Días de indefensión

Disfrutando de estas grandiosas semanas de dolores y fiebres, de bajas laborales y recaídas, me disponía a escribir sobre algo que no sabía, un cuento, un chiste, un poema… pero no, no quería hacer nada de eso. Tampoco deseaba hablar de bloqueos mentales y bajosubidas de defensas, porque no está bien visto. Es como cuando te preguntan cómo estás. Puedes responder con el automático “bien” y la conversación continuará como si tal cosa, pero… ¿Qué pasa si recurres al más arriesgado “bueno…”? entonces, amigo, estás un aprieto: “¿pero y eso?” Pues mira las cosas no siempre van bien, hace semanas que tomo antibióticos y para qué mentir, no son nada agradables para el estómago. “Vaya, recupérate, se te ve muy delgada”. Gracias, la operación bikini del comienzo del verano, ya sabes ¡buen fin de semana!

Pero luego viene cuando te lían… “¿No te tomas una caña?” pues… quizás debería…

El escenario, siempre el mismo: vaso en mano la gente charla sobre lo que hará el fin de semana. “¿Y tú que haces, Silvia?” Pues si mejoro iré a ver algún monólogo del club de la comedia, tomaré un té caliente en Lavapiés, también quería ver Los girasoles ciegos… “Ajá, gran plan. ¡Una caña, por favor! ¿tú no quieres nada?” Sí, un zumo de tomate, perdón, de naranja (siempre dos cosas, la segunda corrige a la primera).

Y ahora hablan del tiempo, que siempre va bien en este tipo de reuniones sociales: “Hay que ver qué frío hace”. Sí, está llegando el Otoño, pero sigo pensando que en la Redacción hace más frío. “¿Y eso?” Mis compañeros, que son muy calurosos, suelen tener el aire acondicionado a 16 grados mientras mis anginas se siguen haciendo fuertes. “Les pediste que lo quiten?” ¡claro! Pero no debí hacerlo, por un momento olvidé que la culpa es de mis bajas defensas, así que no puedo defenderme.

“Se te ve muy delgada” Sí, lo sé, qué le vamos a hacer, la semana pasada empecé a comer carne, espero que eso me ayude. En fin, se hace tarde, nos vemos.

En algún lugar de La Tierra

Hablemos de una ciudad o un pueblo, de un trozo de mundo donde las calles eran siempre cuesta arriba y sus habitantes no las subían solos, sino acompañados por el dolor que les provocaba el reloj que latía en sus cabezas. Allí los días solían ser fríos, el viento soplaba siempre al contrario de los pasos que daban y las palabras se agotaban como lo estaba haciendo el oxigeno que respiraban. Por eso los lugareños sentían una extraña sensación de asfixia. Las noches eran artificiales y cada día más cortas, porque ya no había tiempo para dormir. El engranaje de la máquina se había oxidado y cada día resultaba más pesado moverlo, de modo que el cansancio, el reloj y la resignación se habían convertido en sus peores enemigos.

“El ser humano es malo por naturaleza”, decían unos “¿Pero no se basaba en lo aprehendido?”, preguntaban otros. No encontraban la respuesta y no la encontrarían, porque con ella no se sobrevivía en aquel lugar. Su obsesión era un trozo de plástico con el que poder saldar las deudas que contrajeron en el pasado y mantener los gastos del presente, a pesar de saber que ese “talismán” les pasaría factura en el futuro.

Por eso corrían y se empujaban, porque estaban preocupados, ahogados, nerviosos ¿por qué se sentían inseguros? quizás de niños escucharon que debían pensar en el futuro. Pero vivir en el no-presente no era sencillo, pues eso les convertía en ciegos que vagaban angustiados sin ver lo que se mostraba en ese instante ante sus ojos.

La gente no tenía la intención de practicar las buenas maneras, porque la “educación” fue algo que le impusieron en su niñez. Nunca debió llamarse así al acto de no empujar al prójimo, pues si alguien se hubiera preocupado por no repetir de memoria aquello que le enseñaban, habría descubierto que eso no era educación, sino solidaridad. Porque con la primera se actúa de cara un público, mientras en  la segunda el acto es espontáneo, nace sin cesárea.

