El árbol de la vida

en las ramas

Caminando la anterior noche sentí la brisa arrastrar mi cuerpo, de modo que comencé a andar con mayor empeño. Pisé más fuerte y sentí el suelo, miré los árboles que adornan cada acera de la avenida y vi que ellos lo atravesaban. Sus ramas, aquel lugar donde dicen que me pierdo, se agitaban como lo hacía una bandera blanca que anuncia la rendición. Y es que su batalla estaba perdida desde el principio de la contienda, pues viven en la agonía de una eterna pisada que no logran levantar jamás. Es como si te quedaras atrapado en arenas movedizas mientras el aire te acaricia la cara y ondea tu pelo.

Seguí andando y observé gente pasar. Parecían borrachos, estaban nerviosos y se gritaban. Volví a dirigir la vista a los árboles. Continuaban callados, moviéndose sin salirse de su perpetua postura, de su eterna fotografía. Mientras, en el interior la savia corría constante por sus venas, del tallo a las hojas, esas que cada otoño se suicidan.

Resulta de sobra conocido que no nos entendemos, que todos hablamos un idioma propio y que nadie ve lo mismo cuando miramos algo. Dicen que los daltónicos apenas distinguen el rojo del verde ¿Cómo explicarles ese color? Estoy segura de que nadie ve el mismo rojo cuando observa la sangre derramada en las guerras. Puede parecerse, pero nunca ser igual. Con la savia de las plantas ocurre lo mismo.

La primera vez que me di cuenta de la distorsión del entendimiento entre humanos fue cuando tenía seis años. Una compañera se balanceaba en el columpio del patio y yo, que por esos tiempos sufría insomnio, le decía: “¿Sabes? Anoche descubrí que todos vamos a morir, que nadie se va a salvar”. Mi amiga se sacó la pirueta de la boca y me respondió “¿Y qué?”. Entonces siguió columpiándose.

Años atrás, cuando aún no había cumplido los cuatro otoños, caminaba siempre mirando al suelo. Sabía que las hormigas pasaban por él y daba cuidadosos pasos para no asesinar a ninguna. Mi abuela decía que no me molestara, que seguro que ya había matado unas cuantas sin darme cuenta. Una noche soñé que las hormigas me atacaban, que subían por mis piernas para comerme. Al día siguiente, utilizando como única arma mis zapatos, cometí el mayor genocidio animal de mi vida.

Algunos compañeros del colegio contaban en el patio que había un hombre que secuestraba niños, los metía en un saco y no volvían jamás. Yo me preguntaba qué beneficio obtenían, no tenía sentido. “Si alguna vez me secuestran, convenceré a mi secuestrador para que me libere. Seguro que si lo piensa fríamente me suelta”. Los demás reían.

Y así, recordando mis raíces, me reía de todo aquello en una noche donde el aire gélido refrescaba la memoria. Mientras, los árboles seguían allí, en el mismo lugar de siempre, tan solo acompañados fugazmente por la gente que por allí cruzaba, aquellos a los que ayuda a respirar y que pasean, algunos rápido y otros sin prisa, por ese camino repleto de ramificaciones al que llaman vida.

Dedicado…

A las farolas contra las que choco mientras veo olas de mar y arena de playa, a las calles sin nombre por las que deambulo perdida en las frías tardes de invierno, a las citas a las que siempre llego tarde, a las chaquetas que olvido en los bancos del parque cuando el sol empieza a quemar, a los movimientos afirmativos cuando te hablan de algo que no te interesa, a las reuniones nocturnas de las que huyo, a los trenes que pierdo a diario, a los cierres de puertas, a los despertadores que escuchamos los lunes por la mañana, a todo lo que nunca escuchamos.

A los novios que abandoné por no ser perfectos para mi imperfección, a las noches en blanco, a los naufragios de barco, a los caminos serpenteantes, a las montañas rusas de mis sueños, a las explicaciones que nunca escuché, a la desgana.

Al patio del colegio que me vio crecer, a los cursos que no terminé, a los diplomas que olvidé recoger, a las personas con las que me crucé, a aquellos que salieron de mi vida sin hacer ruido, a los que encontré por casualidad y la dejaron patas arriba, al profesor de piano que nunca tuve, a la observación de los demás que me ayudó a no observarme, a los pensamientos que te aíslan de una realidad que rechazas, a los párpados cerrándose en aburridas noches de fin de semana, a los sueños sin cumplir que almaceno en el olvido, al olvido.

