Que vuelvan al mar

Palestina

Soñó que las sirenas surcaban el mar rompiendo sus calmadas aguas. Nadaban y se sumergían, salían a la superficie y se zambullían de nuevo. Pero las olas comenzaron a romper con más fuerza contra las rocas del acantilado. Las sirenas seguían nadando, moviendo de un lado a otro sus aletas, mientras la marea las arrastraba indefensas hasta la orilla. Allí, presas del pánico, intentaron volver al mar con todas sus fuerzas, pero había un muro, un bloque de cemento inmenso que les impedía volver a su vida, al mar.

Garabatos infantiles dibujan tanques en las paredes. El conflicto se había recrudecido y los toques de queda dejaron de ser una lotería para convertirse en el pan de cada día. Sonaban cada vez más temprano y ya apenas esperaban a la caída del Sol. Al sonar las primeras alarmas, los niños solían jugar a quién lograba llegar primero a la gran casa derrumbada, una de las más grandes de Gaza hasta que dejó de estar en pie. Otros por su parte preferían hacer apuestas sobre si ese día la escucharían o sobre cuantos caerían esta vez.

Y mientras apuestas y juegos de niños inundaban Gaza, lejos de allí, al otro lado del control policial israelí, se encuentra un joven licenciado en Biología que trabaja recogiendo la basura que los israelíes desechan en Jerusalén. El joven comparte casa con sus cinco hermanos, todos más pequeños que él y todos le acompañaban cada día al basurero de Hebrón.

En Belén Dunia camina hacia una montaña tras la cual el Sol enciende ya las primeras luces de su propio funeral, esperando que pronto las estrellas bombardeen el cielo. Allí el centro del universo se derrumba ante los pies de la cuidad donde en más de una ocasión Dunia vio caer algo más, algo que ahora se hunde a pocos kilómetros de allí.

Un dios cuyo hijo nació en su ciudad creó el absurdo milagro de la vida para que ellos mismos se la quitaran, bombardearan sus corazones y regaran con sangre los cultivos del otro holocausto. Y cada día exhalan el olor que desprende la carne rota, al tiempo que sienten los vaivenes de un tren que les lleva directos al ocaso.

Y mientras, Dunia recuerda las sirenas de su sueño, las que no podían volver al mar. Esas sirenas vivían ahogadas como lo hace su pueblo, cercadas por un muro que les impedía volver al mar, ese lugar que era su hogar y que le arrebataron. Sin embargo, al despertar descubre que las únicas sirenas vivas que habitan Palestina son las de la guerra y que el mar está muerto y cada día más lejos.

Los ignorados y el ángel que no podía volar

angel

Todos los años organizaban un belén viviente en el colegio, pero no fue hasta segundo cuando representamos el primero. La profesora nos reunió a todos para darnos los papeles. No recuerdo todos, pero sí algunos: Estela sería la virgen, Rosa una pastora, David San José, y yo el ángel.

En verdad todas las niñas querían ser virgen, pero yo lo quería ser es pastora. Deseaba llevar delantal, pañuelo a la cabeza, zapatillas de esparto y bailar con una cesta en la mano. Formar parte del portal de Belén era aburrido y ser ángel mucho más, pues era el único personaje que no tenía que hacer absolutamente nada.

Y ahí veía a Estela y a David, mi novio por aquellos tiempos, con su bebé. Y yo, incrustada en mi inmovilidad, les observaba con celos como también lo hacía con los pastores en movimiento. Le preguntaba a la profesora por qué tenía que ser precisamente yo el ángelito, ella me sonreía y me contestaba que no podía ser de otro modo, que tenía cara de ángel. En el fondo el papel me venía bien, no tenía los quebraderos de cabeza de mis compañeros que no acertaban con los bailes o guiones, y además, tenía suerte de no haber sido el buey, como le había pasado al pobre Alberto.

Cada día de ensayo disponía de todo el tiempo del mundo para evadirme y observar al resto desde lo alto de la mesa donde me tocaba estar. Y con esa observación diaria concluí que tampoco quería ser pastora. Así fue como mi atención se desvió hacía otro lugar hasta fijarla en un grupo de compañeros que se situaban a un lado fuera del escenario. Parecía que estaban de prestado, pero eran ellos los auténticos protagonistas, esos que parecían ninguneados pero que estaban ahí, haciendo ruido, unos con un triángulo de metal, otros con flautas y algunos golpeando un par de mazas de madera. Desde aquel día mi atención se centró en ellos, quería que tocaran más alto, que se hicieran notar y que todas las miradas fueran a ellos y no a la virgen, ni a san José, ni siquiera a los pobres pastores. Ya no tenía celos de ninguno de ellos, la tarea que hacían los niños de la banda musical era mucho más laboriosa y admirable.

