Luna roja en Laos

En un principio abrí este blog para recordar algunos de mis viajes. Pero ni siquiera inauguré tal sección en el mismo y pronto comencé a escribir sobre otro tipo de viajes, más internos. Así pues, hoy empiezo con uno medio externo. No voy a describir cada uno de los lugares que visité, más bien a la gente, y tampoco lo haré por orden de lugar y tiempo, sino según asalten mi memoria. Y hoy volvía a ella una fiesta budista en Laos.

En realidad fue la parte final de un viaje que había comenzado en Tailandia. Después de atravesar la frontera, primero a pie y después en una barcaza por el río, llegamos a Laos sin apenas control policial.

En el viaje nos acompañaban Ako, una japonesa que era mayorista y viajaba allí para comprar pulseras a bajo coste. No sabía mucho inglés, pero nos entendíamos. Me sorprendía que no utilizara apenas su cámara de fotos. No era la típica nipona, solía llegar tarde a cualquier sitio y era muy reservada, pero siempre sonreía. Le encantaba mirar al paisaje mientras navegábamos por el Mekong y apenas hablaba. También conocimos a Amparo, una señora colombiana afincada en Alemania que viajaba sola. Comenzó a hacerlo a raíz de un cáncer que superó hacía ya diez años. Era bastante egoísta y maleducada.

Esa noche celebraban una fiesta en el templo, que se encontraba en lo alto de una montaña, como la mayoría allí. Para llegar debíamos subir infinidad de empinadas escaleras de estrecho escalón. Al llegar a la cima estaba todo muy oscuro, había música y niños correteando, muchos niños. Lo primero que me sorprendió fue ver banderas comunistas ondeando en el templo, pues yo pensaba que la hoz y el martillo no casaban con la religión.  Era como ver un McDonalds en Cuba, aunque luego pensé que tampoco sería de extrañar.

Comunistas en Laos

Mientras en el interior del templo había un monje con el cual la gente hablaba sentada en el suelo, en los alrededores se escuchaba un gran alboroto. Los niños (algunos monjes) jugaban a los dos únicos juegos que ofrecía la feria: derrumbar con pelotas de tenis castillos construidos por botes, o lanzar dardos contra un mural plagado de globos de agua que rellenaban con una bomba de aire. El premio: un refresco de naranja embotellado.

Juegos

La feria contaba con una única atracción. Consistía en un viejo tiovivo en el que los niños se divertían, mientras, yo imaginaba los macroparques temáticos occidentales o las fiestas de pueblo donde algunos se preocupan por la seguridad de las atracciones. Desde luego ese tiovivo no transmitía ninguna seguridad, pero los niños se divertían, y también reían.

Tiovivo

Seguía sin saber el motivo de la fiesta. Me costaba imaginar a religiosos organizando ferias. Hablamos con el monje que estaba sentado dentro y le preguntamos sobre los pilares básicos sobre los que se asienta el Budismo (los monjes suelen saber inglés, incluso los laosianos). Básicamente vino a decir que pasan mucho tiempo meditando, hacían ejercicio, buscaban la iluminación que vendría al encontrar la verdad que tenemos dentro… dijo que en Occidente damos un valor a objetos como el dinero que para ellos no tiene, que nos estresamos y no tenemos tiempo para nosotros. En definitiva, que estamos locos. “Si mañana me tocase la lotería, no me alegraría”, dijo. Luego nos habló de que tienen cinco preceptos (parecidos a los 10 mandamientos)  y si eres monje has de cumplir cinco más.

Tras despedirnos del monje miré al cielo. La luna lucía tan roja como nunca la había visto y yo la miraba recordando las palabras del monje: “el estrés occidental, el miedo a llegar tarde, la gente que enferma de la mente, el dinero…” Y lo más importante, la obsesión por alcanzar una felicidad a la que no llegaremos mientras sea nuestro objetivo, quizás porque la base de la infelicidad se encuentra justamente en esa búsqueda.

Luna Roja

Cuando decidimos irnos nos cruzamos con Ako, que subía por las escaleras que conducían al templo. Llegaba a la Fiesta de la Luna Roja, otra vez tarde, y sonreía, al igual que los niños de la feria.

