La diversidad igualada en el imperio de la “tolerancia”

Cuadernos Rubio 

“¿Qué estás mirando por la ventana? La clase está aquí”. La profesora siempre le hacía la misma pregunta. Cuando no estaba observando a la gente que a diario pasaba a la misma hora por la misma calle, miraba el reloj esperando que las manillas indicaran el final de la clase.

Siempre había que escuchar las órdenes del profesor que con energía les explicaba los nuevos conocimientos. No había lugar para el debate. Se podía preguntar, pero cuando la duda era considerada demasiado enrevesada, ni siquiera se molestaban en contestarla. Detrás de toda mentira comprensible se hallaba una verdad incomprensible que no teníamos por qué saber.

Todos llevábamos los mismos libros, los mismos cuadernos y nos obligaban a escribir igual, tu letra debía tener la misma grafía y te ordenaban ensayarla por medio de unos cuadernillos verdes.

Los exámenes eran los mismos para todos y con ellos separaban a los "válidos" de los “no validos”: eres apto para continuar y si no lo has aprendido deberás hacerlo de nuevo hasta que lo interiorices.

Si hablas en clase, deberás copiar 200 veces “No debo hablar en clase con mis compañeros, porque esa actitud entorpece la impartición de la asignatura tan importante para nuestra formación” (era curioso cómo se contaban minuciosamente las frases como si el profesor se fuera a molestar en descubrir que había 180 en vez de 200).

Con todo aquello, los niños aprendieron la lección. Si alguien no era como el resto, se le marginaba, como aquel niño que era el único en clase de gimnasia rítmica, la niña que quería jugar al fútbol o aquella que hacía demasiadas preguntas y llevaba la contraria a todos.

La sociedad occidental ha ido exterminado el peligro de la diferencia para transformarla en di-versidad, teniendo en cuenta su etimología: "di" es separar y "vertere" verter, es decir: separar los vertidos que se tiran en el mismo contenedor.

De pronto aumenta la sinonimia y disminuye la polisemia, y eso lo aprendemos desde la escuela, y es así como logramos utilizar una obediencia mecánica, porque, ya hemos olvidado las razones que nos empujan a obedecer. Algunos han ido contracorriente pero también otros han intentado adaptarse arrastrados por la presión social.

De momento la inmensa mayoría tiene una vida de patatas: nacen, crecen y mueren en el mismo huerto. El deseo de la estabilidad laboral se plasma en el aumento de personas que quieren acabar como funcionarios obedeciendo a un Estado, sea cual sea su Gobierno, del mismo modo que lo hicieron cientos de funcionarios alemanes que de 1933 a 1945 siguieron con su trabajo de forma normal. Pero no sólo los  funcionarios, sino toda aquella gente que marginó a aquellos que se señalaban como diferentes por el Estado, como hace la escuela cuando señala al diferente escondiendo su actitud bajo un manto de palabras de igualdad y tolerancia.

Te preparan para una economía de mercado en la que tendrás que competir, sacar mejores notas que tu compañero de trabajo para así ascender en tu puesto o serás castigado, despedido.

Decía Ciorán que la docilidad convierte a los hombres en "aspirantes a la dignidad de monstruos".