Dulce Suiza

Hoy hace un año que volví de Argentina y aún no descargué las fotografías que de allí me llevé. En ese año que me separa de aquella vuelta he visitado algunos países como Austria, Italia, Suiza, Grecia o Turquía. Lo lógico sería que hubiera descargado las fotografía de Argentina, pero son tantas que esperaré a hacerlo con más tranquilidad. De momento descargué las de Suiza, el país del chocolate, los bancos, los Alpes y los organismos internacionales.

Recuerdo una noche pasar por los chorros de agua intermitente que tiene instalados la sede de la ONU a su entrada, mientras corríamos para que no nos mojaran por sorpresa cerca de una silla gigante a la que le faltaba una pata. Entonces pensé que si tentabamos mucho a la suerte acabaríamos mojándonos, paradójicamente algo que nunca le ocurriría a la ONU. A la salida del edificio, pueden sacar, previo pago de una alta comisión, el dinero que deseen en uno de los millones de cajeros que se reparten por el país.

El depósito de libros mudos II

Ver la Primera parte

Esa mañana el sol derretía las hojas de los árboles y el rocío caía sobre los finos charcos que yacían en el suelo, formando un espejo en el que nuestro protagonista podía advertir su ya cansado rostro.

Aquel día el viento parecía haber migrado a otro lugar, del mismo modo que lo hacía nuestro amigo en este viaje sin destino que la vida le ofrecía en bandeja de bronce, como ese desayuno que nunca esperamos recibir en la cama al despertar, pero te llena el estómago tan solo de imaginar.

El escritor, como solía ser habitual en él, hoy tampoco había desayunado. Paseaba con su libro bajo el brazo, buscando uno de aquellos árboles bajo a los que a uno le dan ganas de leer o escribir, e intentó comenzar la lectura no sin antes observar ese inmenso cielo por el que sobrevolaban mil y un pájaros.

“Se ha escrito mucho sobre el cielo”, pensó. “Para unos el Paraíso, para otros puerta de salida del planeta. Para mí, la ceguera”. Esos espectáculos que la naturaleza ofrecía gratuitamente le robaban la visión de la misma manera que lo hacían las hojas que ahora intentaba leer en vano.

Al abrir el libro notó que el ave deshilachada que estaba bordada en el lomo había desaparecido. Miró al cielo e imaginó que habría volado con los demás pájaros como también lo habrían hecho las letras. Estupideces que se le ocurren a uno cuando no ha tenido una noche tranquila, pensó. Le costaba conciliar el sueño y durante el día sus párpados se desplomaban para desplazarle hacia un sueño que parecía casi real.

Comenzó la lectura y, tras varios minutos paralizado ante las páginas en blanco, se preguntó qué demonios hacía allí ¿qué hacía sosteniendo ese libro entre sus manos? Estaré perdiendo vista, o quizás nunca la tuve, se preguntaba. El viejo escritor, por primera vez en mucho tiempo se dedicaba unos minutos, esta vez no leía a otros ni escribía para otros, ahora él era el protagonista de una historia que se le presentaba ajena y narrada en la lejanía por un novelista amateur.

Escritor oficial y aprendiz de su propia vida, en eso se había convertido. No sabe como ni por qué pero en este instante medita sobre algo en lo que nunca ha reparado. Acaba de caer en la trampa tendida por aquellos silenciosos libros, que con la blancura de sus páginas pintan su anciana mente de vagos pensamientos hasta ahora enterrados bajo una losa de robustas letras.

Pronto concluyó que aquello no era un libro, era el diario que nunca se dedicó.

El depósito de libros mudos (Primera parte)

libros mudos

Tenía un trozo de papel en su mano derecha y su cuerpo giraba a la izquierda en dirección a la única biblioteca con la que contaba la ciudad. Algunos decían que era un viajero fanfarrón, otros lo llamaban coleccionista de impresiones, pero él solía referirse a sí mismo como “un viejo escritor de costumbres”.

