El depósito de libros mudos II

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Esa mañana el sol derretía las hojas de los árboles y el rocío caía sobre los finos charcos que yacían en el suelo, formando un espejo en el que nuestro protagonista podía advertir su ya cansado rostro.

Aquel día el viento parecía haber migrado a otro lugar, del mismo modo que lo hacía nuestro amigo en este viaje sin destino que la vida le ofrecía en bandeja de bronce, como ese desayuno que nunca esperamos recibir en la cama al despertar, pero te llena el estómago tan solo de imaginar.

El escritor, como solía ser habitual en él, hoy tampoco había desayunado. Paseaba con su libro bajo el brazo, buscando uno de aquellos árboles bajo a los que a uno le dan ganas de leer o escribir, e intentó comenzar la lectura no sin antes observar ese inmenso cielo por el que sobrevolaban mil y un pájaros.

“Se ha escrito mucho sobre el cielo”, pensó. “Para unos el Paraíso, para otros puerta de salida del planeta. Para mí, la ceguera”. Esos espectáculos que la naturaleza ofrecía gratuitamente le robaban la visión de la misma manera que lo hacían las hojas que ahora intentaba leer en vano.

Al abrir el libro notó que el ave deshilachada que estaba bordada en el lomo había desaparecido. Miró al cielo e imaginó que habría volado con los demás pájaros como también lo habrían hecho las letras. Estupideces que se le ocurren a uno cuando no ha tenido una noche tranquila, pensó. Le costaba conciliar el sueño y durante el día sus párpados se desplomaban para desplazarle hacia un sueño que parecía casi real.

Comenzó la lectura y, tras varios minutos paralizado ante las páginas en blanco, se preguntó qué demonios hacía allí ¿qué hacía sosteniendo ese libro entre sus manos? Estaré perdiendo vista, o quizás nunca la tuve, se preguntaba. El viejo escritor, por primera vez en mucho tiempo se dedicaba unos minutos, esta vez no leía a otros ni escribía para otros, ahora él era el protagonista de una historia que se le presentaba ajena y narrada en la lejanía por un novelista amateur.

Escritor oficial y aprendiz de su propia vida, en eso se había convertido. No sabe como ni por qué pero en este instante medita sobre algo en lo que nunca ha reparado. Acaba de caer en la trampa tendida por aquellos silenciosos libros, que con la blancura de sus páginas pintan su anciana mente de vagos pensamientos hasta ahora enterrados bajo una losa de robustas letras.

Pronto concluyó que aquello no era un libro, era el diario que nunca se dedicó.

El depósito de libros mudos (Primera parte)

libros mudos

Tenía un trozo de papel en su mano derecha y su cuerpo giraba a la izquierda en dirección a la única biblioteca con la que contaba la ciudad. Algunos decían que era un viajero fanfarrón, otros lo llamaban coleccionista de impresiones, pero él solía referirse a sí mismo como “un viejo escritor de costumbres”.

Hoy llegaba a aquella extraña ciudad en busca de algo qué leer, algo en qué basar sus más ansiados escritos, esos que luego teñiría de mil anotaciones con el fin de adornar su creación maestra.

Al entrar en la biblioteca avistó tres grandes estanterías y pronto comenzó a pasear su mirada por la que estaba en el centro, que también era la más grande del habitáculo. “Los libros parecen ser aún más antiguos que el propio lugar en cual descansan”, pensaba mientras paseaba por un lúgubre pasillo de suelo rallado y ambiente polvoriento.

Dio un par de vueltas más hasta tomar entre sus manos uno de aquellos ejemplares. Lo hizo al azar pues no veía en el lomo ninguna inscripción que le aportara pista alguna sobre su contenido, de modo que al abrirlo comenzó a balancear páginas de un lado a otro. Nada había escrito, sólo hojas en blanco. “Qué raro”, pensó. Tomó otro y otro, hasta veinte ejemplares cayeron en sus arrugadas manos mientras la misma escena se presentaba ante sus ojos: páginas en blanco de libros sin autor, sin título ni editor, sin nada perceptible a la vista.

En ese instante echó una mirada a su alrededor, los usuarios de aquella biblioteca, que él mismo acababa de bautizar como “el depósito libros mudos”, iban recogiendo sus libros sin dilación. Algunos escogían los del estante superior, otros necesitaban flexionar sus rodillas para alcanzar los de la parte baja, mientras él observaba a toda aquella gente con una mezcla de admiración y desconfianza.