La tarde anterior al día de la representación había comprado dos cartulinas blancas que recorté en forma de alas, utilicé pegamento y las llené de trozos de algodón. Pero mi torpeza era mayor en mi niñez, así que al día siguiente, llevando un vestido blanco hasta los pies, me resbalé mientras simulaba volar sorteando los charcos. Me caí y me estropee las alas, que pasaron a parecer un churro de barro anudadas a mi espalda con ayuda de una goma, la misma con la que jugaba con mis amigas por las tardes y que aquel día rompí para poder ‘volar’. Me caí y el vestido blanco se manchó también de barro y de la roja mercromina que goteaba de mi codo.

Y así me presenté. A la profesora no le gustó, intentó mejorar mis alas y limpiar algo de barro, pero no había mucho que hacer, de modo que así salí, escondiéndome del público cuanto podía, en profundo silencio, deseando haber tenido alas para poder salir volando de allí sin que nadie me viera, sin mirar a nadie salvo a los ignorados, aquellos que como yo, o el buey y la mula, no eran más que un apoyo del resto del belén. Pero el verdadero apoyo nos lo dábamos mutuamente, ese ruido nos lo dedicaban desde el apartado lugar en el que se encontraban, con sus instrumentos musicales y sus miradas. Desde el portal, el buey y la mula mugían. A mí no me dejaban gritar pero sonreía, y ya no me escondía de mi suciedad, ni de mis alas rotas, porque comprendí que los ninguneados nos hacíamos notar. Habíamos montado un belén diferente, el nuestro propio.

Al año siguiente le pedí a la profesora poder acompañar con la flauta. Desde ese curso formé parte de la banda musical cada Navidad.

Jeroglíficos, postales y trenes

Con los jeroglíficos ocurre lo mismo que con las personas, creemos entenderlos pero no sabemos interpretar lo que en verdad quieren transmitirnos. Es por eso por lo que necesitamos encontrar una Piedra Rosetta que nos oriente en la difícil tarea de descifrar sus deseos, voluntades y sueños.

Con las postales pasa algo parecido, al igual que los amigos algunos nos llegan y otros se pierden por el camino, quizás porque iban en la dirección equivocada, quizás porque les faltaba el sello necesario para llegar hasta nosotros.

Y, bueno, también están los trenes… en la vida perdemos tantos que no volverán a pasar, tantos que ni siquiera nos planteamos coger y otros de los que nos bajaremos en marcha, que si los juntáramos todos lograríamos dar al menos una vuelta al mundo. Luego hay trenes que llegan más tarde o que necesitan de trasbordos, pero estos siempre acaban llegando allá donde la vía se pega con el andén de una estación sin nombre, una estación difícil de alcanzar, pues a ella llegamos sin brújula ni mapa, sin horarios ni rutas. Sin embargo, en esa búsqueda contamos con la ayuda de compañeros de viaje que subirán a nuestro vagón, que nos harán más ameno el trayecto y que nos orientarán sobre el lugar al que debemos llegar y cómo hacerlo.

Y con sus enseñanzas, experiencias y ánimos irán llenando nuestra maleta de recuerdos, anhelos, esperanzas y sueños. De tal modo que cuando queramos darnos cuenta ya no entrarán más cosas y será entonces cuando empecemos a vaciar el equipaje entregando lo recibido a otros viajeros, quienes volverán a llenarla de nuevo con otras compañías.

*Relato escrito para Alejandro en diciembre del año pasado. Hoy no fui capaz de escribir nada, las ideas están de vacaciones.

Para Isabel, de Beethoven

Para Isabel

“Hija, te hemos encontrado un trabajo”. Isabel era la mayor de cinco hermanos y acababa de cumplir 13 años. Su padre, perteneciente al más bajo escalafón de la clase obrera, y su madre, que dejó su ocupación como sirvienta de una casa pudiente al casarse, necesitaban que su hija mayor ayudase en la economía familiar. “Así que, mañana mismo dejas la escuela”.

