Lo mejor del mundo

Como todos suelen recordar a su primer novio es normal que yo tampoco haya olvidado al mío.
Se llamaba David, estábamos en primero de EGB cuando un día en clase de Religión me levanté, le besé y volví a mi mesa sin mediar palabra. Fue la primera y última vez que yo tomaría la iniciativa antes de comenzar una relación. A partir de ese día nos convertimos en novios, los únicos de la clase.
Éramos una pareja estable, siempre juntos reíamos, jugábamos y en ocasiones discutíamos, pero al final zanjábamos nuestros enfados fumando “la pipa de la paz”. A veces parecía como si quisiéramos discutir tan solo por tener la excusa de fumar esa pipa ficticia.
Y así nos fue hasta que en la fiesta de fin de curso me pidió matrimonio. Yo le dije que aun éramos pequeños, que sería mejor esperar al curso siguiente. Y así lo hicimos. Fue en segundo cuando se ofició la boda. Nos casó un compañero en el patio del recreo ante los ojos de toda la clase y, aunque he borrado muchas cosas de aquel día, todavía recuerdo pedirle a mi madre que me dejara llevar uno de esos vestidos de los domingos.
El matrimonio no cambió mucho las cosas. Nos hacíamos regalos, él le robaba el maquillaje a su madre y yo las colonias a mi padre. Objetos que nos entregábamos envueltos en papel pintado con ceras de colores.
Un día la profesora de Religión nos dio una hoja en blanco que debíamos dividir en dos partes. A la izquierda teníamos que dibujar lo mejor del mundo, a la derecha, lo peor. Yo pinté a David y a la Muerte. Después me levanté y paseé por clase tratando de husmear lo que mis compañeros habían elegido. En la parte izquierda algunos habían garabateado a Jesucristo, otros un plato de patatas fritas e incluso algún “pelota” había plasmado en el papel a la propia profesora.
Me detuve en David para enseñarle mi hoja y para ver cómo me había dibujado. Pero observé en su papel una figura extraña, y es que no era yo lo que esos trazos de niño de siete años querían representar en la parte izquierda, era su madre. Y yo, despechada, lloré, hice trizas mi hoja y se la tiré. La profesora me regañó, me ordenó volver a mi sitio y me entregó otra hoja en la cual no solo dibujé a mi madre, sino a mi padre, hermana, abuelas, también a la profesora… a fin de cuentas, a todo aquel que conociera, menos al él, y menos a Dios, porque a Dios no tenía el gusto de conocerlo. Y sí, en la parte derecha le dibujé a él.
Curiosamente nuestra relación comenzó y terminó en una clase de Religión.
Un año más tarde, cuando en la catequesis rezaban que Dios es amor, concluí que si el amor no existía, Dios tampoco, que eran mentiras recíprocas. Y cuando días después de mi primera y última comunión, el cura que me la dio tuvo un accidente de coche en el que murió junto a la prostituta que lo acompañaba, pensé que eso sí que era verdadero amor a Dios.
Y es que ese hombre, que se había encontrado con aquello que dibujé en la parte derecha de mi primer folio, quizás nunca conociera lo que contenía la zona izquierda de aquel papel que destruí en mil pedazos.





Yo también tuve mi primera novia en aquel tiempo, uno o dos años antes, en “palbulito”, jajaja y aún lo recuerdo… aunque más que novios, yo era un acosador y ella se resistía
Ahí empezó mi desdicha con las mujeres
Comment by bitdrain — September 21, 2008 @
2:36 pm
Tú lógica es una bomba. Suerte tienes que ya pasó lo de las hogueras, porque tu “si el amor no existe, Dios tampoco” deja a Galileo y sus órbitas terrestres en una simple mosca cojonera.
Qué bestia. Pero muy bueno, eh!
Comment by 1400contestaciones — September 21, 2008 @
5:30 pm
Me ha encantado la historia. Las conclusiones son geniales.
Comment by Lol V. — September 21, 2008 @
9:36 pm
jaja, Bitdrain, desdicha no, se llama suerte, créeme.
1400, ¡qué esperabas de una niña de siete años!
Me alegro de que te gustara, lol V.
Comment by Silvia — September 22, 2008 @
8:43 pm
gracias por tu comentario
Comment by bcnbcn — September 23, 2008 @
10:27 am
Hola Silvia!
Qué bonita entrada. Yo no recuerdo quien fue mi primer novio supongo que porque no fue importante y no me marco en nada o por la infancia y adolescencia diferentes que lleve. Ya da igual, el caso es que me enternecen estas historias.
Deduzco que eres una mujer de ideas firmes y consolidadas…sé que es aventurarme mucho, pero es lo que me ha trasmitido tu entrada con los recuerdos que tienes de tu infancia. De Dios tengo una teoría propia, solo es una energía y está en mayor o menor medida en todos y cada uno de nosotros. No creo en ese Dios judeocristiano que nos han querido inculcar y de los curas y sus aficiones mejor ni hablar, me da grima.
Un beso.
Comment by Iria — September 24, 2008 @
4:48 am
Gracias Iria. Me sorprende dar imagen de firmeza cuando mi vida gira en torno al eterno “Sí, pero no”. Seguramente durante la infancia era más segura, o quizás no. Quién sabe..
Comment by Silvia — September 24, 2008 @
3:22 pm
Oye, tú, aqui cada vez que vengo voy de impresión en impresión.
Yo recuerdo (y no poco) todas aquellas preguntas que le hacía al cura de turno y que me esquivaba contestar, acabé preguntando a propósito esto y aquello y me reía en su cara, pobre hombre, qué martirio. Supongo que rezaría por mi para reconducirme al bien o algo y es muy probable que no haya dado resultado.
(también recuerdo a la hermana del pedro que tenía el pelo extremadamente largo y negro, sí, qué cosas, tú la pusiste cara). Todo, de alguna forma está dentro de cada uno de nosotros o eso parece.
Comment by chafandika — September 26, 2008 @
1:12 pm
María, su hermana, decía que se dejaba el pelo tan largo para el día de su boda no tener que llevar velo. Creo que aún no se ha casado.
Comment by Silvia — September 26, 2008 @
2:01 pm
Mi primera novia se llamaba Silvia, en tercero de EGB.
Siempre jugábamos a tocar y parar y yo me dejaba atrapar.
Recuerdo que cuando nos parábamos tras la carrera ella estaba siempre sudando. Me gustaba su olor, su sonrisa…
Bueno, seré sincero, no llegamos a ser novios de hecho, pero si guardo el recuerdo de que fue la primera chica que me gustó.
Fue la primera chica también por la que hice algo, el dejarme atrapar, que me hizo perder.
Una derrota sin embargo que me dejó con un buen sabor.
Aunque no consigo recordar a qué.
Comment by Jota — October 3, 2008 @
9:10 pm
Debía ser el sabor de la inocencia
Comment by Silvia — October 4, 2008 @
6:54 pm