El baile de Trinidad
No suelo soñar mucho (es decir, mis sueños no suelen ser dignos de recuerdo). Sin embargo, cuando tengo fiebre las pesadillas forman parte de mi pan de cada noche. Y he aquí una:
Caminaba por el pueblo extremeño donde veraneaba en mi infancia. Las calles estaban vacías y el Sol, como siempre, abofeteaba con fuerza. De pronto escuché una música. Era normal que en la casa de la juventud organizaran fiestas, así que pensé que sería una de ellas. Quería averiguar de dónde venía el sonido, que parecía de violines. Estaba segura de que era un acto organizado, pero la casa de la juventud estaba cerrada y la música no era muy moderna, sino clásica.
Continué caminando. Estaba atardeciendo, pronto se haría de noche y seguía sin ver a nadie. Sin embargo, la música cada vez sonaba más de cerca. De pronto pude ver una puerta entreabierta donde se podía vislumbrar a personas en movimiento. Entré. Efectivamente era una fiesta. Había mucha gente bailando, vestían de gala y la música que sonaba parecía el movimiento allegro del Invierno de Vivaldi. Me invitaban a bailar pero yo me negaba. Lo que deseaba era salir de allí. Hacía frío y la gente no hablaba, sólo se movían al ritmo de los violines. En la puerta había un hombre que impedía el paso.
Como no quería bailar intenté buscar a alguien que estuviera sentado para al menos pasar el rato. Entre el tumulto consegui ver sentada a una chica joven, muy delgada y de semblante serio. Me senté a su lado y le pregunté si a ella tampoco le gustaba bailar.
“Me encanta bailar”
“Yo lo odio”, le dije. Y se me ocurrió preguntarle “¿Si te gusta, por qué no sales a la pista?”
Sin cambiar su triste expresión dijo: “Cuando me operen”.
Entonces me contó que no podía andar, que cuando era pequeña tuvo una enfermedad tras la cual sus piernas empezaron a fallar. La historia me resultaba tan familiar que me asusté. Le pregunté su nombre mientras deseaba que no fuera el mismo que yo estaba pensando. Pero lo dijo: “Trinidad” .
Volví a mirar a los que bailaban: tenían ojeras, estaban cansados pero seguían bailando con la hipócrita sonrisa de aquel que la utiliza a modo de antifaz. Pero este no era un baile de máscaras veneciano, era un baile de muertos. Salí corriendo pero el hombre de la puerta me agarró. Me desperté.




