Déjame entrar

Tenían la piel del color de la nieve y un enorme interés de no mancharla con la suciedad que les rodeaba. Vivían en una burbuja de cristal que abandonaban de noche para renovar el oxígeno que por el día les asfixiaba y siempre llevaban gafas oscuras para protegerse de la luz del sol.

No tenían vida. Dejaron de tenerla cuando la dedicaron en exclusiva al cuidado de la misma. Leían los mismos libros y tenían los mismos sueños. Cuando de noche la tormenta les despertaba de un sobresalto, todos se abrazaban con cuidado de no mancharse, mientras rezaban juntos para que se alejase el monstruo que les quitaba el sueño.

Un día y otro repetían sus perfectas vidas como obreros dispuestos en una ejemplar cadena de montaje. Eran capaces de recitar de memoria sus días para de noche escribir poemas que nadie más sabía.

Su colección de recuerdos la tenían escondida en una caja de metal. El secreto mejor guardado de cada uno de ellos lo conocían todos los demás. No hacía falta abrir una caja que en realidad siempre estuvo abierta, como no hace falta preguntar nada cuando sabes de sobra la respuesta. Ese era el motivo por el cual ya nunca hablaban, la rutina delegó al olvido lo que antes era curiosidad y ahora la mantenían en forma de misterios prefabricados envueltos en papel transparente.

Sus sueños bailaban en perfecta armonía por encima de sus cabezas. A veces se daban la mano y otras veces discutían con la propia mente que los había modelado. Sabían que el mundo era fruto de un juicio donde la vida cumplía condena desde el día de su nacimiento, pero también sabían que no fue otro sino el monstruo de la sinrazón quien interpuso la denuncia en el más alto de los tribunales mundanos.

Y así fue como ellos mismos decidieron cumplir condena en una cárcel de cristal, un lugar donde protegerse mientras esperaban un perdón que les permitiera de nuevo volver a mirar el sol.

 

Pinceladas para un mundo nuevo

mafalda

Laura tiene 7 años y no sabe por qué el sol aclara el cielo de los días y oscurece la piel de las personas. Tampoco sabe por qué se apaga cada noche como la luz de su dormitorio y se despierta con ella para ir al colegio.

Cuando no duerme pasa horas frente a un globo terráqueo de esos que dan vueltas como una peonza y se paran con el toque de un dedo acusador. Consume tardes enteras descifrando por qué algunos países tienen el mismo color, por qué Chile se rompe en mil pedazos al sur o por qué el único país blanco es Groenlandia.

Hay días en los que se entretiene buscando el país más pequeño del mundo. Quitando el polvo descubrió la Unión Soviética, sacando brillo conoció Estados Unidos y matando un mosquito se plantó en Iráq. No sabe que hay guerras, ni que África se desangra y se muere de hambre, como tampoco sabe que ese país blanco se derrite, ni que en Buthan las mujeres aún no pueden votar. Y qué más da, si eso nadie lo sabe, nos preguntamos nosotros.

Un tarde de lluvia, harta de no entender la rectitud de ciertas fronteras, sus colores y tamaños, quitó el polvo de sus acuarelas y comenzó a mezclar con cierto enfado. Como si la lava de un sólo volcán hubiera barrido el mundo, la niña pintó la tierra de un solo color. 
El padre, un poco autoritario pero buena persona según decían, se disgustó tanto al ver la obra de la pequeña que la ordenó limpiar su desastre y no parar hasta que todo volviera a su orden.

Cuentan que esa noche los sollozos de la niña incordiaron el sueño de la vecindad, cuentan que esa mañana el padre encontró el mundo hecho pedazos.­ Laura, con ojos de alguien que no ha dormido y mirada de una resignación que está despierta, dijo: "Logré quitar toda la pintura".

Ese fue el primer día que el sol no se despertó con ella.

Creamos un mundo dividido en equipos que se enfrentan en la más alta de las competiciones posibles. Luchan por colgarse la medalla de la crueldad y saben que no hay bronce ni plata, que en el planeta de la competetitividad no hay segundos premios, sino perdedores que rezan a un Dios que no existe para poder vengar algún día la victoria de los asesinos.