A los tropiezos, a las meteduras de pata, a los palos de ciego, a la palabra pronunciada en el momento equivocado, a la contestación sin sentido, a la pregunta sin respuesta, a los chistes malos que nos hacen reír, a los mapas que no entiendo, a las decisiones indecisas, al mal de amores que nos hace tanto bien, a los “lo siento” que no sentimos, a los que sentimos y no decimos.

A ellos les dedico el libro que escribiré con tinta transparente, el papel invisible que interpretaré en la falsa película de la vida, el vals que rechazaré en el eterno baile de los zombis y la medalla de oro que lograré en el concurso de aquellos que nunca participan en competiciones ni juegos.

[Escrito en Madrid en una tarde de domingo. Consecuencia del jet lag, el cambio de equinoccio y tras una noche de polipoesía].

Una vida de película

Revolviendo en el almacén de recuerdos encontré uno triste, otro gracioso, uno angustioso, alguno dulce y otro insulso. Los que estaban intactos flotaban en el mar de los rotos y los recuperados en blanco y negro se superponían a los de color. Escogí uno al azar y lo dejé en el supermercado de pensamientos presentes, allí donde la mayoría se consumen después de caducar.

Ha pasado ya mucho tiempo de aquello, pero ¿como explicar que lo vea como si de una película se tratara? En realidad la vida es como un largometraje del que eres el director, el problema es que en la mayoría de casos elegimos un guión equivocado y en otros tantos la vivimos como mero espectador.

Unos escogen el drama, otros la ciencia ficción y los más arriesgados las aventuras. Yo, que soy cobarde, me quedé con la tragicomedia.

Para ver la visión que tenemos de esta película no debemos olvidar la importancia de las técnicas de grabación. Los egocéntricos prefieren el auto primer plano, los tímidos el desenfoque, los extrovertidos la panorámica, las personas de baja autoestima el contrapicado y los que son como yo suelen recurrir al flash back.

Un punto clave del rodaje es que los actores tengan claro cuál es su papel, pues si no lo interpretan correctamente pueden acabar desencadenando un final inesperado. Pero eso pasa solo con los ‘protas’, sin embargo, la mayoría solo llegan a la calidad de extras y de este modo siguen apareciendo al fondo de la escena sin cobrar el menor protagonismo. Muchos ni siquiera volvieron a salir porque perdieron sus papeles al descubrir que su vida había quedado en un olvidado segundo plano.

Pero a pesar de las luchas entre actores, guiones que se olvidan o no salen, repeticiones de tomas y problemas de iluminación, nunca debemos dejar que nos intenten traducir con subtitulos o doblajes, porque será ahí cuando nadie habrá entendido nada de la película, ni siquiera nosotros mismos.

Y puede que cuando nuestra opera prima abandone la taquilla del presente, podamos dar vueltas al disco de la memoria para poder disfrutarla en la sesión del futuro.

Woody Allen, después de años de neurosis, pastillas y psicoanalistas, logró dirigir y actuar en su propia película. Aquí una escena representativa de uno de sus muchos trabajos:


“Tenía un médico para cada parte de su cuerpo. Cuando salía alguna de sus películas, organizaba proyecciones para sus doctores y sus esposas. Se llamaba la “Proyección de los Médicos” y el salón siempre estaba lleno. Tenía su propio termómetro en mi apartamento. En su bolsillo mantenía una caja de plata para guardar las pastillas necesarias para cualquier enfermedad imaginable”, decía Mia Farrow.

¿Adónde van los globos que se nos escapan?


Un globo es como una vida que se escapa de nuestras manos. Surca el cielo dejándose transportar por el viento y los golpes que recibe, realizando un recorrido sin retorno que lucha contra el descenso, sorteando adversidades o saliendo airoso de ciertas situaciones para terminar en el mismo lugar que el resto, donde ya no es posible volar más…

Pero también es como nuestra mente, que se hincha con la misma facilidad que se desinfla, unas veces dejándose llevar de un lugar a otro con el simple impulso de una tímida brisa, mientras otras se mantiene estancada a pesar de soportar terribles ciclones o verdaderas tormentas monzónicas.