La casa donde comenzó a servir era la de un adinerado empresario, buen católico y afín al régimen de Franco, un hombre que representaba todo contra lo que su padre había luchado años atrás durante la guerra y lo mismo que criticaría en voz baja a lo largo de la Dictadura. Por ello, antes de comenzar su trabajo le dijo: “Recuerda, nunca les limpies el retrete, ninguna hija mía limpia el retrete de un fascista”.

“Tu debes ser Isabel. Pasa”. La primera vez que entró en aquella casa avanzó perpleja por el pasillo principal que conducía a un inmenso salón, nunca antes había visto tanta opulencia junta. Ella, que vestía un raquítico abrigo recogido de las bolsas que repartía la iglesia y unos zapatos heredados de su prima mayor, sabía que en aquel lugar sobraban demasiadas cosas y fue ese día cuando empezó a familiarizarse con la palabra Injusticia. Las tareas a realizar no distaban mucho de las que ya desempeñaba en su casa, con la diferencia de que aquí había más espacio que limpiar y más ingredientes con los que cocinar.

La señora tenía una hija de su misma edad, Sonia, que tocaba muy bien el piano. Isabel nunca había visto uno de cerca y esperaba a quedarse sola para tocarlo, a pesar de que nunca nadie le explicó qué era aquello del solfeo. Desde el día que golpeó la primera tecla había pasado mucho tiempo y ahora ya se atrevía con las partituras que Sonia dejaba abiertas al término de sus clases particulares. Sabía con exactitud la hora a la que volvería la señora, que solía ser poco después de que Sonia regresara de la escuela.

De la cocina se llevaba todo lo que sobraba y a veces la señora le regalaba los vestidos y zapatos que Sonia ya no quería o aquellos que ya había usado demasiado. Se sentía tan feliz en esa familia que solía desear haber nacido allí, poder ir a la escuela y estudiar solfeo, tener una madre educada, tranquila y comprensiva y no una de malos modales, que solía llorar con frecuencia y que le aporreaba con el palo de la fregona cuando dejaba tareas sin hacer. También deseaba a ese padre que se preocupaba por su niña y resolvía sus dudas y no al que llegaba cada tarde borracho, con ganas de discutir, repartiendo bofetadas a su madre y exigiéndole a ella el dinero del mes.

Al limpiar el polvo de aquella estantería repleta de tantos libros como no había visto en la vida, recordaba que en su casa nunca vio ninguno. Quizás la vieja Biblia que su madre guardaba en el cajón de la mesilla y el Manifiesto Comunista que su padre escondía al fondo del armario. Uno a uno se los fue llevando, los leía deprisa y con el miedo de alguien que sostiene en sus manos un objeto que no le pertenece y que no le pertenecerá jamás. Por las noches el sueño se hacía esperar pues la culpabilidad le impedía cerrar los párpados. Estaba ocupando un lugar que no era el suyo ¿qué hacía leyendo los libros, tocando el piano y llevando los vestidos de Sonia? Ella no era más que su sierva, un medio que le hacía más cómoda la vida a ella, a su madre y a su padre fascista.

“¿Isabel, por qué no vas a la escuela?” le preguntó una vez Sonia. Ella contestó con una leve sonrisa: “Nunca se me dio bien estudiar”.

Sus ásperas manos acariciaban las suaves teclas del piano y en esos momentos el polvo, la cocina y el olor a lejía se diluían en el tema que tocaba en clave de Sol. Las notas musicales sonaban cada vez mejor, el ‘Para Elisa’ de un señor llamado Beethoven del que nunca oyó hablar, ya casi rozaba la perfección, su perfección, y solo le faltaban algunos libros por leer para terminar la estantería. Sabía que todo eso era prestado, que no era su vida sino la de otra y que el día que abandonara aquella casa se acabaría todo.

Aquella tarde Sonia llegó más animada de lo habitual: “Sabes, Isa, hoy he sacado sobresaliente en Historia”. Isabel le sonrió mientras seguía limpiando el retrete que había dejado a medias.

Cuando tú no estás

Iba cada día al trabajo, se preocupaba de no llegar tarde e incluso se pasaba por allí algún que otro fin de semana. “La carretera está colapsada”, dicen una mañana más por la radio, mientras, él espera interminables filas de coches fumándose el primer cigarro del día.