"Hay niños que pintan un mundo nuevo, hay mayores que lo destrozan", dijo un anciano mientras cerraba este cuento que le leía a su nieto.

Disculpe, he tropezado

Atar cordones

Nadie conocía a nadie. Se cruzaban cada día y no se saludaban, se tropezaban con los cordones de sus zapatos y no se los anudaban. Seguían cayéndose y a nadie le importaba. Se habían llevado los bancos de los parques para evitar que las conversaciones transcendieran más allá de la intimidad, los bares eran grandes cadenas y los teatros tenían nombres de marcas de helado.

Vivían en un mundo en el que los países se habían convertido en cárceles. Construyeron muros con paso bidireccional, donde la salida estaba permitida y la entrada vetada. Los países no querían habitantes, les sobraban. Existía gente que lo había intentado todo, pero tierra, mar y aire estaban blindadas y el viento soplaba en contra de los ilusos. Cada uno tenía un sello, una denominación de origen que sería el salvoconducto con el que cruzar eso que todavía llamaban frontera y comienzo del fin de sus ilusiones.

Hacía tiempo que la gente no ayudaba a los demás. No tenían tiempo. Su única preocupación era pisar por el buen camino y no tropezarse con los cordones de los zapatos que nunca ataban. Si se caían, alguien les había puesto una trampa. Si conseguían dar un paso sin tropiezo, el triunfo era suyo.

Y así pasaban los días, dando vueltas sin rumbo entre empujones, golpes en el suelo y culpas a los demás. Nunca había disculpas. Una tarde el mayor de todos ellos gritó a la multidud: “Atadme los cordones, por favor”.

“No sabemos como hacerlo”, le contestaron.

Esa noche cerró los ojos y soñó que lograba anudarlos y salir corriendo. A la mañana siguiente despertó y sus cordones seguían desatados. Ese día salió descalzo a la calle.

Un país coloreado

Colores

Tengo amigos de esos que te obsequian con un pequeño souvenir cuando regresan de algún viaje y tengo otros que me sorprenden con un regalo del país en el que viven. Resulta que el protagonista de este relato forma parte del segundo grupo personas.

Es curioso ver cómo la gente regala estos pequeños objetos que hacen referencia a un lugar, una cultura o unas costumbres y sin embargo nunca son capaces de regalar algo que se refiera a ellos mismos. Parece como si les fuera sumamente complicado el hecho de definirse a través de un objeto tan sencillo como pudiera ser La Torre Eiffel. En cualquiera de los casos posibles, estos defectos del ser humano no tienen sentido en este relato, el cual más trata sobre las profundidades del subconsciente social, verdadero leitmotiv culpable de las líneas que en estos momentos escribo y que tiene como protagonista a mi amigo y su extraño país.

Salía a las 3 de clase de solfeo así que le esperé en la puerta para disfrutar de un café descafeinado donde me contaría en Arial black un breve resumen de su vida. Excluyendo cursivas y subrayados de su relato,  mi amigo narró con la mayor objetividad posible lo que para muchos sería la historia de una farsa: Nuestro amigo vivía en una ciudad de colores. Sí, han oído bien, resulta que no era esta una ciudad de cemento gris ni mucho menos. En este lugar todo, absolutamente todo, estaba pintado.

En un principio se tomó como un juego. Un grupo de jóvenes amantes del arte urbano comenzó a estampar dibujos para alegrar los tristes muros de los aburridos edificios: soles, prados, playas… Todo lo que esta ciudad no tenía, ellos se encargaban de pintarlo.

La idea tuvo una fuerte acogida entre la población, con lo que en tan solo unos meses el mismísimo presidente decidió cambiar de color su bonito palacio presidencial. “No lo pintó él, sino los pintores oficiales de Gobierno”, aclaró mi amigo. Ministros, diputados y reyes emularon al mandatario y vistieron con elegantes tonos sus lujosas moradas de yeso blanco. “¿Había reyes?” interrumpí a mi amigo sorprendida “Sí, claro que había reyes, mi país es lo más parecido a un cuento medieval”.

