Los ignorados y el ángel que no podía volar
Todos los años organizaban un belén viviente en el colegio, pero no fue hasta segundo cuando representamos el primero. La profesora nos reunió a todos para darnos los papeles. No recuerdo todos, pero sí algunos: Estela sería la virgen, Rosa una pastora, David San José, y yo el ángel.
En verdad todas las niñas querían ser virgen, pero yo lo quería ser es pastora. Deseaba llevar delantal, pañuelo a la cabeza, zapatillas de esparto y bailar con una cesta en la mano. Formar parte del portal de Belén era aburrido y ser ángel mucho más, pues era el único personaje que no tenía que hacer absolutamente nada.
Y ahí veía a Estela y a David, mi novio por aquellos tiempos, con su bebé. Y yo, incrustada en mi inmovilidad, les observaba con celos como también lo hacía con los pastores en movimiento. Le preguntaba a la profesora por qué tenía que ser precisamente yo el ángelito, ella me sonreía y me contestaba que no podía ser de otro modo, que tenía cara de ángel. En el fondo el papel me venía bien, no tenía los quebraderos de cabeza de mis compañeros que no acertaban con los bailes o guiones, y además, tenía suerte de no haber sido el buey, como le había pasado al pobre Alberto.
Cada día de ensayo disponía de todo el tiempo del mundo para evadirme y observar al resto desde lo alto de la mesa donde me tocaba estar. Y con esa observación diaria concluí que tampoco quería ser pastora. Así fue como mi atención se desvió hacía otro lugar hasta fijarla en un grupo de compañeros que se situaban a un lado fuera del escenario. Parecía que estaban de prestado, pero eran ellos los auténticos protagonistas, esos que parecían ninguneados pero que estaban ahí, haciendo ruido, unos con un triángulo de metal, otros con flautas y algunos golpeando un par de mazas de madera. Desde aquel día mi atención se centró en ellos, quería que tocaran más alto, que se hicieran notar y que todas las miradas fueran a ellos y no a la virgen, ni a san José, ni siquiera a los pobres pastores. Ya no tenía celos de ninguno de ellos, la tarea que hacían los niños de la banda musical era mucho más laboriosa y admirable.
La tarde anterior al día de la representación había comprado dos cartulinas blancas que recorté en forma de alas, utilicé pegamento y las llené de trozos de algodón. Pero mi torpeza era mayor en mi niñez, así que al día siguiente, llevando un vestido blanco hasta los pies, me resbalé mientras simulaba volar sorteando los charcos. Me caí y me estropee las alas, que pasaron a parecer un churro de barro anudadas a mi espalda con ayuda de una goma, la misma con la que jugaba con mis amigas por las tardes y que aquel día rompí para poder ‘volar’. Me caí y el vestido blanco se manchó también de barro y de la roja mercromina que goteaba de mi codo.
Y así me presenté. A la profesora no le gustó, intentó mejorar mis alas y limpiar algo de barro, pero no había mucho que hacer, de modo que así salí, escondiéndome del público cuanto podía, en profundo silencio, deseando haber tenido alas para poder salir volando de allí sin que nadie me viera, sin mirar a nadie salvo a los ignorados, aquellos que como yo, o el buey y la mula, no eran más que un apoyo del resto del belén. Pero el verdadero apoyo nos lo dábamos mutuamente, ese ruido nos lo dedicaban desde el apartado lugar en el que se encontraban, con sus instrumentos musicales y sus miradas. Desde el portal, el buey y la mula mugían. A mí no me dejaban gritar pero sonreía, y ya no me escondía de mi suciedad, ni de mis alas rotas, porque comprendí que los ninguneados nos hacíamos notar. Habíamos montado un belén diferente, el nuestro propio.
Al año siguiente le pedí a la profesora poder acompañar con la flauta. Desde ese curso formé parte de la banda musical cada Navidad.