Al llegar a la oficina el ordenador tarda en encenderse, así que, para no perder ni un segundo, se dirige a la máquina de café y presiona el botón de ‘café solo’ al tiempo que recibe la primera llamada. Su hombro constituye el único apoyo para el teléfono, ya que sus manos las ocupa el vaso y las fotocopias que acaba de hacer.

Y por el fijo que descansa en su mesa llama su mujer, “Lo siento, ahora estoy hasta arriba. Luego te llamo”. Cuelga.

Increíble demostración al teclado, sus dedos se deslizan con la misma destreza con la que vuelve a apoyar el auricular del teléfono en su hombro. Parece como si éste se hubiera pegado a su oreja, hubiera echado raíces y solo pudiera sustituirlo por otro artilugio, esta vez un iPod última generación.

El índice de su mano derecha, hipertrofiado, es más largo que los demás, y es con él con el que apunta a su séquito de redactores ordenándoles escribir artículos que luego él firmará.

Llama su mujer de nuevo, “¡Pues ve al médico!” grita enfadado esta vez y vuelve a colgar.

Durante la hora de la comida sigue allí, no se levanta de su puesto, come un bocadillo a pesar de que este fin de semana visitará los mejores restaurantes de la ciudad.

Deben pagarle bien, es redactor jefe, pero sus ojos no transmiten alegría, sino que se mueven de izquierda a derecha y de arriba a abajo en una especie de baile epiléptico. Los cigarros que absorbe se consumen a la misma velocidad que su vida en esa oficina y cuando quiera darse cuenta ya solo quedarán cenizas.

Llama su mujer, “En cuanto termine esto voy”. Pasaron no una, sino cuatro horas más y se fue con cara de preocupación. Su mujer ya nunca volvió a llamar.

En algún lugar de La Tierra

Hablemos de una ciudad o un pueblo, de un trozo de mundo donde las calles eran siempre cuesta arriba y sus habitantes no las subían solos, sino acompañados por el dolor que les provocaba el reloj que latía en sus cabezas. Allí los días solían ser fríos, el viento soplaba siempre al contrario de los pasos que daban y las palabras se agotaban como lo estaba haciendo el oxigeno que respiraban. Por eso los lugareños sentían una extraña sensación de asfixia. Las noches eran artificiales y cada día más cortas, porque ya no había tiempo para dormir. El engranaje de la máquina se había oxidado y cada día resultaba más pesado moverlo, de modo que el cansancio, el reloj y la resignación se habían convertido en sus peores enemigos.

“El ser humano es malo por naturaleza”, decían unos “¿Pero no se basaba en lo aprehendido?”, preguntaban otros. No encontraban la respuesta y no la encontrarían, porque con ella no se sobrevivía en aquel lugar. Su obsesión era un trozo de plástico con el que poder saldar las deudas que contrajeron en el pasado y mantener los gastos del presente, a pesar de saber que ese “talismán” les pasaría factura en el futuro.

Por eso corrían y se empujaban, porque estaban preocupados, ahogados, nerviosos ¿por qué se sentían inseguros? quizás de niños escucharon que debían pensar en el futuro. Pero vivir en el no-presente no era sencillo, pues eso les convertía en ciegos que vagaban angustiados sin ver lo que se mostraba en ese instante ante sus ojos.

La gente no tenía la intención de practicar las buenas maneras, porque la “educación” fue algo que le impusieron en su niñez. Nunca debió llamarse así al acto de no empujar al prójimo, pues si alguien se hubiera preocupado por no repetir de memoria aquello que le enseñaban, habría descubierto que eso no era educación, sino solidaridad. Porque con la primera se actúa de cara un público, mientras en  la segunda el acto es espontáneo, nace sin cesárea.

La vida social no resultaba fácil, pues habían instaurado un modo de vida estandarizado y aquel que no lo cumpliera era expulsado de la comunidad. Llamaban locura a la cordura y lucidez a lo enfermizo, llegando incluso a apuntar con el dedo a aquel que no seguía las normas, a aquel que lograba salir de la cárcel en la que la mayoría vivía.

No contentos con ello, controlaron mediante el miedo e instalaron un policía en el interior de cada uno. Volvieron a levantar los muros que habían caído en la Edad Media e impusieron la guerra como método infalible de salvaguardar la paz.

