Dedicado…

A las farolas contra las que choco mientras veo olas de mar y arena de playa, a las calles sin nombre por las que deambulo perdida en las frías tardes de invierno, a las citas a las que siempre llego tarde, a las chaquetas que olvido en los bancos del parque cuando el sol empieza a quemar, a los movimientos afirmativos cuando te hablan de algo que no te interesa, a las reuniones nocturnas de las que huyo, a los trenes que pierdo a diario, a los cierres de puertas, a los despertadores que escuchamos los lunes por la mañana, a todo lo que nunca escuchamos.

A los novios que abandoné por no ser perfectos para mi imperfección, a las noches en blanco, a los naufragios de barco, a los caminos serpenteantes, a las montañas rusas de mis sueños, a las explicaciones que nunca escuché, a la desgana.

Al patio del colegio que me vio crecer, a los cursos que no terminé, a los diplomas que olvidé recoger, a las personas con las que me crucé, a aquellos que salieron de mi vida sin hacer ruido, a los que encontré por casualidad y la dejaron patas arriba, al profesor de piano que nunca tuve, a la observación de los demás que me ayudó a no observarme, a los pensamientos que te aíslan de una realidad que rechazas, a los párpados cerrándose en aburridas noches de fin de semana, a los sueños sin cumplir que almaceno en el olvido, al olvido.

A los tropiezos, a las meteduras de pata, a los palos de ciego, a la palabra pronunciada en el momento equivocado, a la contestación sin sentido, a la pregunta sin respuesta, a los chistes malos que nos hacen reír, a los mapas que no entiendo, a las decisiones indecisas, al mal de amores que nos hace tanto bien, a los “lo siento” que no sentimos, a los que sentimos y no decimos.

A ellos les dedico el libro que escribiré con tinta transparente, el papel invisible que interpretaré en la falsa película de la vida, el vals que rechazaré en el eterno baile de los zombis y la medalla de oro que lograré en el concurso de aquellos que nunca participan en competiciones ni juegos.

[Escrito en Madrid en una tarde de domingo. Consecuencia del jet lag, el cambio de equinoccio y tras una noche de polipoesía].