Jeroglíficos, postales y trenes

Con los jeroglíficos ocurre lo mismo que con las personas, creemos entenderlos pero no sabemos interpretar lo que en verdad quieren transmitirnos. Es por eso por lo que necesitamos encontrar una Piedra Rosetta que nos oriente en la difícil tarea de descifrar sus deseos, voluntades y sueños.

Con las postales pasa algo parecido, al igual que los amigos algunos nos llegan y otros se pierden por el camino, quizás porque iban en la dirección equivocada, quizás porque les faltaba el sello necesario para llegar hasta nosotros.

Y, bueno, también están los trenes… en la vida perdemos tantos que no volverán a pasar, tantos que ni siquiera nos planteamos coger y otros de los que nos bajaremos en marcha, que si los juntáramos todos lograríamos dar al menos una vuelta al mundo. Luego hay trenes que llegan más tarde o que necesitan de trasbordos, pero estos siempre acaban llegando allá donde la vía se pega con el andén de una estación sin nombre, una estación difícil de alcanzar, pues a ella llegamos sin brújula ni mapa, sin horarios ni rutas. Sin embargo, en esa búsqueda contamos con la ayuda de compañeros de viaje que subirán a nuestro vagón, que nos harán más ameno el trayecto y que nos orientarán sobre el lugar al que debemos llegar y cómo hacerlo.

Y con sus enseñanzas, experiencias y ánimos irán llenando nuestra maleta de recuerdos, anhelos, esperanzas y sueños. De tal modo que cuando queramos darnos cuenta ya no entrarán más cosas y será entonces cuando empecemos a vaciar el equipaje entregando lo recibido a otros viajeros, quienes volverán a llenarla de nuevo con otras compañías.

*Relato escrito para Alejandro en diciembre del año pasado. Hoy no fui capaz de escribir nada, las ideas están de vacaciones.