La vida social no resultaba fácil, pues habían instaurado un modo de vida estandarizado y aquel que no lo cumpliera era expulsado de la comunidad. Llamaban locura a la cordura y lucidez a lo enfermizo, llegando incluso a apuntar con el dedo a aquel que no seguía las normas, a aquel que lograba salir de la cárcel en la que la mayoría vivía.

No contentos con ello, controlaron mediante el miedo e instalaron un policía en el interior de cada uno. Volvieron a levantar los muros que habían caído en la Edad Media e impusieron la guerra como método infalible de salvaguardar la paz.

Nadie sabe el nombre del lugar del que estamos hablando, podría estar a la vuelta de la esquina o encontrarse a miles de kilómetros a la redonda. Tampoco conocemos cuándo comenzó todo, si fue hoy, el mes pasado o hace siglos. Pero seamos sinceros, a fin de cuentas, eso qué importa.

Luna roja en Laos

En un principio abrí este blog para recordar algunos de mis viajes. Pero ni siquiera inauguré tal sección en el mismo y pronto comencé a escribir sobre otro tipo de viajes, más internos. Así pues, hoy empiezo con uno medio externo. No voy a describir cada uno de los lugares que visité, más bien a la gente, y tampoco lo haré por orden de lugar y tiempo, sino según asalten mi memoria. Y hoy volvía a ella una fiesta budista en Laos.

En realidad fue la parte final de un viaje que había comenzado en Tailandia. Después de atravesar la frontera, primero a pie y después en una barcaza por el río, llegamos a Laos sin apenas control policial.

En el viaje nos acompañaban Ako, una japonesa que era mayorista y viajaba allí para comprar pulseras a bajo coste. No sabía mucho inglés, pero nos entendíamos. Me sorprendía que no utilizara apenas su cámara de fotos. No era la típica nipona, solía llegar tarde a cualquier sitio y era muy reservada, pero siempre sonreía. Le encantaba mirar al paisaje mientras navegábamos por el Mekong y apenas hablaba. También conocimos a Amparo, una señora colombiana afincada en Alemania que viajaba sola. Comenzó a hacerlo a raíz de un cáncer que superó hacía ya diez años. Era bastante egoísta y maleducada.

Esa noche celebraban una fiesta en el templo, que se encontraba en lo alto de una montaña, como la mayoría allí. Para llegar debíamos subir infinidad de empinadas escaleras de estrecho escalón. Al llegar a la cima estaba todo muy oscuro, había música y niños correteando, muchos niños. Lo primero que me sorprendió fue ver banderas comunistas ondeando en el templo, pues yo pensaba que la hoz y el martillo no casaban con la religión.  Era como ver un McDonalds en Cuba, aunque luego pensé que tampoco sería de extrañar.

Comunistas en Laos

Mientras en el interior del templo había un monje con el cual la gente hablaba sentada en el suelo, en los alrededores se escuchaba un gran alboroto. Los niños (algunos monjes) jugaban a los dos únicos juegos que ofrecía la feria: derrumbar con pelotas de tenis castillos construidos por botes, o lanzar dardos contra un mural plagado de globos de agua que rellenaban con una bomba de aire. El premio: un refresco de naranja embotellado.

Juegos

La feria contaba con una única atracción. Consistía en un viejo tiovivo en el que los niños se divertían, mientras, yo imaginaba los macroparques temáticos occidentales o las fiestas de pueblo donde algunos se preocupan por la seguridad de las atracciones. Desde luego ese tiovivo no transmitía ninguna seguridad, pero los niños se divertían, y también reían.

