La planta envenenada

Al final del camino de las ilusiones se encuentra el pantanoso terreno de la decepción. Esta nos lleva y nos empuja allí donde la esperanza no es más que un torniquete que intenta contener a duras penas el desangrado de un mundo roto.

El derramamiento de lágrimas ha ahogado en un mar de escepticismo a millones de personas que nadaron por llegar a alguna orilla en la cual descansar, dejando tras de sí la búsqueda de una salvación que nunca existió.

“No quiero que me escuches cuando te miento, tapa tus oídos y sigue durmiendo”, se dice alguien a sí mismo. Pero se despierta a medianoche pues las pesadillas no le dejan pegar ojo y las mentiras que se cuenta a diario no le permiten escuchar nada. Pronto se quedará sordo. Sueña cada día que conduce con torpeza por una carretera sin señalizar, sueña que algún día conduzce su propia vida.

“Miren, creo que no lo merezco”. ¿Quién lo dice? ¿Quién juzga lo que tú mereces o no? ¿Qué te hace pensar que es un premio o un castigo aquello que tienes? La vida no es una proeza o un calvario, no tenemos por qué colgarnos medallas o colgarnos de una cuerda hasta dejar de respirar. No es eso correcto y en verdad nada lo es. Sólo conocemos aquello que no es acertado y con eso debería bastarnos.

Cuando era pequeña no preguntaba de dónde venían los niños, sino adónde se dirigían. Mi abuela siempre me respondía con el mismo refrán: “sabemos de dónde venimos, pero no adónde vamos”. Yo le contestaba que no era cierto, qué ni siquiera sabíamos cómo se creó el mundo. Y esa incógnita fue uno de los grandes dilemas de mi infancia.

El miedo más profundo del ser humano se resume en un ‘no conocer’ y eso puede ocurrir cuando imaginamos un desconocido futuro. Si una ciudad es bombardeada, sus habitantes temen a una muerte próxima; cuando alguien abandona una forma vida, le teme a una nueva rutina; si el tren que cada mañana tomamos no aparece, imaginamos que algo raro sucede. Es el pensamiento contraído de un querer y no poder, es la semilla maldita de una planta envenenada, es el único calor que nos puede dar la soledad y que solo desaparece al borrar los esquemas que dominan nuestra vida.