Hoy llegaba a aquella extraña ciudad en busca de algo qué leer, algo en qué basar sus más ansiados escritos, esos que luego teñiría de mil anotaciones con el fin de adornar su creación maestra.

Al entrar en la biblioteca avistó tres grandes estanterías y pronto comenzó a pasear su mirada por la que estaba en el centro, que también era la más grande del habitáculo. “Los libros parecen ser aún más antiguos que el propio lugar en cual descansan”, pensaba mientras paseaba por un lúgubre pasillo de suelo rallado y ambiente polvoriento.

Dio un par de vueltas más hasta tomar entre sus manos uno de aquellos ejemplares. Lo hizo al azar pues no veía en el lomo ninguna inscripción que le aportara pista alguna sobre su contenido, de modo que al abrirlo comenzó a balancear páginas de un lado a otro. Nada había escrito, sólo hojas en blanco. “Qué raro”, pensó. Tomó otro y otro, hasta veinte ejemplares cayeron en sus arrugadas manos mientras la misma escena se presentaba ante sus ojos: páginas en blanco de libros sin autor, sin título ni editor, sin nada perceptible a la vista.

En ese instante echó una mirada a su alrededor, los usuarios de aquella biblioteca, que él mismo acababa de bautizar como “el depósito libros mudos”, iban recogiendo sus libros sin dilación. Algunos escogían los del estante superior, otros necesitaban flexionar sus rodillas para alcanzar los de la parte baja, mientras él observaba a toda aquella gente con una mezcla de admiración y desconfianza.

Sin pensarlo, el escritor, que se llamaba a sí mismo de este modo para que pudieran situarle en la homenajeada comunidad de fabricantes de letras, preguntó al bibliotecario qué demonios estaba pasando, por qué la gente tomaba prestados esos libros vacíos, qué clase de locura era aquella.

“Así que vacíos… ¿de verdad que no puede ver nada?”. El afamado escritor, indignado por la insolencia y menosprecio con el que el responsable de la biblioteca le había tratado, sintió tocado su orgullo de intelectual y se giró con semblante irritado hacia la puerta de salida.

“¡Llévese uno, en 15 días le dará tiempo a leerlo!”. El escritor se dio media vuelta y tras pensar durante un minuto (que para él fue corto pero que el bibliotecario interpretó como un fuerte signo de indecisión) se dirigió de nuevo a la estantería central. Escogió un libro que tenía la cubierta de un color azul cielo, no tendría más de 50 páginas y en cuyo lomo había bordado un pájaro ya deshilachado.

“Me llevo este”
“Una gran elección, sí señor. Le gustará. Que tenga un buen día”.
“Sí… ya le contaré… buenos días”

Al dirigirse a la puerta de salida se cruzó con una niña que llevaba apretado contra el pecho otro de aquellos libros en blanco. El escritor la miró con recelo y salió de aquel lugar pensando que algún tipo de extraña locura se había apoderado de los habitantes de aquella ciudad.

No le hables del mar

Ahí está sentado el marinero en la cubierta de su barco, observando las olas romper contra la proa, escuchando gaviotas volar en la lejanía e inhalando el aroma salado que le regala el ambiente, siempre ajeno a todo lo que en la tierra acontece.

Amaba el mar por su exclusiva localización entre el cielo y la tierra, era su especie de purgatorio personal donde soñaba despierto que estaba solo y que no necesitaba más que ese trozo de acero que le hacía flotar en el agua. Por encima de las nubes quedaba el paraíso soñado donde él no iría nunca pues desde que el ozono se hizo añicos hasta los mismos ángeles ardían, convirtiéndose el cielo en el peor de los infiernos, aquel lugar que se encuentra en los bajos fondos del sótano terrenal y del cual nuestro amigo se protegía con las olas.