A partir de ese momento elevaron a rango de Ley lo que en un principio comenzó siendo un entretenimiento callejero. Todo aquel que no pintara los elementos más visibles del mobiliario urbano, estaría comentiendo un terrible delito. No contentos con el adorno de los hogares, decidieron comenzar a dar unas pinceladas a otras materias más o menos naturales, más o menos maquillables, más o menos disfrazables.

Así fue como los propios habitantes de aquel extraño país comenzaron a pintarse. Algunos llegaron incluso a inyectarse tintas bajo la piel, de tal modo que aquellos dibujos, cuyo significado era patrimonio exclusivo de aquel que lo portaba, perduraran para la posteridad.

Acabaron pintándolo todo, no dejaron nada: los prados se volvieron azules, las playas rojas, la tierra verde. “¿y el cielo? ¿pintaron el cielo?”, le pregunté. “El cielo estaba demasiado lejos”, me contestó apenado.

Me entregó el souvenir que iba envuelto en un papel de llamativos colores y se marchó. Cuando llegué a casa retiré el envoltorio y lo descubrí: No era más que un pincel sin utilizar en el que venía grabado el nombre del país. Un nombre que jamás pude ver, pues la capa de pintura que lo cubría era demasiado gruesa.

El hombre que no podía dejar de sonreír

sonría, por favor

A pesar de que el título puede conducirnos a engaño, el protagonista de esta historia no es más que un lisiado de la carcajada, un pobre humano huérfano de tristeza y desamparado de expresiones que se enmarquen más allá del terreno de la alegría.

Y es que esta es la leyenda de alguien que en cualquiera de la situaciones posibles mostraba la mejor de sus sonrisas: chistes malos, malas noticias, serias discusiones… era tal su impertérrito rostro que llegó a ver perder a su equipo en la final del mundial de fútbol mientras gritaba entusiasmado “¡No puede ser!”

Pero nos es menester añadir que no era la suya una sonrisa estática, cualquiera que bien le conociera podría afirmar que su feliz semblante poseía un complejo abanico de felices variantes: aquella fría pero compasiva, esa otra más perspicaz al viejo estilo Humphrey Bogart…. combinadas siempre todas con su en ocasiones inteligente y despectivo esbozo de felicidad. Estas incómodas situaciones colocaban a sus interlocutores en un comprometido papel. “Y que le vamos hacer..”, solía decir nuestro protagonista con gesto alegre,“…si resulta usted ser un completo idiota”.

Retomando años pasados, todos sabían que esta excusa le acompañaba desde su más tierna infancia, cuando sus padres, perplejos, descubrieron que su hijo, al que bautizaron con el nombre de Feliciano, no lloraba de risa. Tras diferentes y exhaustivos exámenes los médicos no tuvieron más que concluir que “Lo suyo era psicológico”. A lo que el niño espetaba con semblante de satisfacción: “Mamá, papá, no estoy de acuerdo con los resultados”.

Con las mujeres comenzó a tener algunos pequeños problemas cuando estas procedían a comunicarle el final de una relación conyugal. El pobre Feliciano no podía sino responder con una profunda carcajada, al tiempo que añadía con expresión de júbilo: “Esta explosión de felicidad no significa que no te quisiera, querida”.

Odiaba los fotomatones y aún más el momento en el que la ocurrente máquina terminaba sugiriéndole un “sonría, por favor”. Era ahí cuando nuestro amigo no podía sino acentuar envalentonado su ya tatuada sonrisa, pues él era consciente, como ya le habían dicho los dentistas, de que “tenía una sonrisa preciosa”.

