El Oasis de Bahariya

“No vais a llegar”. Que sí, que aún falta una hora. “Da, igual, estamos en El Cairo, hay mucho tráfico, puedes quedarte atascado durante horas”. Aliaa se había casado con Javi la noche anterior. Por la mañana visitamos las Pirámides de nuevo y después su madre nos invitó a comer. Se nos hizo tarde y el único autobús que salía para el Oasis de Bahariya era el de las seis. Y eran más de la cinco…

Bajamos corriendo las escaleras, tanto, que esta vez no tuve tiempo de quedarme embelesada en el portal como siempre hacía, observando perpleja aquel canario de la jaula que se balanceaba del techo, esa alfombra estampada en el suelo, y escuchando aquella eterna cinta del Corán. Una imagen que resultaba algo tétrica de noche, quizás nostálgica de día.

Cogimos las mochilas y paramos a los dos primeros taxis que pasaban. Hoy no nos molestaríamos en regatear, no había tiempo para ello. La estación de autobuses se encontraba en la otra punta de la ciudad pero el taxista, que llevaba el Corán en la guantera rota, iba rápido, mucho, como solía ser habitual en El Cairo. Allí los accidentes están a la orden del día, no hay semáforos, los frenos no existen y la única ley vigente son las constantes bocinas que forman parte del hilo musical de la ciudad. La primera vez que estuve, al cruzar la calle me quedaba paralizada esperando a que los coches terminaran de pasar, pero nunca lo hacían y un día una egipcia me dijo que, para vencer al miedo, solo tenía que cerrar los ojos y echar a andar. Y así lo hice, pero ya se me había olvidado ese truco… y ya casi estábamos en la estación.

Bajamos del taxi corriendo y entramos en el viejo edificio. Había ilegibles letreros anunciando las próximas salidas. Ya eran más de las seis y veinte, pero siendo Egipto no sería raro que aún no hubiera salido. Y ahí estaba partiendo nuestro autobús. Lo hicimos parar y Javi habló con el conductor, que le comunicó que estaba lleno. Le dijimos que no nos importaría ir en el suelo. Aceptó. Nos despedimos de Javi y Aliaa y nos subimos al vehículo.

La caminata por el pasillo en busca de sitios libres nos condujo hasta el final de autobús. Yo me senté en la penúltima fila, mi compañero de asiento llevaba una especie de túnica con capucha, se parecía a Rasputín y hablaba solo, debía estar rezando. El autobús seguía su curso y realizó una  parada más donde se subió una marea humana. Una mujer con su marido y dos niños en brazos se sentaron al lado de Izaskun y Pu. Después subieron varios hombres, muchos de ellos, visiblemente enfadados, nos gritaban en un ininteligible árabe.

Sobraba demasiada gente, con lo que no podíamos ser solo nosotros los que estábamos ocupando los puestos de los demás. Miré delante y varias mujeres se apilaban en las escaleras y pasillo. No había ningún hombre en el suelo, pues ellos estaban atrás discutiendo con nosotras, mujeres que les habíamos robado su lugar. Por eso mismo decidimos no levantarnos, pues ellos se sentarían y esas mujeres seguirían ahí, tiradas e ignoradas.  Mientras tanto, una vieja cinta del Corán daba vueltas y nos taladraba los oídos sin poder escapar de ella.

Uno de los tipos nos gritaba a la cara y movía las manos de un modo desquiciado, otro le zarandeó y en ese momento mi extraño compañero comenzó a hablar más alto, se levantó y se sentó en el pasillo con las mujeres. Pronto otro de los hombres ocupó el lugar de Rasputín. El autobús era un escándalo, parecía que aquello acabaría en una brutal reyerta, mientras al conductor le daba igual, seguía su camino al igual que el resto del autobús, que parecía tranquilo. Aparte de los gritos solo se escuchaba el Corán de fondo. 

De pronto uno de los hombres hizo levantar a la mujer que llevaba los dos niños para sentarse él. Y lo hizo, y en ese instante me levanté, no solo  para que la mujer se sentara, sino porque mi nuevo compañero, al que tenía cada vez más cerca, me frotaba la pierna y ya no lo soportaba más. En el lugar que dejé libre no se sentó la mujer, ni tampoco los niños, que los llevaba ahora en sus brazos el hombre que gritaba y movía las manos. Quise quejarme pero no me entendían, del mismo modo que yo tampoco comprendía sus gritos. La sensación de impotencia era terrible, las mujeres seguían en el suelo, con sus pañuelos, también había niñas. En ese autobús, que realizaba un trayecto de seis horas, iban al menos 15 personas más que asientos.

Me fui atrás. Saioa estaba sentada unas filas delante y Pu nos sostuvo a Izaskun y a mí. Parece que todo se había calmado, hacía calor y los tres compartíamos asiento. Empecé a cerrar los ojos, me dolía la cabeza, la noche anterior habíamos tomado bastantes cervezas en la habitación secreta, ese lugar donde los alcohólicos beben a escondidas en las bodas musulmanas.

Pero me despertaba, el Corán no me dejaba conciliar el sueño, seguía sonando, cada vez más fuerte, el altavoz aullaba en mi oído y no podía soportarlo. Llevábamos varias horas de viaje, miré a mi lado y el hombre violento dormía sosteniendo a los dos niños de la mujer, ella estaba en el suelo. Por la ventana no se veía nada, estaba oscuro, no había ni un resquicio de luz, nos encontrábamos en medio del desierto. Entonces imaginaba qué pasaría si alguien se quedara allí abandonado por el autobús. Vagaría durante kilómetros y kilómetros de frío y oscuridad para que al amanecer el Sol le abrasase mientras caminara casi desmayado en busca de un osasis al que no llegaría jamás.

El autobús hizo una parada en un bar de carretera. Pensé que por unos minutos me libraría del Corán, pero al entrar en el establecimiento lo volvía a escuchar. Seguía sonando, y había momentos en los que la emoción del que rezaba llegaba al punto en que lloraba. Al volver al autobús apagaron la cinta y pusieron una película de los años 70: Tiburón. Hubo un momento en el que la censura, que teñía la pantalla del mismo negro que se observaba por la ventana, falló y dos chicas aparecieron en bikini. En ese instante se oyeron varios gritos provenientes de unas mujeres que se tapaban los ojos escandalizadas por la escena.

Al término de la película estábamos llegando, eran más de las doce, miraba al autobús y solo veía turbantes, pañuelos y mujeres escondidas bajo túnicas negras. Habíamos dejado la ciudad atravesando el desierto para llegar a un oasis que ahogaba a las mujeres.

Oasis Bahariya

3 comentarios »

  1. Joooooooooder, el Cairo. Tengo yo desde hace años intenciones de pisar allí. También quiero conocer Cuba desde hace muchísimos años, qué casualidazz.

    Esto de los velos, el corán y LaMujer me transporta a varios viajes que hice a Marocco y todo ello hace que se me remueva algo por dentro.

    Comment by chafandika — September 19, 2008 @
    2:43 pm

  2. Qué fuerte.

    Comment by Lol V — September 20, 2008 @
    9:22 am

  3. Chafandika, el Cairo es irrespirable por la mezcla entre polvo del desierto y contaminación, también infinitamente estresante y, personalmente, no me quedaría a vivir allí como hizo mi amigo. Me quedo con La Habana, aunque aún no haya estado.

    Comment by Silvia — September 20, 2008 @
    1:20 pm

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