Un cuento para el destino

Abrió el libro y el viento descolocó las páginas con la misma velocidad con la que los pensamientos confunden a las personas. Comenzó la lectura…

Deambulaba perdida y sola por un camino de amapolas que se marchitaban a cada paso que daba. El rumbo no lo fijaba ella, se lo daban hecho. Y es que todo es igual en la ciudad de la ignorancia, un lugar en el que la inteligencia es destronada en favor de los más ‘listos’, donde es tarea primordial el aspirar más y más basura hasta llegar a las más altas cumbres, donde la asfixia se hace evidente al desgarrarnos la respiración asistida que hasta ahora nos mantenía con vida.

Por ese camino saturado de causas y azares paseaban siempre los mismos: vengadores sin razón que pretenden colgar medallas en sus vacías solapas, buscadores de objetivos sin meta que hacen trampas al destino o luchadores sin causa que buscan un traje que lucir el día de su boda con la decepción.

Y nunca, nunca más podrán dormir, porque en la aldea de los sin nombre el ruido se mece en una cuna nocturna al compás de la miseria moral y las amapolas hace tiempo que dejaron de crecer. La brisa sólo empuja piedras contra piedras en un pueblo que un día fue pueblo.

Entonces apagó la vela y cerró aquel libro sin terminar, que sin ser viejo tenía polvo, y cuya tinta aún manchaba las páginas que aún faltaban por escribir.

Veranos…

Podrían ser casi mediados de agosto de un día de su infancia, pero ni siquiera llegamos a julio y ella ya no es una niña. Y qué mas da, si lo que ella recuerda son todas aquellas tardes en la montaña, en la playa, en el campo… Las ruedas girando de las bicicletas y patines, las caídas y ese adulto que curaba sus heridas con mecromina que ella luego esparcía por toda su ropa. El padre de quién sabe qué amigo invitándoles a su casa a la hora de la siesta para jugar a algún ocurrente juego de mesa. La siesta que nunca se echaba pero sí los vecinos, que gritaban silencio, mientras ella apuntaba las notas musicales que desprendía el organillo en folios partidos por la mitad…

Mientras miraba a una fuente, ella recordaba el agua… la playa, el río, la piscina, las pistolas, los globos, los lagos, los aspersores, las mangueras, todo era frío. Pero luego estaba el calor… el sol que derretía sus helados de vainilla y chocolate, los ventiladores que nunca funcionaban, el sudor, los bancos de la plaza abrasando sus delgadas piernas morenas, la sed, el polvo que los coches levantaban al pasar, las insufribles mañanas de su pueblo extremeño donde el sol arrasaba con todo de día para de noche desaparecer y disfrutar de la brisa…

Pasaban dos niños corriendo y volvió a recordar a sus amigos… los juegos, las historias de miedo que le fascinaban a la vez que le aterrorizaban, las noches en vela por culpa de pesadillas aún peores que los relatos que le contaban, aquellos días tocando a las casas para después salir corriendo, mirando al doblar la esquina la cara del dueño, esas otras noches jugando al escondite o tocando la guitarra…

Era todo: las risas, los chistes, las canciones… todo. Y no son recuerdos. Están con ella en estos momentos, mientras los imagina.


Peor para el Sol

sol

Amanece.

El rimel se desliza por las mejillas de una mujer que fuma en un bar. Mientras, un hombre la observa desde la barra. Tres niños se zambullen en un lago de los Alpes. Un profesor de matemáticas corrige con bolígrafo rojo una ecuación infantil. Las manos de dos personas se unen bajo la mesa de un restaurante. Un anciano besa la frente de su mujer. Un perro abandonado mira la escena. Alguien besa el aire, otro lo abraza.

Atardece.

Dos amantes se despiden en una estación de tren mientras la nieve impregna sus abrigos en una gélida tarde de invierno. Un niño le pregunta a su padre por qué lloran. La sombra de la tarde camina cansada de vuelta a casa. Un hombre le grita a su mujer mientras ésta derrama en el suelo sus últimas lágrimas. Una adolescente acude al encuentro de su nuevo amor en una calurosa tarde de primavera. Un grupo de gente llora alrededor de una caja de madera que se introduce en un profundo hoyo. Un padre convence a su hija de que no será capaz. En la lejanía se escucha una canción que no termina de entenderse, alguien intenta afinar su oído y apuntar la letra.

Anochece.