Llegados a este punto nos preguntaremos todos en qué trabajaba nuestro simpático personaje y muchos concluirán que la profesión de payaso sería la más recomendada para su extraño y esperpéntico caso. Sin embargo, su futuro profesional se encaminó por otros cauces, llegando a acabar trabajando como administrativo en una oficina de empleo. Cada día recibía con una amplia sonrisa en la boca a las personas que, habiendo sido despedidas, venían solicitando una prestación. Él solía atenderles amablemente y con gran entusiasmo les despedía con un: “faltan algunos papeles, vuelva mañana”.

Y así fue transcurriendo la vida de nuestro dicharachero amigo hasta que un buen día decidió dejarlo todo para marcharse a un lugar donde la sonrisa no estuviera mal vista y donde poder disfrutar en paz de un minuto de inexpresión.

Aún sigue buscando sin perder su inmortal gesto de felicidad.

Tres vidas y un tren

 Siberia

Se durmió sin quererlo con el continuo balanceo que provocaba el roce de las viejas ruedas con las férreas vías del tren. Una fría caricia en su pelo la despertó sin avisar. Se había dejado abierta por descuido la ventana del compartimento, la misma por la que hace un rato observaba el gélido paisaje Siberiano y por donde ahora se colaban los pensamientos que la llevaron a ese lugar.

Atravesar el interior de la antigua Unión soviética se había convertido en algo simbólico para alguien que lo había dejado todo y tan sólo llevaba consigo una maleta en la cual ya no le quedaba NADA. Ni si quiera le habían pedido el billete cuando escuchó por el altavoz, en un ininteligible ruso, la próxima parada: Irkutsk, el lugar en el que pasaría aquella noche.

Bajó del tren con su maleta, se anudó la bufanda al cuello, cubrió su cabeza con un fuerte gorro y vistió sus finas manos con unos robustos guantes. En verdad su equipaje no era pesado, como ya hemos dicho no llevaba NADA, de modo que la chica se movía con relativa soltura por la resbaladiza nieve. Al tiempo que caminaba observaba perpleja aquel lugar desértico, sin apenas vida a la vista y dónde solo se alcanzaba escuchar al viento pasear a sus anchas en cualquiera de las direcciones posibles.

A pocos metros de la estación encontró un viejo hotel que parecía abandonado. En la placa de aquel viejo edificio soviético no se podía leer nada entendible para ella, pero hubo algo que sí logró comprender: aquel anciano que se encontraba en la entrada, sentado en una silla anclada a la nieve y bebiendo de un vaso vacío, donde quizás alguna vez hubo vodka.

Como si de una revelación se tratara, supo que ella y su maleta VACÍA, aquel anciano y su vaso VACIO, y aquel país y sus entrañas VACIAS, tenían mucho, mucho en común. Y fue en aquel momento, y sólo en él, cuando se cruzaron tres vidas que había unido el tren y que el gélido viento de Siberia del Este fusionaba en una sola.

Alegoría de la ignorancia

sombras

Tenía la sombra de otro. Un día de esos en los que estuvo más atento de lo habitual lo había descubierto. No era él aquella silueta oscura que se dibujaba en el suelo y que siempre le acompañaba, ya fuera a Siberia o Madagascar, a Tasmania o al Yukon. No sabía cuánto tiempo llevaba a su lado, siguiéndole hasta el lugar más recóndito por el que había pasado. Solo sabía que ahí estaba y que él no era su dueño.

Desde aquel día su vida no volvió a ser la misma. Comenzó a revolver entre antiguas fotografías intentando encontrar el momento exacto de aquella transformación fatal. Sin embargo, la perspectiva con la que habían sido tomadas las fotografías parecía no servirle y cuando le servía, el cielo estaba demasiado nublado. Y eso es lo que él ahora buscaba, un cielo nublado que le librara de la carga que suponía tener que explicar que tienes la sombra de otra persona.

Empezó a sentirse incómodo desde el primer día que lo supo, pero esa incomodidad se transformó en humillación el día en que los demás se dieron cuenta. “Disculpa, Carlos, pero esa sombra…” “Lo sé”, solía interrumpir, “me acompaña cada día, pero no sé de quién diablos es”.