Al caer la tarde el marinero asaba algunas sardinas que él mismo había pescado en la mañana y ya en la sobremesa se sentaba de nuevo en la cubierta para observar las estrellas estampadas en el negro telón que acaba de caer a sus pies. A veces se preguntaba si era la vida un cuento que otros narraban o si era él mismo quién la escribía. No sabía nada sobre filosofía, pero durante esas largas noches en la soledad de su barco, sólo frente al silencio del mundo, solía sentirse naufrago de sí mismo y salvavidas de su destino. En las noches de tormenta, cuando el agua del cielo se mezclaba con la del mar, solía temblar. No tenía miedo a la muerte, ni siquiera a ser olvidado, sólo temía que su desaparición pasara desapercibida para el resto de la humanidad.

Más tarde, cuando se cansaba de mirar al firmamento y de contar estrellas en la oscuridad del alta mar, era cuando solía encerrarse en su pequeño camarote. Poca cosa había en él aparte de una cochambrosa cama, una mesa con su silla y una papelera llena de cartas que nunca terminaba.

Había tenido tantas amantes que le era imposible recordar el nombre de todas, así que un día decidió escribir una carta a cada una de ellas pidiéndoles disculpas por el terrible olvido. Como sabía que las cartas no las podría enviar nunca, las iba guardando inacabadas en una papelera que nunca vaciaba para así dejar constancia de su intento por ser educado con la memoria. Hoy comienza con otra de ellas.

Es tarde y nuestro pequeño marinero echa el cierre de sus ojos. Antes de empezar con su primer sueño vuelve a repetirse una vez más lo que ya todos sabemos, que el camino es inacabable y la vida demasiado corta para hacerlo a pie. Por eso eligió el barco, que sin prisa le ayuda a navegar por la inmensidad de este mundo que él aún no conoce.

Ni siquiera sabía nadar, pero era consciente de que nunca se hundiría en las profundidades marinas porque tarde o temprano lograría salir a flote. No esperaba nunca que nadie le rescatara, pues tan sólo se tenía a sí mismo y sabía que si algún día aprendía a conducir su barco, dejaría de navegar a la deriva y llegaría por fin a ser capitán de su propia embarcación.

Oratio de hominis dignitate

No te di, Adán, ni un lugar determinado, ni un aspecto propio, ni función alguna que te fuera peculiar con el fin de que aquel lugar, aquel aspecto, aquella función por los que te decidieras, los obtengas y conserves según tu deseo y designio.

La naturaleza limitada de los otros se halla determinada por las leyes que yo he dictado. La tuya, tú mismo la determinarás sin estar limitado por barrera ninguna, por tu propia voluntad, en cuyas manos te he confiado.

Te puse en el centro del mundo con el fin de que pudieras observar desde allí todo lo que en él existe. No te hice ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, con el fin de que —casi libre y soberano artífice de ti mismo— te plasmaras y te esculpieras en la forma en que te hubieras elegido. Podrás degenerar hacia las cosas inferiores que son los brutos; podrás —de acuerdo con la decisión de tu voluntad— regenerarte hacia las cosas superiores que son divinas.

Pico Della Mirándola

Un cuento para el destino

Abrió el libro y el viento descolocó las páginas con la misma velocidad con la que los pensamientos confunden a las personas. Comenzó la lectura…

Deambulaba perdida y sola por un camino de amapolas que se marchitaban a cada paso que daba. El rumbo no lo fijaba ella, se lo daban hecho. Y es que todo es igual en la ciudad de la ignorancia, un lugar en el que la inteligencia es destronada en favor de los más ‘listos’, donde es tarea primordial el aspirar más y más basura hasta llegar a las más altas cumbres, donde la asfixia se hace evidente al desgarrarnos la respiración asistida que hasta ahora nos mantenía con vida.

Por ese camino saturado de causas y azares paseaban siempre los mismos: vengadores sin razón que pretenden colgar medallas en sus vacías solapas, buscadores de objetivos sin meta que hacen trampas al destino o luchadores sin causa que buscan un traje que lucir el día de su boda con la decepción.