Sin pensarlo, el escritor, que se llamaba a sí mismo de este modo para que pudieran situarle en la homenajeada comunidad de fabricantes de letras, preguntó al bibliotecario qué demonios estaba pasando, por qué la gente tomaba prestados esos libros vacíos, qué clase de locura era aquella.

“Así que vacíos… ¿de verdad que no puede ver nada?”. El afamado escritor, indignado por la insolencia y menosprecio con el que el responsable de la biblioteca le había tratado, sintió tocado su orgullo de intelectual y se giró con semblante irritado hacia la puerta de salida.

“¡Llévese uno, en 15 días le dará tiempo a leerlo!”. El escritor se dio media vuelta y tras pensar durante un minuto (que para él fue corto pero que el bibliotecario interpretó como un fuerte signo de indecisión) se dirigió de nuevo a la estantería central. Escogió un libro que tenía la cubierta de un color azul cielo, no tendría más de 50 páginas y en cuyo lomo había bordado un pájaro ya deshilachado.

“Me llevo este”
“Una gran elección, sí señor. Le gustará. Que tenga un buen día”.
“Sí… ya le contaré… buenos días”

Al dirigirse a la puerta de salida se cruzó con una niña que llevaba apretado contra el pecho otro de aquellos libros en blanco. El escritor la miró con recelo y salió de aquel lugar pensando que algún tipo de extraña locura se había apoderado de los habitantes de aquella ciudad.

No le hables del mar

Ahí está sentado el marinero en la cubierta de su barco, observando las olas romper contra la proa, escuchando gaviotas volar en la lejanía e inhalando el aroma salado que le regala el ambiente, siempre ajeno a todo lo que en la tierra acontece.

Amaba el mar por su exclusiva localización entre el cielo y la tierra, era su especie de purgatorio personal donde soñaba despierto que estaba solo y que no necesitaba más que ese trozo de acero que le hacía flotar en el agua. Por encima de las nubes quedaba el paraíso soñado donde él no iría nunca pues desde que el ozono se hizo añicos hasta los mismos ángeles ardían, convirtiéndose el cielo en el peor de los infiernos, aquel lugar que se encuentra en los bajos fondos del sótano terrenal y del cual nuestro amigo se protegía con las olas.

Al caer la tarde el marinero asaba algunas sardinas que él mismo había pescado en la mañana y ya en la sobremesa se sentaba de nuevo en la cubierta para observar las estrellas estampadas en el negro telón que acaba de caer a sus pies. A veces se preguntaba si era la vida un cuento que otros narraban o si era él mismo quién la escribía. No sabía nada sobre filosofía, pero durante esas largas noches en la soledad de su barco, sólo frente al silencio del mundo, solía sentirse naufrago de sí mismo y salvavidas de su destino. En las noches de tormenta, cuando el agua del cielo se mezclaba con la del mar, solía temblar. No tenía miedo a la muerte, ni siquiera a ser olvidado, sólo temía que su desaparición pasara desapercibida para el resto de la humanidad.

Más tarde, cuando se cansaba de mirar al firmamento y de contar estrellas en la oscuridad del alta mar, era cuando solía encerrarse en su pequeño camarote. Poca cosa había en él aparte de una cochambrosa cama, una mesa con su silla y una papelera llena de cartas que nunca terminaba.

Había tenido tantas amantes que le era imposible recordar el nombre de todas, así que un día decidió escribir una carta a cada una de ellas pidiéndoles disculpas por el terrible olvido. Como sabía que las cartas no las podría enviar nunca, las iba guardando inacabadas en una papelera que nunca vaciaba para así dejar constancia de su intento por ser educado con la memoria. Hoy comienza con otra de ellas.

Es tarde y nuestro pequeño marinero echa el cierre de sus ojos. Antes de empezar con su primer sueño vuelve a repetirse una vez más lo que ya todos sabemos, que el camino es inacabable y la vida demasiado corta para hacerlo a pie. Por eso eligió el barco, que sin prisa le ayuda a navegar por la inmensidad de este mundo que él aún no conoce.

Ni siquiera sabía nadar, pero era consciente de que nunca se hundiría en las profundidades marinas porque tarde o temprano lograría salir a flote. No esperaba nunca que nadie le rescatara, pues tan sólo se tenía a sí mismo y sabía que si algún día aprendía a conducir su barco, dejaría de navegar a la deriva y llegaría por fin a ser capitán de su propia embarcación.