En fin, Carlos, que siempre había sido un chico normal, se había convertido en objeto de sorna por parte de una sociedad que ahora le excluía. A veces se preguntaba si el dueño de aquella sombra tendría la suya. Soñaba con que algún día se encontrarían y por fin las figuras estarían con sus verdaderos dueños. Pero, no nos vamos a engañar, en el fondo sabía que eso nunca ocurriría.

Amargado y despreciado, atento de pisar allá donde el sol no apuntaba, un buen día descubrió que las noches no eran tan seguras, ya que la luz artificial alumbraba en el interior de los edificios. Y él, que había pensado pasar el invierno en Noruega y el verano en Patagonia, o quizás buscar un trabajo de noche para poder mostrar un aspecto normal ante la sociedad, se daba cuenta de que la luz artificial volvía a ponerle en aprietos.

Sin embargo todo cambió cuando un buen día encontró la solución a su terrible problema: “Ya que ella no puede ser como yo, seré yo el que sea como ella”.

Y así fue como Carlos se convirtió en quien no era, para poder ser otro en el mundo de las sombras, o como diría Platón, en el soterrado mundo de las apariencias, donde huimos de un sol que nos ciega, impidiéndonos ver la realidad más profunda y completa, causa y fundamento de las apariencias sensoriales.

Dulce Suiza

Hoy hace un año que volví de Argentina y aún no descargué las fotografías que de allí me llevé. En ese año que me separa de aquella vuelta he visitado algunos países como Austria, Italia, Suiza, Grecia o Turquía. Pero hoy voy a hablar de Suiza, el país del chocolate, los bancos, los Alpes y los organismos internacionales. Recuerdo una noche pasar por los chorros de agua intermitente que tiene instalados la sede de la ONU a su entrada, mientras corríamos para que no nos mojaran por sorpresa cerca de una silla gigante a la que le faltaba una pata. Entonces pensé que si tentabamos mucho a la suerte acabaríamos mojándonos, paradójicamente algo que nunca le ocurriría a la ONU. A la salida del edificio, pueden sacar, previo pago de una alta comisión, el dinero que deseen en uno de los millones de cajeros que se reparten por el país.

El depósito de libros mudos II

Ver la Primera parte

Esa mañana el sol derretía las hojas de los árboles y el rocío caía sobre los finos charcos que yacían en el suelo, formando un espejo en el que nuestro protagonista podía advertir su ya cansado rostro.

Aquel día el viento parecía haber migrado a otro lugar, del mismo modo que lo hacía nuestro amigo en este viaje sin destino que la vida le ofrecía en bandeja de bronce, como ese desayuno que nunca esperamos recibir en la cama al despertar, pero te llena el estómago tan solo de imaginar.

El escritor, como solía ser habitual en él, hoy tampoco había desayunado. Paseaba con su libro bajo el brazo, buscando uno de aquellos árboles bajo a los que a uno le dan ganas de leer o escribir, e intentó comenzar la lectura no sin antes observar ese inmenso cielo por el que sobrevolaban mil y un pájaros.

“Se ha escrito mucho sobre el cielo”, pensó. “Para unos el Paraíso, para otros puerta de salida del planeta. Para mí, la ceguera”. Esos espectáculos que la naturaleza ofrecía gratuitamente le robaban la visión de la misma manera que lo hacían las hojas que ahora intentaba leer en vano.

Al abrir el libro notó que el ave deshilachada que estaba bordada en el lomo había desaparecido. Miró al cielo e imaginó que habría volado con los demás pájaros como también lo habrían hecho las letras. Estupideces que se le ocurren a uno cuando no ha tenido una noche tranquila, pensó. Le costaba conciliar el sueño y durante el día sus párpados se desplomaban para desplazarle hacia un sueño que parecía casi real.

Comenzó la lectura y, tras varios minutos paralizado ante las páginas en blanco, se preguntó qué demonios hacía allí ¿qué hacía sosteniendo ese libro entre sus manos? Estaré perdiendo vista, o quizás nunca la tuve, se preguntaba. El viejo escritor, por primera vez en mucho tiempo se dedicaba unos minutos, esta vez no leía a otros ni escribía para otros, ahora él era el protagonista de una historia que se le presentaba ajena y narrada en la lejanía por un novelista amateur.