Una persona cualquiera observa con mirada ausente una foto. Suena un móvil que nadie cogerá. Cuatro amigos caminan al bar de siempre, mientras en un piso ella comparte con las ventanas su soledad. Un mendigo recoge de un contenedor las partituras de una melodía sin clave ni compás. Alguien sueña con trenes que no llegan a su destino. Otros hace tiempo que dejaron de soñar.

Cae la noche.. y todos ellos duermen.

El laberinto dinámico

quienquieraquesea

No pregunten cómo ni por qué. No se impacienten ni tengan intención de hallar una respuesta a la lógica de una pregunta sin sentido para nadie, excepto para nosotros. No lo hagan. Cualquier apreciación de contradicción en este texto no será más que fruto de nuestra no-imaginación. Miren, lo único que voy a contarles es una historia personal conocida en el anonimato, despreciada en el rellano de la clase más alta de intelectuales que conforman la cúpula del conocimiento y, sobre todo, difícil de comprender en su trivialidad. Rectifico, comprender sí, llevarla a cabo quizás no tanto.

Resulta curioso que creamos que lo que pensamos es lo correcto, cuando en realidad lo correcto es lo que no pensamos. Disculpe a quien me lea que este texto carezca de explicaciones contenidas dentro de aquello que llaman coherencia, pero tengo presente en mi experiencia que la mejor explicación nos la damos nosotros mientras mezclamos el azúcar con un café descafeinado. Sin autodidactismo no seríamos libres. Comienzo pues con mi breve, y a la vez, interminable historia.

Iba yo caminando por las solitarias y laberínticas calles de una ciudad sin nombre, cuando de pronto estaba perdida. Pregunté a un transeúnte cuál era el camino más corto para llegar a mi casa. El señor, mostrando una sonrisa que insinuaba pena, me contestó: ¿De verdad quieres ir por el camino más corto? Por supuesto, le respondí. El buen hombre me lo mostró y tardé tan sólo cinco minutos en llegar a mi destino.

Al día siguiente quise regresar y volví a perderme.

Esclavos consentidos

ninos

Nos pasamos la vida esperando. Desde que nos levantamos esperamos el autobús, al llegar al trabajo esperamos la hora de salida, esperamos que lleguen los días de vacaciones y también esperamos perdernos algún día en una isla desierta. Esperamos encontrar el amor de nuestra vida, esperamos conseguir el trabajo perfecto, esperamos terminar de pagar todas nuestras deudas y esperamos que nos toque la lotería para así poder hacerlo. Tanto esperamos que cuando sucede lo que buscabamos, esperamos que nunca acabe. Y cuando acaba, sólo nos queda esperar la llegada de nuevas situaciones. Tenían razón aquellos que decían que “la esperanza es lo último que se pierde”. Y al final de nuestras vidas, ya sólo nos queda esperar a la muerte.

¿Y esto a qué obedece? A nuestra obediencia. Dicen nos pasamos los primeros años de nuestras vidas obedeciendo a nuestros padres, más tarde acatamos las ordenes de nuestros profesores, después las de nuestros jefes, para en la última etapa de nuestra vida, cumplir lo que nos digan los médicos. Yo empecé por obedecer a estos últimos y ahora desconfío de todos.

¿Qué por qué hacemos esto? Porque todos somos esclavos. El empresario es más esclavo que el propio trabajador al que esclaviza y todos en conjunto somos esclavos de la publicidad, ya sea comercial, paternal o docente. Es aquello a lo que llaman “Consejos”. De ahí que nos encadenemos siempre a algo y es por ello por lo que los pobres se pasan la vida vendiendo droga para comprarse unas zapatillas Nike y los ricos vendiendo zapatillas Nike para comprar droga. A los africanos del pasado los encadenaban, ahora las cadenas nos las ponemos nosotros.

En conclusión, si somos un animal social que se basa en experiencias sin apenas instintos ¿Cómo vamos a ser capaces de tomar decisiones por nosotros mismos? Seguramente nadie lo haga y resulta triste ver que la gran mayoría de las personas creen tomar decisiones de forma totalmente libre, sin darse cuenta que con ello están siendo “esclavos consentidos”.

La felicidad se encuentra en no buscarla, en suprimirla de tu lista de tareas a realizar y en asumir que nunca serás feliz, porque la habitualmente llamada “búsqueda de la felicidad” constituye la esencia de la infelicidad más absoluta.

Los amantes

¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos ?
Ellos se toman de la mano: algo habla
entre sus dedos, lenguas dulces
lamen la húmeda palma, corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.

