El depósito de libros mudos (Primera parte)

libros mudos

Tenía un trozo de papel en su mano derecha y su cuerpo giraba a la izquierda en dirección a la única biblioteca con la que contaba la ciudad. Algunos decían que era un viajero fanfarrón, otros lo llamaban coleccionista de impresiones, pero él solía referirse a sí mismo como “un viejo escritor de costumbres”.

Hoy llegaba a aquella extraña ciudad en busca de algo qué leer, algo en qué basar sus más ansiados escritos, esos que luego teñiría de mil anotaciones con el fin de adornar su creación maestra.

Al entrar en la biblioteca avistó tres grandes estanterías y pronto comenzó a pasear su mirada por la que estaba en el centro, que también era la más grande del habitáculo. “Los libros parecen ser aún más antiguos que el propio lugar en cual descansan”, pensaba mientras paseaba por un lúgubre pasillo de suelo rallado y ambiente polvoriento.

Dio un par de vueltas más hasta tomar entre sus manos uno de aquellos ejemplares. Lo hizo al azar pues no veía en el lomo ninguna inscripción que le aportara pista alguna sobre su contenido, de modo que al abrirlo comenzó a balancear páginas de un lado a otro. Nada había escrito, sólo hojas en blanco. “Qué raro”, pensó. Tomó otro y otro, hasta veinte ejemplares cayeron en sus arrugadas manos mientras la misma escena se presentaba ante sus ojos: páginas en blanco de libros sin autor, sin título ni editor, sin nada perceptible a la vista.

En ese instante echó una mirada a su alrededor, los usuarios de aquella biblioteca, que él mismo acababa de bautizar como “el depósito libros mudos”, iban recogiendo sus libros sin dilación. Algunos escogían los del estante superior, otros necesitaban flexionar sus rodillas para alcanzar los de la parte baja, mientras él observaba a toda aquella gente con una mezcla de admiración y desconfianza.

Sin pensarlo, el escritor, que se llamaba a sí mismo de este modo para que pudieran situarle en la homenajeada comunidad de fabricantes de letras, preguntó al bibliotecario qué demonios estaba pasando, por qué la gente tomaba prestados esos libros vacíos, qué clase de locura era aquella.

“Así que vacíos… ¿de verdad que no puede ver nada?”. El afamado escritor, indignado por la insolencia y menosprecio con el que el responsable de la biblioteca le había tratado, sintió tocado su orgullo de intelectual y se giró con semblante irritado hacia la puerta de salida.

“¡Llévese uno, en 15 días le dará tiempo a leerlo!”. El escritor se dio media vuelta y tras pensar durante un minuto (que para él fue corto pero que el bibliotecario interpretó como un fuerte signo de indecisión) se dirigió de nuevo a la estantería central. Escogió un libro que tenía la cubierta de un color azul cielo, no tendría más de 50 páginas y en cuyo lomo había bordado un pájaro ya deshilachado.

“Me llevo este”
“Una gran elección, sí señor. Le gustará. Que tenga un buen día”.
“Sí… ya le contaré… buenos días”

Al dirigirse a la puerta de salida se cruzó con una niña que llevaba apretado contra el pecho otro de aquellos libros en blanco. El escritor la miró con recelo y salió de aquel lugar pensando que algún tipo de extraña locura se había apoderado de los habitantes de aquella ciudad.