Nadie sabe el nombre del lugar del que estamos hablando, podría estar a la vuelta de la esquina o encontrarse a miles de kilómetros a la redonda. Tampoco conocemos cuándo comenzó todo, si fue hoy, el mes pasado o hace siglos. Pero seamos sinceros, a fin de cuentas, eso qué importa.

El baile de Trinidad

No suelo soñar mucho (es decir, mis sueños no suelen ser dignos de recuerdo). Sin embargo, cuando tengo fiebre las pesadillas forman parte de mi pan de cada noche. Y he aquí una:

Caminaba por el pueblo extremeño donde veraneaba en mi infancia. Las calles estaban vacías y el Sol, como siempre, abofeteaba con fuerza. De pronto escuché una música. Era normal que en la casa de la juventud organizaran fiestas, así que pensé que sería una de ellas. Quería averiguar de dónde venía el sonido, que parecía de violines. Estaba segura de que era un acto organizado, pero la casa de la juventud estaba cerrada y la música no era muy moderna, sino clásica.

Continué caminando. Estaba atardeciendo, pronto se haría de noche y seguía sin ver a nadie. Sin embargo, la música cada vez sonaba más de cerca. De pronto pude ver una puerta entreabierta donde se podía vislumbrar a personas en movimiento. Entré. Efectivamente era una fiesta. Había mucha gente bailando, vestían de gala y la música que sonaba parecía el movimiento allegro del Invierno de Vivaldi. Me invitaban a bailar pero yo me negaba. Lo que deseaba era salir de allí. Hacía frío y la gente no hablaba, sólo se movían al ritmo de los violines. En la puerta había un hombre que impedía el paso.

Como no quería bailar intenté buscar a alguien que estuviera sentado para al menos pasar el rato. Entre el tumulto consegui ver sentada a una chica joven, muy delgada y de semblante serio. Me senté a su lado y le pregunté si a ella tampoco le gustaba bailar.

“Me encanta bailar”
“Yo lo odio”, le dije. Y se me ocurrió preguntarle “¿Si te gusta, por qué no sales a la pista?”
Sin cambiar su triste expresión dijo: “Cuando me operen”.

Entonces me contó que no podía andar, que cuando era pequeña tuvo una enfermedad tras la cual sus piernas empezaron a fallar. La historia me resultaba tan familiar que me asusté. Le pregunté su nombre mientras deseaba que no fuera el mismo que yo estaba pensando. Pero lo dijo: “Trinidad” .

Volví a mirar a los que bailaban: tenían ojeras, estaban cansados pero seguían bailando con la hipócrita sonrisa de aquel que la utiliza a modo de antifaz. Pero este no era un baile de máscaras veneciano, era un baile de muertos. Salí corriendo pero el hombre de la puerta me agarró. Me desperté.

Removiendo el café

Estoy sentada en el Café Barbieri frente a una taza, dando vueltas a una cuchara en el sentido de las agujas del reloj. Suelo pedir dos sobres de azúcar y procuro que éste sea moreno. Es necesario que la cuchara realice varios giros para poder diluirlo en la amarga cafeína.

Al levantar la vista de la mesa miro alrededor. En frente hay un chico con gafas de pasta. Sobre la mesa descansa Anna Karénina abierto por una página que se encuentra más cerca del fin que del comienzo de la obra. A su izquierda dos chicas charlan, una parece preocupada, la otra inventa excusas para calmar su tensión.

La camarera, que parece una estudiante Erasmus proveniente de algún lugar del norte europeo, se acerca al chico de las gafas. Le pregunta, con un español no muy logrado, qué va a tomar. No escucho lo que quiere. La Eramus lo apunta en una libreta de hojas carcomidas y se vuelve a la barra. Puede que lleve apenas unos meses aquí, que estudie ciencias o letras en la universidad o que haya venido a trabajar a este país en busca de los días de sol que no disfruta en su país, o de noches despejadas que le permitan observar la luna. Pero también puede que no busque nada que se encuentre en el cielo, sino en la tierra.

El chico de gafas de pasta dirige la mirada al libro. Parece tímido. Es posible que en su casa se apilen los libros sin ningún cuidado, porque seguramente el chaval sea desordenado. No debe vivir lejos de aquí.

