Al término de la película estábamos llegando, eran más de las doce, miraba al autobús y solo veía turbantes, pañuelos y mujeres escondidas bajo túnicas negras. Habíamos dejado la ciudad atravesando el desierto para llegar a un oasis que ahogaba a las mujeres.

Oasis Bahariya

«« Textos anteriores|