Nene Laosiano

El baile de Trinidad

No suelo soñar mucho (es decir, mis sueños no suelen ser dignos de recuerdo). Sin embargo, cuando tengo fiebre las pesadillas forman parte de mi pan de cada noche. Y he aquí una:

Caminaba por el pueblo extremeño donde veraneaba en mi infancia. Las calles estaban vacías y el Sol, como siempre, abofeteaba con fuerza. De pronto escuché una música. Era normal que en la casa de la juventud organizaran fiestas, así que pensé que sería una de ellas. Quería averiguar de dónde venía el sonido, que parecía de violines. Estaba segura de que era un acto organizado, pero la casa de la juventud estaba cerrada y la música no era muy moderna, sino clásica.

Continué caminando. Estaba atardeciendo, pronto se haría de noche y seguía sin ver a nadie. Sin embargo, la música cada vez sonaba más de cerca. De pronto pude ver una puerta entreabierta donde se podía vislumbrar a personas en movimiento. Entré. Efectivamente era una fiesta. Había mucha gente bailando, vestían de gala y la música que sonaba parecía el movimiento allegro del Invierno de Vivaldi. Me invitaban a bailar pero yo me negaba. Lo que deseaba era salir de allí. Hacía frío y la gente no hablaba, sólo se movían al ritmo de los violines. En la puerta había un hombre que impedía el paso.

Como no quería bailar intenté buscar a alguien que estuviera sentado para al menos pasar el rato. Entre el tumulto consegui ver sentada a una chica joven, muy delgada y de semblante serio. Me senté a su lado y le pregunté si a ella tampoco le gustaba bailar.

“Me encanta bailar”
“Yo lo odio”, le dije. Y se me ocurrió preguntarle “¿Si te gusta, por qué no sales a la pista?”
Sin cambiar su triste expresión dijo: “Cuando me operen”.

Entonces me contó que no podía andar, que cuando era pequeña tuvo una enfermedad tras la cual sus piernas empezaron a fallar. La historia me resultaba tan familiar que me asusté. Le pregunté su nombre mientras deseaba que no fuera el mismo que yo estaba pensando. Pero lo dijo: “Trinidad” .

Volví a mirar a los que bailaban: tenían ojeras, estaban cansados pero seguían bailando con la hipócrita sonrisa de aquel que la utiliza a modo de antifaz. Pero este no era un baile de máscaras veneciano, era un baile de muertos. Salí corriendo pero el hombre de la puerta me agarró. Me desperté.

Wilbur se quiere suicidar

Aunque el título de esta película no suene muy alegre, tiene algunos tintes humorísticos. En realidad es todo un drama, pero a mí personalmente me encantó.

El director es danés y narra la historia de dos hermanos, uno optimista y otro de tendencias suicidas, que se enamoran de la misma mujer. Muy didáctica.

Esta noche la emiten en La 2.


Las muñecas rusas

Me entero ahora de esto, justo cuando los pocos aparatos que tengo se cargan con toma de corriente (salvo el mando del televisor que no uso). ¿Por qué no nos enseñaban esto en el colegio?


Y hay más


El último


Removiendo el café

Estoy sentada en el Café Barbieri frente a una taza, dando vueltas a una cuchara en el sentido de las agujas del reloj. Suelo pedir dos sobres de azúcar y procuro que éste sea moreno. Es necesario que la cuchara realice varios giros para poder diluirlo en la amarga cafeína.

Al levantar la vista de la mesa miro alrededor. En frente hay un chico con gafas de pasta. Sobre la mesa descansa Anna Karénina abierto por una página que se encuentra más cerca del fin que del comienzo de la obra. A su izquierda dos chicas charlan, una parece preocupada, la otra inventa excusas para calmar su tensión.

La camarera, que parece una estudiante Erasmus proveniente de algún lugar del norte europeo, se acerca al chico de las gafas. Le pregunta, con un español no muy logrado, qué va a tomar. No escucho lo que quiere. La Eramus lo apunta en una libreta de hojas carcomidas y se vuelve a la barra. Puede que lleve apenas unos meses aquí, que estudie ciencias o letras en la universidad o que haya venido a trabajar a este país en busca de los días de sol que no disfruta en su país, o de noches despejadas que le permitan observar la luna. Pero también puede que no busque nada que se encuentre en el cielo, sino en la tierra.

El chico de gafas de pasta dirige la mirada al libro. Parece tímido. Es posible que en su casa se apilen los libros sin ningún cuidado, porque seguramente el chaval sea desordenado. No debe vivir lejos de aquí.

Las chicas siguen charlando cuando entra por la puerta un viejo con pelo largo. Le conozco. Hace tiempo que no le veía. Solía acudir a las conferencias republicanas y enfadarse en el turno de preguntas, aportando un punto de vista normalmente algo contradictorio. La última vez que le vi fue en una charla del Ateneo organizada por Ciudadanos por la república. No sé que edad tendrá, parece soltero y tiene el rostro serio.