Tiovivo

Seguía sin saber el motivo de la fiesta. Me costaba imaginar a religiosos organizando ferias. Hablamos con el monje que estaba sentado dentro y le preguntamos sobre los pilares básicos sobre los que se asienta el Budismo (los monjes suelen saber inglés, incluso los laosianos). Básicamente vino a decir que pasan mucho tiempo meditando, hacían ejercicio, buscaban la iluminación que vendría al encontrar la verdad que tenemos dentro… dijo que en Occidente damos un valor a objetos como el dinero que para ellos no tiene, que nos estresamos y no tenemos tiempo para nosotros. En definitiva, que estamos locos. “Si mañana me tocase la lotería, no me alegraría”, dijo. Luego nos habló de que tienen cinco preceptos (parecidos a los 10 mandamientos)  y si eres monje has de cumplir cinco más.

Tras despedirnos del monje miré al cielo. La luna lucía tan roja como nunca la había visto y yo la miraba recordando las palabras del monje: “el estrés occidental, el miedo a llegar tarde, la gente que enferma de la mente, el dinero…” Y lo más importante, la obsesión por alcanzar una felicidad a la que no llegaremos mientras sea nuestro objetivo, quizás porque la base de la infelicidad se encuentra justamente en esa búsqueda.

Luna Roja

Cuando decidimos irnos nos cruzamos con Ako, que subía por las escaleras que conducían al templo. Llegaba a la Fiesta de la Luna Roja, otra vez tarde, y sonreía, al igual que los niños de la feria.

Nene Laosiano

El baile de Trinidad

No suelo soñar mucho (es decir, mis sueños no suelen ser dignos de recuerdo). Sin embargo, cuando tengo fiebre las pesadillas forman parte de mi pan de cada noche. Y he aquí una:

Caminaba por el pueblo extremeño donde veraneaba en mi infancia. Las calles estaban vacías y el Sol, como siempre, abofeteaba con fuerza. De pronto escuché una música. Era normal que en la casa de la juventud organizaran fiestas, así que pensé que sería una de ellas. Quería averiguar de dónde venía el sonido, que parecía de violines. Estaba segura de que era un acto organizado, pero la casa de la juventud estaba cerrada y la música no era muy moderna, sino clásica.

Continué caminando. Estaba atardeciendo, pronto se haría de noche y seguía sin ver a nadie. Sin embargo, la música cada vez sonaba más de cerca. De pronto pude ver una puerta entreabierta donde se podía vislumbrar a personas en movimiento. Entré. Efectivamente era una fiesta. Había mucha gente bailando, vestían de gala y la música que sonaba parecía el movimiento allegro del Invierno de Vivaldi. Me invitaban a bailar pero yo me negaba. Lo que deseaba era salir de allí. Hacía frío y la gente no hablaba, sólo se movían al ritmo de los violines. En la puerta había un hombre que impedía el paso.

Como no quería bailar intenté buscar a alguien que estuviera sentado para al menos pasar el rato. Entre el tumulto consegui ver sentada a una chica joven, muy delgada y de semblante serio. Me senté a su lado y le pregunté si a ella tampoco le gustaba bailar.

“Me encanta bailar”
“Yo lo odio”, le dije. Y se me ocurrió preguntarle “¿Si te gusta, por qué no sales a la pista?”
Sin cambiar su triste expresión dijo: “Cuando me operen”.

Entonces me contó que no podía andar, que cuando era pequeña tuvo una enfermedad tras la cual sus piernas empezaron a fallar. La historia me resultaba tan familiar que me asusté. Le pregunté su nombre mientras deseaba que no fuera el mismo que yo estaba pensando. Pero lo dijo: “Trinidad” *.

Volví a mirar a los que bailaban: tenían ojeras, estaban cansados pero seguían bailando con la hipócrita sonrisa de aquel que la utiliza a modo de antifaz. Pero este no era un baile de máscaras veneciano ¡era un baile de muertos! Estaban todos muertos. Salí corriendo pero el hombre de la puerta me agarró. Me desperté.

* Trinidad era el nombre de la tía extremeña que no conocí. Murió a los 18 años. Tras sufrir una meningitis solo podía caminar con la ayuda de unos rudimentarios aparatos en las piernas y unas muletas (una vez los vi en una foto, la de su Comunión). Con la edad iba a peor. Su sueño era caminar y poder bailar como sus amigas. Mi abuela logró reunir el dinero suficiente para llevarla a un hospital de Madrid. La operación salió bien y logró dar algunos pasos, pero pronto volvió a perder movilidad. A partir de ahí le siguieron tres operaciones más. La última de ellas fue tan arriesgada que le dijeron que se lo pensara bien. Pero mi tía dijo que le daba igual, ella quería bailar… como los demás.

