Que vuelvan al mar
Soñó que las sirenas surcaban el mar rompiendo sus calmadas aguas. Nadaban y se sumergían, salían a la superficie y se zambullían de nuevo. Pero las olas comenzaron a romper con más fuerza contra las rocas del acantilado. Las sirenas seguían nadando, moviendo de un lado a otro sus aletas, mientras la marea las arrastraba indefensas hasta la orilla. Allí, presas del pánico, intentaron volver al mar con todas sus fuerzas, pero había un muro, un bloque de cemento inmenso que les impedía volver a su vida, al mar.
Garabatos infantiles dibujan tanques en las paredes. El conflicto se había recrudecido y los toques de queda dejaron de ser una lotería para convertirse en el pan de cada día. Sonaban cada vez más temprano y ya apenas esperaban a la caída del Sol. Al sonar las primeras alarmas, los niños solían jugar a quién lograba llegar primero a la gran casa derrumbada, una de las más grandes de Gaza hasta que dejó de estar en pie. Otros por su parte preferían hacer apuestas sobre si ese día la escucharían o sobre cuantos caerían esta vez.
Y mientras apuestas y juegos de niños inundaban Gaza, lejos de allí, al otro lado del control policial israelí, se encuentra un joven licenciado en Biología que trabaja recogiendo la basura que los israelíes desechan en Jerusalén. El joven comparte casa con sus cinco hermanos, todos más pequeños que él y todos le acompañaban cada día al basurero de Hebrón.
En Belén Dunia camina hacia una montaña tras la cual el Sol enciende ya las primeras luces de su propio funeral, esperando que pronto las estrellas bombardeen el cielo. Allí el centro del universo se derrumba ante los pies de la cuidad donde en más de una ocasión Dunia vio caer algo más, algo que ahora se hunde a pocos kilómetros de allí.
Un dios cuyo hijo nació en su ciudad creó el absurdo milagro de la vida para que ellos mismos se la quitaran, bombardearan sus corazones y regaran con sangre los cultivos del otro holocausto. Y cada día exhalan el olor que desprende la carne rota, al tiempo que sienten los vaivenes de un tren que les lleva directos al ocaso.
Y mientras, Dunia recuerda las sirenas de su sueño, las que no podían volver al mar. Esas sirenas vivían ahogadas como lo hace su pueblo, cercadas por un muro que les impedía volver al mar, ese lugar que era su hogar y que le arrebataron. Sin embargo, al despertar descubre que las únicas sirenas vivas que habitan Palestina son las de la guerra y que el mar está muerto y cada día más lejos.