Sin embargo, solo cuando la mente haya escalado hasta las más altas e inexploradas cumbres, aquel lugar donde ya no es posible elevarse más y cúspide de todo pensamiento mundano, será allí cuando observe el planeta desde la cima, desde donde no somos más que hormigas en movimiento y donde todo problema se aleja de nosotros tornándose en vulgar nimiedad.

Y ese, solo ese, es el camino que lleva hacia nuestra propia libertad.

A propósito de África y las ONGs

Me levanto, reviso la prensa y me encuentro con esta noticia El centenar de jóvenes que participa en Madrid Rumbo al Sur afronta sus últimos días de viaje. Hasta ahí no deja de ser una noticia más sobre labor de ayuda humanitaria de las muchas que existen. Un grupo de jóvenes, de entre 16 y 17 años, viaja a Senegal y Malí en tareas de cooperación internacional, bien. Y tras leer la noticia me topo con los siguientes comentarios:

Manda webos; con el dinero de todos mandar a cuatro niñatos de juerga a Senegal. Quien quiera hacer ecoturismo que se lo pague de su bolsillo (firmado por un tal “harto de caras duras”)

Una razón por la que se quejan es “Madrugones a las 5 de la mañana”. Con esta juventud, ¿qué esperáis de la sociedad, españolazos?

Típicos warros hijos de papa

Han estado haciendo lo mismo: beber cerveza.

Esos chavales han enfermado y estoy segura de que no lo han pasado bien. Mientras, los que comentan, han disfrutado de un verano chamuscándose al sol de las costas mediterráneas, las mismas a las que llegan subsaharianos en un clandestino trozo de madera.

Y es cierto que estos chicos tampoco son héroes ni mucho menos, que han ido con una organización, que habrán tenido más recursos que los senegaleses, que tomarían profilaxis contra la malaria y que, si algo grave les sucediera, les enviarían un vuelo charter directo a España. De eso no hay duda. Aunque estés en una ONG, no dejas de ser europeo.

Siempre he tenido mis dudas hacia algunas organizaciones de este tipo, muchas de ellas convertidas en auténticas empresas privadas que buscan beneficios y se nutren de voluntarios con buenas intenciones. Y ese es un papel que debería pertenecer al Estado. Es como si aprobáramos que la Educación o la Salud debieran privatizarse. Muchas no luchan por llegar a conseguir que estos países recuperen la autosuficiencia que Europa les robó, sino que se convierten en parches de una lenta agonía. Sin embargo, hay otras autogestionadas que se basan en la transmisión de un espíritu crítico hacia la población para que conozcan el motivo de su desgracia actual.

También está el daño de las misiones religiosas que, a la vez que ayudan, crean una auténtica epidemia por su rechazo a la utilización de anticonceptivos, transmitiendo así una educación que, además de sumisa, se basa en la propagación del Sida y otras enfermedades.

Y es que África, ese continente sumido en guerras internas, genocidios entre su propia población y dependiente de la ayuda de ONGs, se consume. Mientras tanto, en un despacho empresarial de la vieja Europa un directivo hace números y prepara las armas que les venderá para que se maten, para que dejen de molestar y aquí podamos tomar el el mismo sol que a ellos les abrasa y bañarnos en las mismas costas donde ellos pierden la vida.

Días de indefensión

Disfrutando de estas grandiosas semanas de dolores y fiebres, de bajas laborales y recaídas, me disponía a escribir sobre algo que no sabía, un cuento, un chiste, un poema… pero no, no quería hacer nada de eso. Tampoco deseaba hablar de bloqueos mentales y bajosubidas de defensas, porque no está bien visto. Es como cuando te preguntan cómo estás. Puedes responder con el automático “bien” y la conversación continuará como si tal cosa, pero… ¿Qué pasa si recurres al más arriesgado “bueno…”? entonces, amigo, estás un aprieto: “¿pero y eso?” Pues mira las cosas no siempre van bien, hace semanas que tomo antibióticos y para qué mentir, no son nada agradables para el estómago. “Vaya, recupérate, se te ve muy delgada”. Gracias, la operación bikini del comienzo del verano, ya sabes ¡buen fin de semana!

Pero luego viene cuando te lían… “¿No te tomas una caña?” pues… quizás debería…

El escenario, siempre el mismo: vaso en mano la gente charla sobre lo que hará el fin de semana. “¿Y tú que haces, Silvia?” Pues si mejoro iré a ver algún monólogo del club de la comedia, tomaré un té caliente en Lavapiés, también quería ver Los girasoles ciegos… “Ajá, gran plan. ¡Una caña, por favor! ¿tú no quieres nada?” Sí, un zumo de tomate, perdón, de naranja (siempre dos cosas, la segunda corrige a la primera).