Un cuento para el destino

Abrió el libro y el viento descolocó las páginas con la misma velocidad con la que los pensamientos confunden a las personas. Comenzó la lectura…

Deambulaba perdida y sola por un camino de amapolas que se marchitaban a cada paso que daba. El rumbo no lo fijaba ella, se lo daban hecho. Y es que todo es igual en la ciudad de la ignorancia, un lugar en el que la inteligencia es destronada en favor de los más ‘listos’, donde es tarea primordial el aspirar más y más basura hasta llegar a las más altas cumbres, donde la asfixia se hace evidente al desgarrarnos la respiración asistida que hasta ahora nos mantenía con vida.

Por ese camino saturado de causas y azares paseaban siempre los mismos: vengadores sin razón que pretenden colgar medallas en sus vacías solapas, buscadores de objetivos sin meta que hacen trampas al destino o luchadores sin causa que buscan un traje que lucir el día de su boda con la decepción.

Y nunca, nunca más podrán dormir, porque en la aldea de los sin nombre el ruido se mece en una cuna nocturna al compás de la miseria moral y las amapolas hace tiempo que dejaron de crecer. La brisa sólo empuja piedras contra piedras en un pueblo que un día fue pueblo.

Entonces apagó la vela y cerró aquel libro sin terminar, que sin ser viejo tenía polvo, y cuya tinta aún manchaba las páginas que aún faltaban por escribir.

Peor para el Sol

sol

Amanece.

El rimel se desliza por las mejillas de una mujer que fuma en un bar. Mientras, un hombre la observa desde la barra. Tres niños se zambullen en un lago de los Alpes. Un profesor de matemáticas corrige con bolígrafo rojo una ecuación infantil. Las manos de dos personas se unen bajo la mesa de un restaurante. Un anciano besa la frente de su mujer. Un perro abandonado mira la escena. Alguien besa el aire, otro lo abraza.

Atardece.

Dos amantes se despiden en una estación de tren mientras la nieve impregna sus abrigos en una gélida tarde de invierno. Un niño le pregunta a su padre por qué lloran. La sombra de la tarde camina cansada de vuelta a casa. Un hombre le grita a su mujer mientras ésta derrama en el suelo sus últimas lágrimas. Una adolescente acude al encuentro de su nuevo amor en una calurosa tarde de primavera. Un grupo de gente llora alrededor de una caja de madera que se introduce en un profundo hoyo. Un padre convence a su hija de que no será capaz. En la lejanía se escucha una canción que no termina de entenderse, alguien intenta afinar su oído y apuntar la letra.

Anochece.

Una persona cualquiera observa con mirada ausente una foto. Suena un móvil que nadie cogerá. Cuatro amigos caminan al bar de siempre, mientras en un piso ella comparte con las ventanas su soledad. Un mendigo recoge de un contenedor las partituras de una melodía sin clave ni compás. Alguien sueña con trenes que no llegan a su destino. Otros hace tiempo que dejaron de soñar.

Cae la noche.. y todos ellos duermen.

La idea (2ª parte)

Comenzaba aquí

Digamos que la extroversión no era uno de sus grandes dotes. El protagonista de este retazo de historia, de edad indefinida y de aburrida vida, no tenía apenas vida social. Callado, serio, gris y en ocasiones infantil, vivía resignándose a la resignación, adorando la pasividad con la que su vida transcurría a través de un camino recto, sin atajos ni vías secundarias, a fin de cuentas, su vida no era camino, era vía de tren.

El muchacho pertenecía a ese tipo de gente con la que te cruzas alguna vez en la vida y de los que no te queda ningún recuerdo. Era de esos que no se comprometen a nada, y si alguna vez lo hizo, no quisiéramos nosotros saber el paradero de sus intenciones. Era un mendigo de la esperanza, un solitario que era huérfano de alma siendo mártir de la miseria más profunda, aquella que llevamos dentro. Un esclavo que no está preso y un muerto que aún respiraba no podía ampararse en nada que no fuera la soledad, seguramente lo único que le queda a alguien que ha besado los labios de la desesperación mientras abrazaba arrodillado la cintura de la muerte.

Sin embargo, no nos olvidemos de que ahora tenía su idea.

Un sábado como cualquier otro sonó el telefono. Alguien que no se puede llamar amigo pero sí conocido le estaba invitando a salir de copas. Pero, seamos claros, a nuestro protagonista nunca le gustaron las reuniones sociales al son de la música, nunca bailó pues no tenía ningún motivo que le impulsara a ello y tampoco era de su agrado el tener que elevar la voz por encima del sonido de los altavoces. “No, lo… lo siento, hoy no puedo”.