Y nunca, nunca más podrán dormir, porque en la aldea de los sin nombre el ruido se mece en una cuna nocturna al compás de la miseria moral y las amapolas hace tiempo que dejaron de crecer. La brisa sólo empuja piedras contra piedras en un pueblo que un día fue pueblo.

Entonces apagó la vela y cerró aquel libro sin terminar, que sin ser viejo tenía polvo, y cuya tinta aún manchaba las páginas que aún faltaban por escribir.

Veranos…

Podrían ser casi mediados de agosto de un día de su infancia, pero ni siquiera llegamos a julio y ella ya no es una niña. Y qué mas da, si lo que ella recuerda son todas aquellas tardes en la montaña, en la playa, en el campo… Las ruedas girando de las bicicletas y patines, las caídas y ese adulto que curaba sus heridas con mecromina que ella luego esparcía por toda su ropa. El padre de quién sabe qué amigo invitándoles a su casa a la hora de la siesta para jugar a algún ocurrente juego de mesa. La siesta que nunca se echaba pero sí los vecinos, que gritaban silencio, mientras ella apuntaba las notas musicales que desprendía el organillo en folios partidos por la mitad…

Mientras miraba a una fuente, ella recordaba el agua… la playa, el río, la piscina, las pistolas, los globos, los lagos, los aspersores, las mangueras, todo era frío. Pero luego estaba el calor… el sol que derretía sus helados de vainilla y chocolate, los ventiladores que nunca funcionaban, el sudor, los bancos de la plaza abrasando sus delgadas piernas morenas, la sed, el polvo que los coches levantaban al pasar, las insufribles mañanas de su pueblo extremeño donde el sol arrasaba con todo de día para de noche desaparecer y disfrutar de la brisa…

Pasaban dos niños corriendo y volvió a recordar a sus amigos… los juegos, las historias de miedo que le fascinaban a la vez que le aterrorizaban, las noches en vela por culpa de pesadillas aún peores que los relatos que le contaban, aquellos días tocando a las casas para después salir corriendo, mirando al doblar la esquina la cara del dueño, esas otras noches jugando al escondite o tocando la guitarra…

Era todo: las risas, los chistes, las canciones… todo. Y no son recuerdos. Están con ella en estos momentos, mientras los imagina.


Peor para el Sol

sol

Amanece.

El rimel se desliza por las mejillas de una mujer que fuma en un bar. Mientras, un hombre la observa desde la barra. Tres niños se zambullen en un lago de los Alpes. Un profesor de matemáticas corrige con bolígrafo rojo una ecuación infantil. Las manos de dos personas se unen bajo la mesa de un restaurante. Un anciano besa la frente de su mujer. Un perro abandonado mira la escena. Alguien besa el aire, otro lo abraza.

Atardece.

Dos amantes se despiden en una estación de tren mientras la nieve impregna sus abrigos en una gélida tarde de invierno. Un niño le pregunta a su padre por qué lloran. La sombra de la tarde camina cansada de vuelta a casa. Un hombre le grita a su mujer mientras ésta derrama en el suelo sus últimas lágrimas. Una adolescente acude al encuentro de su nuevo amor en una calurosa tarde de primavera. Un grupo de gente llora alrededor de una caja de madera que se introduce en un profundo hoyo. Un padre convence a su hija de que no será capaz. En la lejanía se escucha una canción que no termina de entenderse, alguien intenta afinar su oído y apuntar la letra.

Anochece.

Una persona cualquiera observa con mirada ausente una foto. Suena un móvil que nadie cogerá. Cuatro amigos caminan al bar de siempre, mientras en un piso ella comparte con las ventanas su soledad. Un mendigo recoge de un contenedor las partituras de una melodía sin clave ni compás. Alguien sueña con trenes que no llegan a su destino. Otros hace tiempo que dejaron de soñar.

