Alegoría de la ignorancia

Tenía la sombra de otro. Un día de esos en los que estuvo más atento de lo habitual lo había descubierto. No era él aquella silueta oscura que se dibujaba en el suelo y que siempre le acompañaba, ya fuera a Siberia o Madagascar, a Tasmania o al Yukon. No sabía cuánto tiempo llevaba a su lado, siguiéndole hasta el lugar más recóndito por el que había pasado. Solo sabía que ahí estaba y que él no era su dueño.
Desde aquel día su vida no volvió a ser la misma. Comenzó a revolver entre antiguas fotografías intentando encontrar el momento exacto de aquella transformación fatal. Sin embargo, la perspectiva con la que habían sido tomadas las fotografías parecía no servirle y cuando le servía, el cielo estaba demasiado nublado. Y eso es lo que él ahora buscaba, un cielo nublado que le librara de la carga que suponía tener que explicar que tienes la sombra de otra persona.
Empezó a sentirse incómodo desde el primer día que lo supo, pero esa incomodidad se transformó en humillación el día en que los demás se dieron cuenta. “Disculpa, Carlos, pero esa sombra…” “Lo sé”, solía interrumpir, “me acompaña cada día, pero no sé de quién diablos es”.
En fin, Carlos, que siempre había sido un chico normal, se había convertido en objeto de sorna por parte de una sociedad que ahora le excluía. A veces se preguntaba si el dueño de aquella sombra tendría la suya. Soñaba con que algún día se encontrarían y por fin las figuras estarían con sus verdaderos dueños. Pero, no nos vamos a engañar, en el fondo sabía que eso nunca ocurriría.
Amargado y despreciado, atento de pisar allá donde el sol no apuntaba, un buen día descubrió que las noches no eran tan seguras, ya que la luz artificial alumbraba en el interior de los edificios. Y él, que había pensado pasar el invierno en Noruega y el verano en Patagonia, o quizás buscar un trabajo de noche para poder mostrar un aspecto normal ante la sociedad, se daba cuenta de que la luz artificial volvía a ponerle en aprietos.
Sin embargo todo cambió cuando un buen día encontró la solución a su terrible problema: “Ya que ella no puede ser como yo, seré yo el que sea como ella”.
Y así fue como Carlos se convirtió en quien no era, para poder ser otro en el mundo de las sombras, o como diría Platón, en el soterrado mundo de las apariencias, donde huimos de un sol que nos ciega, impidiéndonos ver la realidad más profunda y completa, causa y fundamento de las apariencias sensoriales.