Colgó, se sentó en el viejo sillón y siguió pensando en ella…

“Puede que aquel que inventara el fuego, muriera entre las llamas, puede ese otro que hizo girar la primera rueda muriera atropellado y es posible, incluso, que aquel que inventó la palabra se quedara mudo, como Bethoveen se quedó sordo o como Freud perdió el juicio”.

“Todo nuevo pensamiento ha sido siempre rechazado y toda idea diferente, lapidada” pensó nuestro protagonista. Porque claro “¿Cómo creer en algo que nunca has visto?”

No supo responder.

La idea

exceso de información

Escuchen bien lo que voy a contarles. Esta no es una historia de pasión, ni dolor, ni siquiera de venganza. Es un retazo del pasado vestido de futuro, una lágrima que nunca llegó a caer y que se quedó enredada en el regazo de una hiena que mató a sus hijos para poder vivir, que comió sus entrañas para seguir caminando por la sabana, orgullosa ella, de haber salido adelante. Empecemos…

Cada día compraba el periódico, lo revisaba de final a principio, eludiendo las páginas de los deportes y centrándose en aquellas que desgranaban la economía y sus misterios. No había noticias nuevas, ningún dato alentador que indicara la salida de la crisis, ninguno que le diera la esperanza de encontrar un nuevo empleo.

Remodelación de Gobiernos, expedientes de regulación y quién sabe qué otras barbaridades… Luego estaba la Iglesia, luchando impetuosa contra el aborto y por la vida, mientras en sendas procesiones ríos de sangre caían por las espaldas de sus feligreses. Decían que los curas se bajarían el sueldo para luchar contra el paro… días después un terremoto sacudía la tierra cerca del Vaticano.

Su vida en esencia no distaba mucho de la del resto de la población: comía, trabajaba, dormía cuando podía… a veces también se entretenía jugando al mus con sus viejos amigos.

Un buen día nuestro amigo, cansado ya de leer, escuchar e incluso hablar, tuvo una idea. No era digna de un genio, ni de un erudito pensador, para qué engañarnos, pero era suya. Hacía tiempo que las ideas propias se habían extinguido, todas habían pertenecido a otros en el pasado, todo estaba ya inventado, y si no era así, la mayoría se basaba en algo ya creado. Parece que ahora nadie pensaba por sí mismo, por miedo quizás a considerar estupidez algo que carecía de base verificable.

Y así fue como el protagonista del relato, orgulloso de su logro, escondió su idea en una vieja caja de cartón Allí la encerró pues no tenía una de metal y tampoco disponía de mucho tiempo. Era menester el impedir que otro se la robara e hiciera suyo aquello que le pertenecía. Y mientras la escondía, en su cabeza retumbaba una y otra vez el terrible pensamiento de que quizás esa idea ya tuviera dueño. Y así, como aquel que esconde algo que no es suyo, cerró la caja y escribió en mayúsculas: “MÍA”.

Tras el puente continuaré con la historia de este modesto hombre y su reciente descubrimiento.

La planta envenenada

Al final del camino de las ilusiones se encuentra el pantanoso terreno de la decepción. Esta nos lleva y nos empuja allí donde la esperanza no es más que un torniquete que intenta contener a duras penas el desangrado de un mundo roto.

El derramamiento de lágrimas ha ahogado en un mar de escepticismo a millones de personas que nadaron por llegar a alguna orilla en la cual descansar, dejando tras de sí la búsqueda de una salvación que nunca existió.

“No quiero que me escuches cuando te miento, tapa tus oídos y sigue durmiendo”, se dice alguien a sí mismo. Pero se despierta a medianoche pues las pesadillas no le dejan pegar ojo y las mentiras que se cuenta a diario no le permiten escuchar nada. Pronto se quedará sordo. Sueña cada día que conduce con torpeza por una carretera sin señalizar, sueña que algún día conduzce su propia vida.

“Miren, creo que no lo merezco”. ¿Quién lo dice? ¿Quién juzga lo que tú mereces o no? ¿Qué te hace pensar que es un premio o un castigo aquello que tienes? La vida no es una proeza o un calvario, no tenemos por qué colgarnos medallas o colgarnos de una cuerda hasta dejar de respirar. No es eso correcto y en verdad nada lo es. Sólo conocemos aquello que no es acertado y con eso debería bastarnos.

Cuando era pequeña no preguntaba de dónde venían los niños, sino adónde se dirigían. Mi abuela siempre me respondía con el mismo refrán: “sabemos de dónde venimos, pero no adónde vamos”. Yo le contestaba que no era cierto, qué ni siquiera sabíamos cómo se creó el mundo. Y esa incógnita fue uno de los grandes dilemas de mi infancia.