Son los amantes, su isla flota a la deriva
hacia muertes de césped, hacia puertos
que se abren entre sábanas.
Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.

Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.

Ya están vestidos, ya se van por la calle.
Y es sólo entonces
cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos.

Julio Cortázar, 1960

La planta envenenada

Al final del camino de las ilusiones se encuentra el pantanoso terreno de la decepción. Esta nos lleva y nos empuja allí donde la esperanza no es más que un torniquete que intenta contener a duras penas el desangrado de un mundo roto.

El derramamiento de lágrimas ha ahogado en un mar de escepticismo a millones de personas que nadaron por llegar a alguna orilla en la cual descansar, dejando tras de sí la búsqueda de una salvación que nunca existió.

“No quiero que me escuches cuando te miento, tapa tus oídos y sigue durmiendo”, se dice alguien a sí mismo. Pero se despierta a medianoche pues las pesadillas no le dejan pegar ojo y las mentiras que se cuenta a diario no le permiten escuchar nada. Pronto se quedará sordo. Sueña cada día que conduce con torpeza por una carretera sin señalizar, sueña que algún día conduzce su propia vida.

“Miren, creo que no lo merezco”. ¿Quién lo dice? ¿Quién juzga lo que tú mereces o no? ¿Qué te hace pensar que es un premio o un castigo aquello que tienes? La vida no es una proeza o un calvario, no tenemos por qué colgarnos medallas o colgarnos de una cuerda hasta dejar de respirar. No es eso correcto y en verdad nada lo es. Sólo conocemos aquello que no es acertado y con eso debería bastarnos.

Cuando era pequeña no preguntaba de dónde venían los niños, sino adónde se dirigían. Mi abuela siempre me respondía con el mismo refrán: “sabemos de dónde venimos, pero no adónde vamos”. Yo le contestaba que no era cierto, qué ni siquiera sabíamos cómo se creó el mundo. Y esa incógnita fue uno de los grandes dilemas de mi infancia.

El miedo más profundo del ser humano se resume en un ‘no conocer’ y eso puede ocurrir cuando imaginamos un desconocido futuro. Si una ciudad es bombardeada, sus habitantes temen a una muerte próxima; cuando alguien abandona una forma vida, le teme a una nueva rutina; si el tren que cada mañana tomamos no aparece, imaginamos que algo raro sucede. Es el pensamiento contraído de un querer y no poder, es la semilla maldita de una planta envenenada, es el único calor que nos puede dar la soledad y que solo desaparece al borrar los esquemas que dominan nuestra vida.

Pensamientos

Alguien se balancea en una vieja mecedora mientras mira cada día el atardecer por su ventana. Observa pero no ve, piensa pero no entiende, cree pero no conoce. Muere un día más y el cuarto vuelve a vestirse de silencio, ese que ella no oye, quizás porque la mudez del ambiente tampoco se oiga y tan solo se perciba.

Las notas de piano comienzan a sonar de nuevo, emiten una melodía que a nuestra amiga le es familiar. Sus ojos ya no miran por la ventana, ahora busca el origen del sonido pero no lo encuentra, a pesar de que lleva años indagando la fuente desde la que fluyen esas notas que cada día la visitan y que ella nunca sabría tocar.

Aquellas notas musicales entorpecen sus tardes porque no le dejan escuchar el silencio que se esconde tras el sonido, aquel que está eternamente y que nunca desaparece, aquel que se entierra y se deja eclipsar tan fácilmente por lo acústico. Y sabe que sin silencio nunca podrá ver más allá de su ventana, porque ese sonido está empañando sus cristales.

Y cada tarde vienen a por ella, la amordazan, echan gasolina sobre sus recuerdos para posteriormente hacerlos desaparecer, dejando en su lugar aquellos que ellas consideran que merecen seguir ahí, esos que se salvaron de la caza de brujas blindados contra cualquier persecución desalmada, porque ellas son más rápidas y nuestra amiga, por su parte, sigue balanceándose en su vieja mecedora. 

Jeroglíficos, postales y trenes

Con los jeroglíficos ocurre lo mismo que con las personas, creemos entenderlos pero no sabemos interpretar lo que en verdad quieren transmitirnos. Es por eso por lo que necesitamos encontrar una Piedra Rosetta que nos oriente en la difícil tarea de descifrar sus deseos, voluntades y sueños.

Con las postales pasa algo parecido, al igual que los amigos algunos nos llegan y otros se pierden por el camino, quizás porque iban en la dirección equivocada, quizás porque les faltaba el sello necesario para llegar hasta nosotros.

