No le hables del mar

Ahí está sentado el marinero en la cubierta de su barco, observando las olas romper contra la proa, escuchando gaviotas volar en la lejanía e inhalando el aroma salado que le regala el ambiente, siempre ajeno a todo lo que en la tierra acontece.

Amaba el mar por su exclusiva localización entre el cielo y la tierra, era su especie de purgatorio personal donde soñaba despierto que estaba solo y que no necesitaba más que ese trozo de acero que le hacía flotar en el agua. Por encima de las nubes quedaba el paraíso soñado donde él no iría nunca pues desde que el ozono se hizo añicos hasta los mismos ángeles ardían, convirtiéndose el cielo en el peor de los infiernos, aquel lugar que se encuentra en los bajos fondos del sótano terrenal y del cual nuestro amigo se protegía con las olas.

Al caer la tarde el marinero asaba algunas sardinas que él mismo había pescado en la mañana y ya en la sobremesa se sentaba de nuevo en la cubierta para observar las estrellas estampadas en el negro telón que acaba de caer a sus pies. A veces se preguntaba si era la vida un cuento que otros narraban o si era él mismo quién la escribía. No sabía nada sobre filosofía, pero durante esas largas noches en la soledad de su barco, sólo frente al silencio del mundo, solía sentirse naufrago de sí mismo y salvavidas de su destino. En las noches de tormenta, cuando el agua del cielo se mezclaba con la del mar, solía temblar. No tenía miedo a la muerte, ni siquiera a ser olvidado, sólo temía que su desaparición pasara desapercibida para el resto de la humanidad.

Más tarde, cuando se cansaba de mirar al firmamento y de contar estrellas en la oscuridad del alta mar, era cuando solía encerrarse en su pequeño camarote. Poca cosa había en él aparte de una cochambrosa cama, una mesa con su silla y una papelera llena de cartas que nunca terminaba.

Había tenido tantas amantes que le era imposible recordar el nombre de todas, así que un día decidió escribir una carta a cada una de ellas pidiéndoles disculpas por el terrible olvido. Como sabía que las cartas no las podría enviar nunca, las iba guardando inacabadas en una papelera que nunca vaciaba para así dejar constancia de su intento por ser educado con la memoria. Hoy comienza con otra de ellas.

Es tarde y nuestro pequeño marinero echa el cierre de sus ojos. Antes de empezar con su primer sueño vuelve a repetirse una vez más lo que ya todos sabemos, que el camino es inacabable y la vida demasiado corta para hacerlo a pie. Por eso eligió el barco, que sin prisa le ayuda a navegar por la inmensidad de este mundo que él aún no conoce.

Ni siquiera sabía nadar, pero era consciente de que nunca se hundiría en las profundidades marinas porque tarde o temprano lograría salir a flote. No esperaba nunca que nadie le rescatara, pues tan sólo se tenía a sí mismo y sabía que si algún día aprendía a conducir su barco, dejaría de navegar a la deriva y llegaría por fin a ser capitán de su propia embarcación.

5 comentarios »

  1. Bonito relato. Me ha venido a la mente Hermann Hesse y su filosofía pro-oriental. Y eso que el marinero no sabía de filosofía :P aunque para mí, filosofía no es más que la manera en que vivimos nuestra propia vida.

    Y aunque el marinero se ve bastante consciente de sí mismo me da un poco de pena que tire tantos recuerdos en una cestita, que tras recalar en tantos puertos no hallara uno de su agrado.

    Un saludillo otoñal ;)

    Comment by bitdrain — August 25, 2009 @
    10:14 pm

  2. Ay ay ay….

    esta kaka de blogspot no me taba avisando de que este blog se iba actualizando..

    Me metí por meterme y de repente me encuentro con todo esto desde luego…

    voy a ponerme al día!

    Un abrazo

    Comment by Ankara — August 29, 2009 @
    1:38 am

  3. saludos britdrain otoñales a ti también!

    Ankara, yo soy un desastre con lo de ponerme al día :(

    Comment by Silvia — August 30, 2009 @
    8:09 pm

  4. me gusta tu blog

    Comment by bcn_bcn — September 8, 2009 @
    12:46 am

  5. Me ha gustado mucho, a veces quisiera poder escribir así sobre el mar pero el mar que llevamos dentro todos supongo siempre es diferente.

    Comment by Bismark — November 30, 2009 @
    2:10 am

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