Wilbur se quiere suicidar

Aunque el título de esta película no suene muy alegre, tiene algunos tintes humorísticos. En realidad es todo un drama, pero a mí personalmente me encantó.

El director es danés y narra la historia de dos hermanos, uno optimista y otro de tendencias suicidas, que se enamoran de la misma mujer. Muy didáctica.

Esta noche la emiten en La 2.


Las muñecas rusas

Me entero ahora de esto, justo cuando los pocos aparatos que tengo se cargan con toma de corriente (salvo el mando del televisor que no uso). ¿Por qué no nos enseñaban esto en el colegio?


Y hay más


El último


Removiendo el café

Estoy sentada en el Café Barbieri frente a una taza, dando vueltas a una cuchara en el sentido de las agujas del reloj. Suelo pedir dos sobres de azúcar y procuro que éste sea moreno. Es necesario que la cuchara realice varios giros para poder diluirlo en la amarga cafeína.

Al levantar la vista de la mesa miro alrededor. En frente hay un chico con gafas de pasta. Sobre la mesa descansa Anna Karénina abierto por una página que se encuentra más cerca del fin que del comienzo de la obra. A su izquierda dos chicas charlan, una parece preocupada, la otra inventa excusas para calmar su tensión.

La camarera, que parece una estudiante Erasmus proveniente de algún lugar del norte europeo, se acerca al chico de las gafas. Le pregunta, con un español no muy logrado, qué va a tomar. No escucho lo que quiere. La Eramus lo apunta en una libreta de hojas carcomidas y se vuelve a la barra. Puede que lleve apenas unos meses aquí, que estudie ciencias o letras en la universidad o que haya venido a trabajar a este país en busca de los días de sol que no disfruta en su país, o de noches despejadas que le permitan observar la luna. Pero también puede que no busque nada que se encuentre en el cielo, sino en la tierra.

El chico de gafas de pasta dirige la mirada al libro. Parece tímido. Es posible que en su casa se apilen los libros sin ningún cuidado, porque seguramente el chaval sea desordenado. No debe vivir lejos de aquí.

Las chicas siguen charlando cuando entra por la puerta un viejo con pelo largo. Le conozco. Hace tiempo que no le veía. Solía acudir a las conferencias republicanas y enfadarse en el turno de preguntas, aportando un punto de vista normalmente algo contradictorio. La última vez que le vi fue en una charla del Ateneo organizada por Ciudadanos por la república. No sé que edad tendrá, parece soltero y tiene el rostro serio.

La camarera Erasmus sirve un café al chico del libro de Ana Karenina.

Vuelvo a las chicas. La que tiene el “problema” busca algo en el bolso. Saca un móvil, sonríe y le enseña la pantalla a la otra. Comienzan a reír. El viejo del pelo largo las mira con semblante extrañado y el gafapasta le observa. Mientras, buscan a la camarera Eramus para pedirle la cuenta. El viejo dirige su mirada a mí y yo vuelvo la vista a la taza.

Sigo dando vueltas al café como la tierra sobre sí o como las vidas sobre las personas, qué más da. Porque la vida no es más que vueltas, no es un camino, sino continuas rotondas. Y no es que el ser humano sea el único animal que tropieza dos veces sobre la misma piedra, sino que es el único que desea que esto suceda, pues más vale piedra conocida en la que tropezar que barranco por el que resbalar. Y basta ya de refranes que nunca fueron mis amigos.

El círculo que dibujaba la cuchara crecía como crece el de nuestra perspectiva cuanto uno quiere, y en ese momento se abría hasta al siglo XIX, cuando en ese lugar a esa hora, un grupo de personas discutían sobre un proyecto, una novela o un “problema”. Mientras, otros les observaban y escribían aquello que veían en un bloc de notas.

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