“Se te ve muy delgada” Sí, lo sé, qué le vamos a hacer, la semana pasada empecé a comer carne, espero que eso me ayude. En fin, se hace tarde, nos vemos.

El baile de Trinidad

No suelo soñar mucho (es decir, mis sueños no suelen ser dignos de recuerdo). Sin embargo, cuando tengo fiebre las pesadillas forman parte de mi pan de cada noche. Y he aquí una:

Caminaba por el pueblo extremeño donde veraneaba en mi infancia. Las calles estaban vacías y el Sol, como siempre, abofeteaba con fuerza. De pronto escuché una música. Era normal que en la casa de la juventud organizaran fiestas, así que pensé que sería una de ellas. Quería averiguar de dónde venía el sonido, que parecía de violines. Estaba segura de que era un acto organizado, pero la casa de la juventud estaba cerrada y la música no era muy moderna, sino clásica.

Continué caminando. Estaba atardeciendo, pronto se haría de noche y seguía sin ver a nadie. Sin embargo, la música cada vez sonaba más de cerca. De pronto pude ver una puerta entreabierta donde se podía vislumbrar a personas en movimiento. Entré. Efectivamente era una fiesta. Había mucha gente bailando, vestían de gala y la música que sonaba parecía el movimiento allegro del Invierno de Vivaldi. Me invitaban a bailar pero yo me negaba. Lo que deseaba era salir de allí. Hacía frío y la gente no hablaba, sólo se movían al ritmo de los violines. En la puerta había un hombre que impedía el paso.

Como no quería bailar intenté buscar a alguien que estuviera sentado para al menos pasar el rato. Entre el tumulto consegui ver sentada a una chica joven, muy delgada y de semblante serio. Me senté a su lado y le pregunté si a ella tampoco le gustaba bailar.

“Me encanta bailar”
“Yo lo odio”, le dije. Y se me ocurrió preguntarle “¿Si te gusta, por qué no sales a la pista?”
Sin cambiar su triste expresión dijo: “Cuando me operen”.

Entonces me contó que no podía andar, que cuando era pequeña tuvo una enfermedad tras la cual sus piernas empezaron a fallar. La historia me resultaba tan familiar que me asusté. Le pregunté su nombre mientras deseaba que no fuera el mismo que yo estaba pensando. Pero lo dijo: “Trinidad” .

Volví a mirar a los que bailaban: tenían ojeras, estaban cansados pero seguían bailando con la hipócrita sonrisa de aquel que la utiliza a modo de antifaz. Pero este no era un baile de máscaras veneciano, era un baile de muertos. Salí corriendo pero el hombre de la puerta me agarró. Me desperté.

La mejor juventud

Fue una de las películas que más me marcaron. Aunque no mucha gente la ha visto, siempre la recomiendo. Pero pocos me han hecho caso debido quizás a las seis horas de duración de la cinta. A mí se me hicieron cortas, es más, fui a verla una segunda vez a la Filmoteca.

Para contar en pocas palabras la película, narra la vida de dos hermanos, Matteo y Nicolla, desde que acaban la facultad en los años 60 y deciden ir a Noruega, hasta su madurez en la actualidad. Quien haya visto Novecento, de Bertolucci, podrá hacerse una ligera idea de la dinámica de la película.

Matteo y Giorgia estaban locos, cada uno a su manera. Ella vivía en una burbuja de cristal con nieve, él simplemente no quería vivir. En el vídeo, la canción que Giorgia le pide a Matteo es ‘A chi’ (¿A quién?), de Fausto Leali, y dice algo así:

Ma forse un po’ della mia vita è rimasta negli occhi tuoi.

(Pero quizás algo de mi vida se haya quedado en tus ojos)


Ĉu vi parolas Esperanton?

Esperanto

Cuando llegaron al colegio explicándonos en qué consistía, a mí me pareció una idea maravillosa. No entendía por qué teníamos que estudiar todos el idioma de los americanos, tan feo e insípido, nada que ver con el francés o italiano.