La camarera Erasmus sirve un café al chico del libro de Ana Karenina.

Vuelvo a las chicas. La que tiene el “problema” busca algo en el bolso. Saca un móvil, sonríe y le enseña la pantalla a la otra. Comienzan a reír. El viejo del pelo largo las mira con semblante extrañado y el gafapasta le observa. Mientras, buscan a la camarera Eramus para pedirle la cuenta. El viejo dirige su mirada a mí y yo vuelvo la vista a la taza.

Sigo dando vueltas al café como la tierra sobre sí o como las vidas sobre las personas, qué más da. Porque la vida no es más que vueltas, no es un camino, sino continuas rotondas. Y no es que el ser humano sea el único animal que tropieza dos veces sobre la misma piedra, sino que es el único que desea que esto suceda, pues más vale piedra conocida en la que tropezar que barranco por el que resbalar. Y basta ya de refranes que nunca fueron mis amigos.

El círculo que dibujaba la cuchara crecía como crece el de nuestra perspectiva cuanto uno quiere, y en ese momento se abría hasta al siglo XIX, cuando en ese lugar a esa hora, un grupo de personas discutían sobre un proyecto, una novela o un “problema”. Mientras, otros les observaban y escribían aquello que veían en un bloc de notas.

La mejor juventud

Fue una de las películas que más me marcaron. Aunque no mucha gente la ha visto, siempre la recomiendo. Pero pocos me han hecho caso debido quizás a las seis horas de duración de la cinta. A mí se me hicieron cortas, es más, fui a verla una segunda vez a la Filmoteca.

Para contar en pocas palabras la película, narra la vida de dos hermanos, Matteo y Nicolla, desde que acaban la facultad en los años 60 y deciden ir a Noruega, hasta su madurez en la actualidad. Quien haya visto Novecento, de Bertolucci, podrá hacerse una ligera idea de la dinámica de la película.

Matteo y Giorgia estaban locos, cada uno a su manera. Ella vivía en una burbuja de cristal con nieve, él simplemente no quería vivir. En el vídeo, la canción que Giorgia le pide a Matteo es ‘A chi’ (¿A quién?), de Fausto Leali, y dice algo así:

Ma forse un po’ della mia vita è rimasta negli occhi tuoi.

(Pero quizás algo de mi vida se haya quedado en tus ojos)


Sufrimiento, lucha y traición

Corrió tras ella al término de la clase.

- "Tengo una cosa para vos"
- "¿Si? ¿Y qué es?"
- "Una Poesía"
- "Esto… muchas gracias"

Víctor amaba a Carolina, era un romántico del siglo XIX, enamorado de la poesía y la expresión sentimental. Carolina amaba a Manuel, miembro del colectivo clandestino de tintes marxistas al que pertenecía, y novio de Andrea, su mejor amiga.

Carolina veía a Víctor como un adolescente que, aún sin madurar, seguía enamorándose como sólo es posible hacerlo con esa edad. El pragmatismo de ella chocaba con el irracionalismo de él, era una revolucionaria que luchaba contra la dictadura y prefería la acción rebelde a las palabras indefensas.

- "¿Qué hacei esta tarde?", le preguntó Víctor.
- "Hoy hay asamblea en el colectivo", debatiremos el contenido de unas octavillas que repartiremos la semana que viene en la facultad. ¿Venís?"
- "He de estudiar. Por otro lado, creo que deberías dejar el colectivo, es peligroso"
- "¿Ah sí? mejor me quedo llorándole al vacío como haces tú, sin mover un sólo dedo, mientras los demás luchamos por tu futuro".

Víctor se sintió atacado. Él pertenecía a un club de literatura donde pasaban largas veladas, no debatiendo sobre la redacción de ninguna octavilla, sino comentando el último libro de Cortázar o Vargas Llosa.

- "Siempre fuiste un burgués y en el fondo Pinochet te aporta comodidad"
- "Eso no es cierto. Sólo creo que no hay nada que hacer contra el régimen militar. Ellos tienen las armas"
- "Y nosotros la razón"
- "La razón no gana a sus pistolas", contestó Victor tras breve una pausa.
- "Con gente como tú y los de tu club desde luego que no. Pero hazme caso, nuestra valentía y sueños no caben en vuestras poesías". Pronunciaba esas palabras mientras abría el papel donde la tinta azul de una vieja pluma dibujaba la poesía que Víctor le entregó. "sólo sabes escribir bobadas".
- "Son sentimientos"
- "¿Sentimientos? ¿Quieres ver lo que son sentimientos?" Carolina rompió la poesía y se la tiró a la cara al tiempo que le decía: "Esto es ira, ira hacia los intelectuales burgueses como tú, individualistas que no sabéis más que ahogar su rechazo a Pinochet en neutrales y cómodas reuniones de intelectuales ¡sois unos cobardes!"