Y, bueno, también están los trenes… en la vida perdemos tantos que no volverán a pasar, tantos que ni siquiera nos planteamos coger y otros de los que nos bajaremos en marcha, que si los juntáramos todos lograríamos dar al menos una vuelta al mundo. Luego hay trenes que llegan más tarde o que necesitan de trasbordos, pero estos siempre acaban llegando allá donde la vía se pega con el andén de una estación sin nombre, una estación difícil de alcanzar, pues a ella llegamos sin brújula ni mapa, sin horarios ni rutas. Sin embargo, en esa búsqueda contamos con la ayuda de compañeros de viaje que subirán a nuestro vagón, que nos harán más ameno el trayecto y que nos orientarán sobre el lugar al que debemos llegar y cómo hacerlo.

Y con sus enseñanzas, experiencias y ánimos irán llenando nuestra maleta de recuerdos, anhelos, esperanzas y sueños. De tal modo que cuando queramos darnos cuenta ya no entrarán más cosas y será entonces cuando empecemos a vaciar el equipaje entregando lo recibido a otros viajeros, quienes volverán a llenarla de nuevo con otras compañías.

*Relato escrito para Alejandro en diciembre del año pasado. Hoy no fui capaz de escribir nada, las ideas están de vacaciones.

El árbol de la vida

en las ramas

Caminando la anterior noche sentí la brisa arrastrar mi cuerpo, de modo que comencé a andar con mayor empeño. Pisé más fuerte y sentí el suelo, miré los árboles que adornan cada acera de la avenida y vi que ellos lo atravesaban. Sus ramas, aquel lugar donde dicen que me pierdo, se agitaban como lo hacía una bandera blanca que anuncia la rendición. Y es que su batalla estaba perdida desde el principio de la contienda, pues viven en la agonía de una eterna pisada que no logran levantar jamás. Es como si te quedaras atrapado en arenas movedizas mientras el aire te acaricia la cara y ondea tu pelo.

Seguí andando y observé gente pasar. Parecían borrachos, estaban nerviosos y se gritaban. Volví a dirigir la vista a los árboles. Continuaban callados, moviéndose sin salirse de su perpetua postura, de su eterna fotografía. Mientras, en el interior la savia corría constante por sus venas, del tallo a las hojas, esas que cada otoño se suicidan.

Resulta de sobra conocido que no nos entendemos, que todos hablamos un idioma propio y que nadie ve lo mismo cuando miramos algo. Dicen que los daltónicos apenas distinguen el rojo del verde ¿Cómo explicarles ese color? Estoy segura de que nadie ve el mismo rojo cuando observa la sangre derramada en las guerras. Puede parecerse, pero nunca ser igual. Con la savia de las plantas ocurre lo mismo.

La primera vez que me di cuenta de la distorsión del entendimiento entre humanos fue cuando tenía seis años. Una compañera se balanceaba en el columpio del patio y yo, que por esos tiempos sufría insomnio, le decía: “¿Sabes? Anoche descubrí que todos vamos a morir, que nadie se va a salvar”. Mi amiga se sacó la pirueta de la boca y me respondió “¿Y qué?”. Entonces siguió columpiándose.

Años atrás, cuando aún no había cumplido los cuatro otoños, caminaba siempre mirando al suelo. Sabía que las hormigas pasaban por él y daba cuidadosos pasos para no asesinar a ninguna. Mi abuela decía que no me molestara, que seguro que ya había matado unas cuantas sin darme cuenta. Una noche soñé que las hormigas me atacaban, que subían por mis piernas para comerme. Al día siguiente, utilizando como única arma mis zapatos, cometí el mayor genocidio animal de mi vida.

Algunos compañeros del colegio contaban en el patio que había un hombre que secuestraba niños, los metía en un saco y no volvían jamás. Yo me preguntaba qué beneficio obtenían, no tenía sentido. “Si alguna vez me secuestran, convenceré a mi secuestrador para que me libere. Seguro que si lo piensa fríamente me suelta”. Los demás reían.

Y así, recordando mis raíces, me reía de todo aquello en una noche donde el aire gélido refrescaba la memoria. Mientras, los árboles seguían allí, en el mismo lugar de siempre, tan solo acompañados fugazmente por la gente que por allí cruzaba, aquellos a los que ayuda a respirar y que pasean, algunos rápido y otros sin prisa, por ese camino repleto de ramificaciones al que llaman vida.

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