Déjame entrar

Tenían la piel del color de la nieve y un enorme interés de no mancharla con la suciedad que les rodeaba. Vivían en una burbuja de cristal que abandonaban de noche para renovar el oxígeno que por el día les asfixiaba y siempre llevaban gafas oscuras para protegerse de la luz del sol.
No tenían vida. Dejaron de tenerla cuando la dedicaron en exclusiva al cuidado de la misma. Leían los mismos libros y tenían los mismos sueños. Cuando de noche la tormenta les despertaba de un sobresalto, todos se abrazaban con cuidado de no mancharse, mientras rezaban juntos para que se alejase el monstruo que les quitaba el sueño.
Un día y otro repetían sus perfectas vidas como obreros dispuestos en una ejemplar cadena de montaje. Eran capaces de recitar de memoria sus días para de noche escribir poemas que nadie más sabía.
Su colección de recuerdos la tenían escondida en una caja de metal. El secreto mejor guardado de cada uno de ellos lo conocían todos los demás. No hacía falta abrir una caja que en realidad siempre estuvo abierta, como no hace falta preguntar nada cuando sabes de sobra la respuesta. Ese era el motivo por el cual ya nunca hablaban, la rutina delegó al olvido lo que antes era curiosidad y ahora la mantenían en forma de misterios prefabricados envueltos en papel transparente.
Sus sueños bailaban en perfecta armonía por encima de sus cabezas. A veces se daban la mano y otras veces discutían con la propia mente que los había modelado. Sabían que el mundo era fruto de un juicio donde la vida cumplía condena desde el día de su nacimiento, pero también sabían que no fue otro sino el monstruo de la sinrazón quien interpuso la denuncia en el más alto de los tribunales mundanos.
Y así fue como ellos mismos decidieron cumplir condena en una cárcel de cristal, un lugar donde protegerse mientras esperaban un perdón que les permitiera de nuevo volver a mirar el sol.









