El laberinto dinámico

No pregunten cómo ni por qué. No se impacienten ni tengan intención de hallar una respuesta a la lógica de una pregunta sin sentido para nadie, excepto para nosotros. No lo hagan. Cualquier apreciación de contradicción en este texto no será más que fruto de nuestra no-imaginación. Miren, lo único que voy a contarles es una historia personal conocida en el anonimato, despreciada en el rellano de la clase más alta de intelectuales que conforman la cúpula del conocimiento y, sobre todo, difícil de comprender en su trivialidad. Rectifico, comprender sí, llevarla a cabo quizás no tanto.
Resulta curioso que creamos que lo que pensamos es lo correcto, cuando en realidad lo correcto es lo que no pensamos. Disculpe a quien me lea que este texto carezca de explicaciones contenidas dentro de aquello que llaman coherencia, pero tengo presente en mi experiencia que la mejor explicación nos la damos nosotros mientras mezclamos el azúcar con un café descafeinado. Sin autodidactismo no seríamos libres. Comienzo pues con mi breve, y a la vez, interminable historia.
Iba yo caminando por las solitarias y laberínticas calles de una ciudad sin nombre, cuando de pronto estaba perdida. Pregunté a un transeúnte cuál era el camino más corto para llegar a mi casa. El señor, mostrando una sonrisa que insinuaba pena, me contestó: ¿De verdad quieres ir por el camino más corto? Por supuesto, le respondí. El buen hombre me lo mostró y tardé tan sólo cinco minutos en llegar a mi destino.
Al día siguiente quise regresar y volví a perderme.