Cae la noche.. y todos ellos duermen.

El laberinto dinámico

quienquieraquesea

No pregunten cómo ni por qué. No se impacienten ni tengan intención de hallar una respuesta a la lógica de una pregunta sin sentido para nadie, excepto para nosotros. No lo hagan. Cualquier apreciación de contradicción en este texto no será más que fruto de nuestra no-imaginación. Miren, lo único que voy a contarles es una historia personal conocida en el anonimato, despreciada en el rellano de la clase más alta de intelectuales que conforman la cúpula del conocimiento y, sobre todo, difícil de comprender en su trivialidad. Rectifico, comprender sí, llevarla a cabo quizás no tanto.

Resulta curioso que creamos que lo que pensamos es lo correcto, cuando en realidad lo correcto es lo que no pensamos. Disculpe a quien me lea que este texto carezca de explicaciones contenidas dentro de aquello que llaman coherencia, pero tengo presente en mi experiencia que la mejor explicación nos la damos nosotros mientras mezclamos el azúcar con un café descafeinado. Sin autodidactismo no seríamos libres. Comienzo pues con mi breve, y a la vez, interminable historia.

Iba yo caminando por las solitarias y laberínticas calles de una ciudad sin nombre, cuando de pronto estaba perdida. Pregunté a un transeúnte cuál era el camino más corto para llegar a mi casa. El señor, mostrando una sonrisa que insinuaba pena, me contestó: ¿De verdad quieres ir por el camino más corto? Por supuesto, le respondí. El buen hombre me lo mostró y tardé tan sólo cinco minutos en llegar a mi destino.

Al día siguiente quise regresar y volví a perderme.

La idea (2ª parte)

Comenzaba aquí

Digamos que la extroversión no era uno de sus grandes dotes. El protagonista de este retazo de historia, de edad indefinida y de aburrida vida, no tenía apenas vida social. Callado, serio, gris y en ocasiones infantil, vivía resignándose a la resignación, adorando la pasividad con la que su vida transcurría a través de un camino recto, sin atajos ni vías secundarias, a fin de cuentas, su vida no era camino, era vía de tren.

El muchacho pertenecía a ese tipo de gente con la que te cruzas alguna vez en la vida y de los que no te queda ningún recuerdo. Era de esos que no se comprometen a nada, y si alguna vez lo hizo, no quisiéramos nosotros saber el paradero de sus intenciones. Era un mendigo de la esperanza, un solitario que era huérfano de alma siendo mártir de la miseria más profunda, aquella que llevamos dentro. Un esclavo que no está preso y un muerto que aún respiraba no podía ampararse en nada que no fuera la soledad, seguramente lo único que le queda a alguien que ha besado los labios de la desesperación mientras abrazaba arrodillado la cintura de la muerte.

Sin embargo, no nos olvidemos de que ahora tenía su idea.

Un sábado como cualquier otro sonó el telefono. Alguien que no se puede llamar amigo pero sí conocido le estaba invitando a salir de copas. Pero, seamos claros, a nuestro protagonista nunca le gustaron las reuniones sociales al son de la música, nunca bailó pues no tenía ningún motivo que le impulsara a ello y tampoco era de su agrado el tener que elevar la voz por encima del sonido de los altavoces. “No, lo… lo siento, hoy no puedo”.

Colgó, se sentó en el viejo sillón y siguió pensando en ella…

“Puede que aquel que inventara el fuego, muriera entre las llamas, puede ese otro que hizo girar la primera rueda muriera atropellado y es posible, incluso, que aquel que inventó la palabra se quedara mudo, como Bethoveen se quedó sordo o como Freud perdió el juicio”.

“Todo nuevo pensamiento ha sido siempre rechazado y toda idea diferente, lapidada” pensó nuestro protagonista. Porque claro “¿Cómo creer en algo que nunca has visto?”

No supo responder.

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