Las chicas siguen charlando cuando entra por la puerta un viejo con pelo largo. Le conozco. Hace tiempo que no le veía. Solía acudir a las conferencias republicanas y enfadarse en el turno de preguntas, aportando un punto de vista normalmente algo contradictorio. La última vez que le vi fue en una charla del Ateneo organizada por Ciudadanos por la república. No sé que edad tendrá, parece soltero y tiene el rostro serio.

La camarera Erasmus sirve un café al chico del libro de Ana Karenina.

Vuelvo a las chicas. La que tiene el “problema” busca algo en el bolso. Saca un móvil, sonríe y le enseña la pantalla a la otra. Comienzan a reír. El viejo del pelo largo las mira con semblante extrañado y el gafapasta le observa. Mientras, buscan a la camarera Eramus para pedirle la cuenta. El viejo dirige su mirada a mí y yo vuelvo la vista a la taza.

Sigo dando vueltas al café como la tierra sobre sí o como las vidas sobre las personas, qué más da. Porque la vida no es más que vueltas, no es un camino, sino continuas rotondas. Y no es que el ser humano sea el único animal que tropieza dos veces sobre la misma piedra, sino que es el único que desea que esto suceda, pues más vale piedra conocida en la que tropezar que barranco por el que resbalar. Y basta ya de refranes que nunca fueron mis amigos.

El círculo que dibujaba la cuchara crecía como crece el de nuestra perspectiva cuanto uno quiere, y en ese momento se abría hasta al siglo XIX, cuando en ese lugar a esa hora, un grupo de personas discutían sobre un proyecto, una novela o un “problema”. Mientras, otros les observaban y escribían aquello que veían en un bloc de notas.

Sufrimiento, lucha y traición

Corrió tras ella al término de la clase.

- "Tengo una cosa para vos"
- "¿Si? ¿Y qué es?"
- "Una Poesía"
- "Esto… muchas gracias"

Víctor amaba a Carolina, era un romántico del siglo XIX, enamorado de la poesía y la expresión sentimental. Carolina amaba a Manuel, miembro del colectivo clandestino de tintes marxistas al que pertenecía, y novio de Andrea, su mejor amiga.

Carolina veía a Víctor como un adolescente que, aún sin madurar, seguía enamorándose como sólo es posible hacerlo con esa edad. El pragmatismo de ella chocaba con el irracionalismo de él, era una revolucionaria que luchaba contra la dictadura y prefería la acción rebelde a las palabras indefensas.

- "¿Qué hacei esta tarde?", le preguntó Víctor.
- "Hoy hay asamblea en el colectivo", debatiremos el contenido de unas octavillas que repartiremos la semana que viene en la facultad. ¿Venís?"
- "He de estudiar. Por otro lado, creo que deberías dejar el colectivo, es peligroso"
- "¿Ah sí? mejor me quedo llorándole al vacío como haces tú, sin mover un sólo dedo, mientras los demás luchamos por tu futuro".

Víctor se sintió atacado. Él pertenecía a un club de literatura donde pasaban largas veladas, no debatiendo sobre la redacción de ninguna octavilla, sino comentando el último libro de Cortázar o Vargas Llosa.

- "Siempre fuiste un burgués y en el fondo Pinochet te aporta comodidad"
- "Eso no es cierto. Sólo creo que no hay nada que hacer contra el régimen militar. Ellos tienen las armas"
- "Y nosotros la razón"
- "La razón no gana a sus pistolas", contestó Victor tras breve una pausa.
- "Con gente como tú y los de tu club desde luego que no. Pero hazme caso, nuestra valentía y sueños no caben en vuestras poesías". Pronunciaba esas palabras mientras abría el papel donde la tinta azul de una vieja pluma dibujaba la poesía que Víctor le entregó. "sólo sabes escribir bobadas".
- "Son sentimientos"
- "¿Sentimientos? ¿Quieres ver lo que son sentimientos?" Carolina rompió la poesía y se la tiró a la cara al tiempo que le decía: "Esto es ira, ira hacia los intelectuales burgueses como tú, individualistas que no sabéis más que ahogar su rechazo a Pinochet en neutrales y cómodas reuniones de intelectuales ¡sois unos cobardes!"

Los ojos de Víctor mostraban una mezcla de humillación, rechazo y acusación.