“Es un idioma mucho mas justo porque se crea sobre la base de una mezcla de varios idiomas”, esas palabras resonaron en mi cabeza y salieron por mi boca durante años. También nos dijeron que “es un lenguaje simple que se tarda muy poco en aprender”. Para empezar, toda palabra se pronuncia del mismo modo en el que se escribe. Sin embargo, no recuerdo ni una sola palabra desde que leyera el manual que nos entregaron aquel día.

El Esperanto, que no representa los intereses de una sola potencia, ni la hegemonía de un solo país, fue perseguido y prohibido por los nazis, pues Hitler creía que formaba parte de una conspiración judía. Stalin lo declaró la “lengua de los espías”, creyendo que con ella podrían conspirar contra la URSS y ejecutó a algunos esperanto hablantes. Por ello, resulta paradójico que McCharty en su Caza de brujas los persiguiera por considerarlos comunistas.

Parece un idioma fácil, en la mezcla predominan las lenguas europeas. Por ejemplo, los días de la semana se recogen del francés: lundo, mardo, merkredo, ĵaŭdo, vendredo, sabato y dimanĉo; las partes del cuerpo del latín: hepato, okulo, brako, koro, reno… y las unidades de tiempo del alemán: jaro, monato, tago… Pero últimamente se incorporan términos de otros países para equilibrar.

Es interesante hacer una visita a Lernu , una comunidad en castellano que te ayuda a aprender el idioma y que tiene hasta el chiste del día en esta lengua. Han organizado su primer encuentro dentro de unos días en Modra-Harmónia, Eslovaquia.

Durante años intenté que mi contacto con el inglés fuera mínimo, escuchaba música en cualquier idioma, ya fuera portugués, vasco, francés, italiano e incluso ruso y árabe; aprendía otros idiomas, pero nunca la lengua del imperio. Era mi venganza. Sin embargo, en mis viajes al extranjero sentía que si no encontraba a algún francés, italiano o portugués, me costaba horrores entender lo que decían. Por eso sucumbí. Mañana comienzo otro de mis cursos intensivos de inglés, esos a los que sólo voy los primeros días y durante los cuales acabo durmiendo.

“Son tan insignificantes los sacrificios que todo hombre debe realizar para aprender Esperanto, y tan inmensos los beneficios que de ello han de resultar, que nadie debe sustraerse de hacer ese estudio”.

León Tolstói

Contradictoria casualidad

A veces no nos damos cuenta de que las contradicciones vienen producidas por casualidades. O al contrario. Y eso es lo que le da belleza a la vida.

Nunca sabemos si las casualidades son contradicciones de la probabilidad de que algo suceda o si son más bien un juicio subjetivo aplicado a un momento. Hay muchas formas de que se dé la espalda al destino causando una rotura en el devenir establecido.

Mis padres se conocieron en Holanda justo cuando mi madre había dejado a un sueco y mi padre a una mejicana. Al volver a España, se encontraron de nuevo por puro azar… y contradictoriamente se casaron. Paradójicamente, porque ella amaba el civismo de los nórdicos y él la sumisión de las mujeres del sur.

Casualidad es que el pasado verano encontrara en Tallín a un italiano que conocí en Bruselas o coincidiera en el Metro con una vasca que me encontré en Helsinki. Contradicción es que en ningún caso intercambiáramos direcciones. Dicen que hay personas que se conocieron en un vagón de tren y que ahora son inseparables y otras que estudiaron en el mismo colegio y no volvieron a verse.

Fue casualidad que inaugurara este blog y contradictorio que lo bautizara con el nombre de una película que ni siquiera había visto. Muchas de las decisiones se toman en función del tiempo que tengas para reflexionarlas. Si me hubiera tomado un minuto más, no estaría escribiendo estas líneas.

Sorprendente fue tener aquel sueño: una ciudad que indefinida visualizaba desde la lejanía, rodeada de montañas nevadas, llena de casas con tejados de colores y barcos que atracaban en el puerto. Casualidad fue encontrar un día una foto igual que aquel lugar y contradictorio que desde aquel momento intentara ir y todavía no lo haya hecho.

La vida gira entre esos dos polos, y entre muchos otros. Unos lo llaman suerte, otros cenizo. Hay quien dice que nada es casual, sino causal, Aristóteles estaba seguro de ello. Pero el día que se desafían las leyes de la probabilidad es cuando descubres que las casualidades cambian vidas de forma contradictoria.

reykiavik

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