El miedo más profundo del ser humano se resume en un ‘no conocer’ y eso puede ocurrir cuando imaginamos un desconocido futuro. Si una ciudad es bombardeada, sus habitantes temen a una muerte próxima; cuando alguien abandona una forma vida, le teme a una nueva rutina; si el tren que cada mañana tomamos no aparece, imaginamos que algo raro sucede. Es el pensamiento contraído de un querer y no poder, es la semilla maldita de una planta envenenada, es el único calor que nos puede dar la soledad y que solo desaparece al borrar los esquemas que dominan nuestra vida.

Pensamientos

Alguien se balancea en una vieja mecedora mientras mira cada día el atardecer por su ventana. Observa pero no ve, piensa pero no entiende, cree pero no conoce. Muere un día más y el cuarto vuelve a vestirse de silencio, ese que ella no oye, quizás porque la mudez del ambiente tampoco se oiga y tan solo se perciba.

Las notas de piano comienzan a sonar de nuevo, emiten una melodía que a nuestra amiga le es familiar. Sus ojos ya no miran por la ventana, ahora busca el origen del sonido pero no lo encuentra, a pesar de que lleva años indagando la fuente desde la que fluyen esas notas que cada día la visitan y que ella nunca sabría tocar.

Aquellas notas musicales entorpecen sus tardes porque no le dejan escuchar el silencio que se esconde tras el sonido, aquel que está eternamente y que nunca desaparece, aquel que se entierra y se deja eclipsar tan fácilmente por lo acústico. Y sabe que sin silencio nunca podrá ver más allá de su ventana, porque ese sonido está empañando sus cristales.

Y cada tarde vienen a por ella, la amordazan, echan gasolina sobre sus recuerdos para posteriormente hacerlos desaparecer, dejando en su lugar aquellos que ellas consideran que merecen seguir ahí, esos que se salvaron de la caza de brujas blindados contra cualquier persecución desalmada, porque ellas son más rápidas y nuestra amiga, por su parte, sigue balanceándose en su vieja mecedora. 

Que vuelvan al mar

Palestina

Soñó que las sirenas surcaban el mar rompiendo sus calmadas aguas. Nadaban y se sumergían, salían a la superficie y se zambullían de nuevo. Pero las olas comenzaron a romper con más fuerza contra las rocas del acantilado. Las sirenas seguían nadando, moviendo de un lado a otro sus aletas, mientras la marea las arrastraba indefensas hasta la orilla. Allí, presas del pánico, intentaron volver al mar con todas sus fuerzas, pero había un muro, un bloque de cemento inmenso que les impedía volver a su vida, al mar.

Garabatos infantiles dibujan tanques en las paredes. El conflicto se había recrudecido y los toques de queda dejaron de ser una lotería para convertirse en el pan de cada día. Sonaban cada vez más temprano y ya apenas esperaban a la caída del Sol. Al sonar las primeras alarmas, los niños solían jugar a quién lograba llegar primero a la gran casa derrumbada, una de las más grandes de Gaza hasta que dejó de estar en pie. Otros por su parte preferían hacer apuestas sobre si ese día la escucharían o sobre cuantos caerían esta vez.

Y mientras apuestas y juegos de niños inundaban Gaza, lejos de allí, al otro lado del control policial israelí, se encuentra un joven licenciado en Biología que trabaja recogiendo la basura que los israelíes desechan en Jerusalén. El joven comparte casa con sus cinco hermanos, todos más pequeños que él y todos le acompañaban cada día al basurero de Hebrón.

En Belén Dunia camina hacia una montaña tras la cual el Sol enciende ya las primeras luces de su propio funeral, esperando que pronto las estrellas bombardeen el cielo. Allí el centro del universo se derrumba ante los pies de la cuidad donde en más de una ocasión Dunia vio caer algo más, algo que ahora se hunde a pocos kilómetros de allí.

Un dios cuyo hijo nació en su ciudad creó el absurdo milagro de la vida para que ellos mismos se la quitaran, bombardearan sus corazones y regaran con sangre los cultivos del otro holocausto. Y cada día exhalan el olor que desprende la carne rota, al tiempo que sienten los vaivenes de un tren que les lleva directos al ocaso.

Y mientras, Dunia recuerda las sirenas de su sueño, las que no podían volver al mar. Esas sirenas vivían ahogadas como lo hace su pueblo, cercadas por un muro que les impedía volver al mar, ese lugar que era su hogar y que le arrebataron. Sin embargo, al despertar descubre que las únicas sirenas vivas que habitan Palestina son las de la guerra y que el mar está muerto y cada día más lejos.

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