Escritor oficial y aprendiz de su propia vida, en eso se había convertido. No sabe como ni por qué pero en este instante medita sobre algo en lo que nunca ha reparado. Acaba de caer en la trampa tendida por aquellos silenciosos libros, que con la blancura de sus páginas pintan su anciana mente de vagos pensamientos hasta ahora enterrados bajo una losa de robustas letras.

Pronto concluyó que aquello no era un libro, era el diario que nunca se dedicó.

El depósito de libros mudos (Primera parte)

libros mudos

Tenía un trozo de papel en su mano derecha y su cuerpo giraba a la izquierda en dirección a la única biblioteca con la que contaba la ciudad. Algunos decían que era un viajero fanfarrón, otros lo llamaban coleccionista de impresiones, pero él solía referirse a sí mismo como “un viejo escritor de costumbres”.

Hoy llegaba a aquella extraña ciudad en busca de algo qué leer, algo en qué basar sus más ansiados escritos, esos que luego teñiría de mil anotaciones con el fin de adornar su creación maestra.

Al entrar en la biblioteca avistó tres grandes estanterías y pronto comenzó a pasear su mirada por la que estaba en el centro, que también era la más grande del habitáculo. “Los libros parecen ser aún más antiguos que el propio lugar en cual descansan”, pensaba mientras paseaba por un lúgubre pasillo de suelo rallado y ambiente polvoriento.

Dio un par de vueltas más hasta tomar entre sus manos uno de aquellos ejemplares. Lo hizo al azar pues no veía en el lomo ninguna inscripción que le aportara pista alguna sobre su contenido, de modo que al abrirlo comenzó a balancear páginas de un lado a otro. Nada había escrito, sólo hojas en blanco. “Qué raro”, pensó. Tomó otro y otro, hasta veinte ejemplares cayeron en sus arrugadas manos mientras la misma escena se presentaba ante sus ojos: páginas en blanco de libros sin autor, sin título ni editor, sin nada perceptible a la vista.

En ese instante echó una mirada a su alrededor, los usuarios de aquella biblioteca, que él mismo acababa de bautizar como “el depósito libros mudos”, iban recogiendo sus libros sin dilación. Algunos escogían los del estante superior, otros necesitaban flexionar sus rodillas para alcanzar los de la parte baja, mientras él observaba a toda aquella gente con una mezcla de admiración y desconfianza.

Sin pensarlo, el escritor, que se llamaba a sí mismo de este modo para que pudieran situarle en la homenajeada comunidad de fabricantes de letras, preguntó al bibliotecario qué demonios estaba pasando, por qué la gente tomaba prestados esos libros vacíos, qué clase de locura era aquella.

“Así que vacíos… ¿de verdad que no puede ver nada?”. El afamado escritor, indignado por la insolencia y menosprecio con el que el responsable de la biblioteca le había tratado, sintió tocado su orgullo de intelectual y se giró con semblante irritado hacia la puerta de salida.

“¡Llévese uno, en 15 días le dará tiempo a leerlo!”. El escritor se dio media vuelta y tras pensar durante un minuto (que para él fue corto pero que el bibliotecario interpretó como un fuerte signo de indecisión) se dirigió de nuevo a la estantería central. Escogió un libro que tenía la cubierta de un color azul cielo, no tendría más de 50 páginas y en cuyo lomo había bordado un pájaro ya deshilachado.

“Me llevo este”
“Una gran elección, sí señor. Le gustará. Que tenga un buen día”.
“Sí… ya le contaré… buenos días”

Al dirigirse a la puerta de salida se cruzó con una niña que llevaba apretado contra el pecho otro de aquellos libros en blanco. El escritor la miró con recelo y salió de aquel lugar pensando que algún tipo de extraña locura se había apoderado de los habitantes de aquella ciudad.

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