- "Y ahora me voy al colectivo. Saluda de mi parte a los memos del club literario y diles que sigan así, que no se preocupen, mientras tanto nosotros lucharemos por ellos". Se montó en la vieja bicicleta y le dejó plantado sin decir adiós.

Víctor observaba su figura perdiéndose en el horizonte mientras pensaba que tenía razón, que no era más que un cobarde, capaz tan solo de escribir inútiles poesías que le ensimismaban, separándole de la realidad de su país, un país que sufría, como lo hacía él por Carolina o como lo hacía Carolina por Manuel. Su historia, como la de todos, era una historia de traiciones. Carolina traicionaba a su mejor amiga al amar en secreto a su novio. Manuel, junto al resto de compañeros, traicionaba en la clandestinidad al régimen y ahora Víctor descubría el secreto de su propia traición: la asistencia a actos marxistas, no por convicción política, sino en busca de la mirada de Carolina. Y mientras se traicionaban, al mismo tiempo, todos estaban luchando.

Esa noche unos desconocidos entraron en casa Carolina, nunca nadie volvió a saber de ella. Hoy Víctor la recuerda desde su casa de Santiago de Chile, mientras comparte cama con un muerto que goza de buena salud.

La diversidad igualada en el imperio de la “tolerancia”

Cuadernos Rubio 

“¿Qué estás mirando por la ventana? La clase está aquí”. La profesora siempre le hacía la misma pregunta. Cuando no estaba observando a la gente que a diario pasaba a la misma hora por la misma calle, miraba el reloj esperando que las manillas indicaran el final de la clase.

Siempre había que escuchar las órdenes del profesor que con energía les explicaba los nuevos conocimientos. No había lugar para el debate. Se podía preguntar, pero cuando la duda era considerada demasiado enrevesada, ni siquiera se molestaban en contestarla. Detrás de toda mentira comprensible se hallaba una verdad incomprensible que no teníamos por qué saber.

Todos llevábamos los mismos libros, los mismos cuadernos y nos obligaban a escribir igual, tu letra debía tener la misma grafía y te ordenaban ensayarla por medio de unos cuadernillos verdes.

Los exámenes eran los mismos para todos y con ellos separaban a los "válidos" de los “no validos”: eres apto para continuar y si no lo has aprendido deberás hacerlo de nuevo hasta que lo interiorices.

Si hablas en clase, deberás copiar 200 veces “No debo hablar en clase con mis compañeros, porque esa actitud entorpece la impartición de la asignatura tan importante para nuestra formación” (era curioso cómo se contaban minuciosamente las frases como si el profesor se fuera a molestar en descubrir que había 180 en vez de 200).

Con todo aquello, los niños aprendieron la lección. Si alguien no era como el resto, se le marginaba, como aquel niño que era el único en clase de gimnasia rítmica, la niña que quería jugar al fútbol o aquella que hacía demasiadas preguntas y llevaba la contraria a todos.

La sociedad occidental ha ido exterminado el peligro de la diferencia para transformarla en di-versidad, teniendo en cuenta su etimología: "di" es separar y "vertere" verter, es decir: separar los vertidos que se tiran en el mismo contenedor.

De pronto aumenta la sinonimia y disminuye la polisemia, y eso lo aprendemos desde la escuela, y es así como logramos utilizar una obediencia mecánica, porque, ya hemos olvidado las razones que nos empujan a obedecer. Algunos han ido contracorriente pero también otros han intentado adaptarse arrastrados por la presión social.

De momento la inmensa mayoría tiene una vida de patatas: nacen, crecen y mueren en el mismo huerto. El deseo de la estabilidad laboral se plasma en el aumento de personas que quieren acabar como funcionarios obedeciendo a un Estado, sea cual sea su Gobierno, del mismo modo que lo hicieron cientos de funcionarios alemanes que de 1933 a 1945 siguieron con su trabajo de forma normal. Pero no sólo los  funcionarios, sino toda aquella gente que marginó a aquellos que se señalaban como diferentes por el Estado, como hace la escuela cuando señala al diferente escondiendo su actitud bajo un manto de palabras de igualdad y tolerancia.

Te preparan para una economía de mercado en la que tendrás que competir, sacar mejores notas que tu compañero de trabajo para así ascender en tu puesto o serás castigado, despedido.

Decía Ciorán que la docilidad convierte a los hombres en "aspirantes a la dignidad de monstruos".

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