Un cuento para el destino

Abrió el libro y el viento descolocó las páginas con la misma velocidad con la que los pensamientos confunden a las personas. Comenzó la lectura…
Deambulaba perdida y sola por un camino de amapolas que se marchitaban a cada paso que daba. El rumbo no lo fijaba ella, se lo daban hecho. Y es que todo es igual en la ciudad de la ignorancia, un lugar en el que la inteligencia es destronada en favor de los más ‘listos’, donde es tarea primordial el aspirar más y más basura hasta llegar a las más altas cumbres, donde la asfixia se hace evidente al desgarrarnos la respiración asistida que hasta ahora nos mantenía con vida.
Por ese camino saturado de causas y azares paseaban siempre los mismos: vengadores sin razón que pretenden colgar medallas en sus vacías solapas, buscadores de objetivos sin meta que hacen trampas al destino o luchadores sin causa que buscan un traje que lucir el día de su boda con la decepción.
Y nunca, nunca más podrán dormir, porque en la aldea de los sin nombre el ruido se mece en una cuna nocturna al compás de la miseria moral y las amapolas hace tiempo que dejaron de crecer. La brisa sólo empuja piedras contra piedras en un pueblo que un día fue pueblo.
Entonces apagó la vela y cerró aquel libro sin terminar, que sin ser viejo tenía polvo, y cuya tinta aún manchaba las páginas que aún faltaban por escribir.




