Una vida de película
Revolviendo en el almacén de recuerdos encontré uno triste, otro gracioso, uno angustioso, alguno dulce y otro insulso. Los que estaban intactos flotaban en el mar de los rotos y los recuperados en blanco y negro se superponían a los de color. Escogí uno al azar y lo dejé en el supermercado de pensamientos presentes, allí donde la mayoría se consumen después de caducar.
Ha pasado ya mucho tiempo de aquello, pero ¿como explicar que lo vea como si de una película se tratara? En realidad la vida es como un largometraje del que eres el director, el problema es que en la mayoría de casos elegimos un guión equivocado y en otros tantos la vivimos como mero espectador.
Unos escogen el drama, otros la ciencia ficción y los más arriesgados las aventuras. Yo, que soy cobarde, me quedé con la tragicomedia.
Para ver la visión que tenemos de esta película no debemos olvidar la importancia de las técnicas de grabación. Los egocéntricos prefieren el auto primer plano, los tímidos el desenfoque, los extrovertidos la panorámica, las personas de baja autoestima el contrapicado y los que son como yo suelen recurrir al flash back.
Un punto clave del rodaje es que los actores tengan claro cuál es su papel, pues si no lo interpretan correctamente pueden acabar desencadenando un final inesperado. Pero eso pasa solo con los ‘protas’, sin embargo, la mayoría solo llegan a la calidad de extras y de este modo siguen apareciendo al fondo de la escena sin cobrar el menor protagonismo. Muchos ni siquiera volvieron a salir porque perdieron sus papeles al descubrir que su vida había quedado en un olvidado segundo plano.
Pero a pesar de las luchas entre actores, guiones que se olvidan o no salen, repeticiones de tomas y problemas de iluminación, nunca debemos dejar que nos intenten traducir con subtitulos o doblajes, porque será ahí cuando nadie habrá entendido nada de la película, ni siquiera nosotros mismos.
Y puede que cuando nuestra opera prima abandone la taquilla del presente, podamos dar vueltas al disco de la memoria para poder disfrutarla en la sesión del futuro.
Woody Allen, después de años de neurosis, pastillas y psicoanalistas, logró dirigir y actuar en su propia película. Aquí una escena representativa de uno de sus muchos trabajos:
“Tenía un médico para cada parte de su cuerpo. Cuando salía alguna de sus películas, organizaba proyecciones para sus doctores y sus esposas. Se llamaba la “Proyección de los Médicos” y el salón siempre estaba lleno. Tenía su propio termómetro en mi apartamento. En su bolsillo mantenía una caja de plata para guardar las pastillas necesarias para cualquier enfermedad imaginable”, decía Mia Farrow.