Los ojos de Víctor mostraban una mezcla de humillación, rechazo y acusación.

- "Y ahora me voy al colectivo. Saluda de mi parte a los memos del club literario y diles que sigan así, que no se preocupen, mientras tanto nosotros lucharemos por ellos". Se montó en la vieja bicicleta y le dejó plantado sin decir adiós.

Víctor observaba su figura perdiéndose en el horizonte mientras pensaba que tenía razón, que no era más que un cobarde, capaz tan solo de escribir inútiles poesías que le ensimismaban, separándole de la realidad de su país, un país que sufría, como lo hacía él por Carolina o como lo hacía Carolina por Manuel. Su historia, como la de todos, era una historia de traiciones. Carolina traicionaba a su mejor amiga al amar en secreto a su novio. Manuel, junto al resto de compañeros, traicionaba en la clandestinidad al régimen y ahora Víctor descubría el secreto de su propia traición: la asistencia a actos marxistas, no por convicción política, sino en busca de la mirada de Carolina. Y mientras se traicionaban, al mismo tiempo, todos estaban luchando.

Esa noche unos desconocidos entraron en casa Carolina, nunca nadie volvió a saber de ella. Hoy Víctor la recuerda desde su casa de Santiago de Chile, mientras comparte cama con un muerto que goza de buena salud.

Ĉu vi parolas Esperanton?

Esperanto

Cuando llegaron al colegio explicándonos en qué consistía, a mí me pareció una idea maravillosa. No entendía por qué teníamos que estudiar todos el idioma de los americanos, tan feo e insípido, nada que ver con el francés o italiano.

“Es un idioma mucho mas justo porque se crea sobre la base de una mezcla de varios idiomas”, esas palabras resonaron en mi cabeza y salieron por mi boca durante años. También nos dijeron que “es un lenguaje simple que se tarda muy poco en aprender”. Para empezar, toda palabra se pronuncia del mismo modo en el que se escribe. Sin embargo, no recuerdo ni una sola palabra desde que leyera el manual que nos entregaron aquel día.

El Esperanto, que no representa los intereses de una sola potencia, ni la hegemonía de un solo país, fue perseguido y prohibido por los nazis, pues Hitler creía que formaba parte de una conspiración judía. Stalin lo declaró la “lengua de los espías”, creyendo que con ella podrían conspirar contra la URSS y ejecutó a algunos esperanto hablantes. Por ello, resulta paradójico que McCharty en su Caza de brujas los persiguiera por considerarlos comunistas.

Parece un idioma fácil, en la mezcla predominan las lenguas europeas. Por ejemplo, los días de la semana se recogen del francés: lundo, mardo, merkredo, ĵaŭdo, vendredo, sabato y dimanĉo; las partes del cuerpo del latín: hepato, okulo, brako, koro, reno… y las unidades de tiempo del alemán: jaro, monato, tago… Pero últimamente se incorporan términos de otros países para equilibrar.

Es interesante hacer una visita a Lernu , una comunidad en castellano que te ayuda a aprender el idioma y que tiene hasta el chiste del día en esta lengua. Han organizado su primer encuentro dentro de unos días en Modra-Harmónia, Eslovaquia.

Durante años intenté que mi contacto con el inglés fuera mínimo, escuchaba música en cualquier idioma, ya fuera portugués, vasco, francés, italiano e incluso ruso y árabe; aprendía otros idiomas, pero nunca la lengua del imperio. Era mi venganza. Sin embargo, en mis viajes al extranjero sentía que si no encontraba a algún francés, italiano o portugués, me costaba horrores entender lo que decían. Por eso sucumbí. Mañana comienzo otro de mis cursos intensivos de inglés, esos a los que sólo voy los primeros días y durante los cuales acabo durmiendo.

“Son tan insignificantes los sacrificios que todo hombre debe realizar para aprender Esperanto, y tan inmensos los beneficios que de ello han de resultar, que nadie debe sustraerse de hacer ese estudio”.

León Tolstói